miércoles, 23 de enero de 2013

Son necesarias ideas innovadoras

7.- Son necesarias estrategias innovadoras

La dureza de la crisis que estamos padeciendo nos tiene que obligar, a todos, a realizar un esfuerzo, que no puede consistir sólo en implementar y en soportar reformas y recortes, ya que lo importante, después de analizar y comprender dónde nos encontramos, y de al menos intuir hacia dónde podemos dirigirnos, es intentar articular estrategias tendentes a configurar un nuevo tipo de sociedad más acorde con los tiempos que nos han tocado en suerte. Son unos tiempos que observamos como nefastos, como corresponde a todo tramo final de una etapa, que nos deben empujar a que se lleve a cabo ese salto cualitativo por el que desde hace tiempo se viene suspirando, el que nos desplace de una vez por todas, y de verdad, de la sociedad industrial agonizante en la que vivimos, a la posindustrial. Se quiera o no, hemos estado viviendo en una época agonizante, o en todo caso en un periodo histórico fronterizo, en el que nos hemos dedicado a tirar los últimos cohetes que aún nos quedaban intactos, en un periodo al que no se podrá volver, ante el que toda nostalgia no significará más que intentar esconder la cabeza debajo del ala, en suma mera cobardía, pues en realidad lo que hay que hacer, aunque nos cueste trabajo sólo intentarlo, es mirar hacia adelante con objeto de buscar salidas imaginativas, pero sobre todo certeras, que nos empujen a abandonar el lugar en donde nos encontramos encallados, lo que sin duda no va a resultar fácil.
Sí, estamos encallados, pues ante la profunda recesión que estamos atravesando, que para muchos ya es una depresión en toda regla, se buscan recetas antiguas tendentes a recobrar un tiempo pasado que no volverá. Se habla de que hay que reducir los costes, que es necesario aumentar los ingresos con objeto de hacer nuestras economías más competitivas y rentables, de redimensionar la Administración, todo con la sana intención de que las aguas vuelvan a su cauce, aunque todos sabemos, o intuimos, que el mayor de los problemas, el del desempleo, al ser estructural, es imposible que pueda atajarse, pues en la actualidad ya no hacen falta tantos trabajadores en activo para mantener los niveles de producción que se necesitan. Pero en contrapartida, también se sabe, que sin unos niveles de empleo aceptables, es imposible mantener unos índices de consumo que puedan mantener al sistema, un sistema que se basa precisamente en eso, en el consumo. Los ingenieros y los teóricos sociales lo tienen difícil, aunque muchos de ellos comienzan a estar convencidos que resulta necesario reformas estructurales innovadoras que difícilmente podrán ser aceptadas en un principio, pero que sí pueden configurar el germen de un nuevo sistema de convivencia. No obstante, resulta extraño, que el poder real, de forma suicida, siga empeñado en publicitar que las fórmulas emanadas desde los cenáculos del liberalismo radical, son las únicas que nos podrán sacar del atolladero, cuando con seguridad saben, que si se llegan a implementar algún día, el conflicto social sería un hecho, siendo sus valedores los que más perderían si tal circunstancia se produjera.
De forma constante y reiterativa se nos viene indicando, y desde hace bastantes años, que al vivir en un mundo globalizado, tal como parece que ocurre en estos momentos, ya todos somos iguales, o de que vamos camino de serlo, y de esta gran mentira puede que provenga el gran error, ya que nuestras sociedades occidentales, no tienen nada que ver, por ejemplo, con la de los llamados países emergentes, que parece que ahora entran, muy orgullosos todos ellos, en la era industrial, mientras que nosotros, un poco aturdidos, hace tiempo que salimos de la misma sin haber encontrado aún el nuevo lugar que nos corresponde. La gran industria ya no tiene sentido, a no ser que se trate de una industria muy especializada, y no por mucho tiempo en los países industrializados y desarrollados de la Europa occidental, que a estas alturas no pueden competir en costes, en costes de mano de obra y de estructuras sociales, con esos otros países que poco a poco están saliendo del subdesarrollo, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que la única salida existente tenga que ser la de bajar nuestros niveles de vida, lo que a todas luces resultaría inviable, ya que tal hecho supondría un retroceso histórico sin sentido. El mundo, aunque hay que reconocer que eso sería lo ideal, nunca podrá ser homogéneo, pues siempre han existido y existirán desfases de desarrollo, por lo que en todo momento presentará importantes asimetrías, que aunque se quieran no podrán ser erradicadas.
No cabe duda que la salida fácil es esa, la de aplicar el proceso de “inflación interna”, que no es otra cosa que intentar rebajar los ingresos de la población, con objeto de que los precios de los productos y de los servicios sean más competitivos, pero tal estrategia no dejaría de ser más que un apaño, que apartaría a un lado, por temor a tocarlo, el problema de fondo, que no es otro que el de buscar una nueva función, o una nueva tarea para nuestras sociedades, que no puede ser la de competir con esas otras economías que posiblemente aún no haga las cosas mejor, pero sí más baratas.
Sí, hay que reconocer que nos encontramos ante una nueva etapa, y que a esta nueva etapa hay que llenarla de contenido, de unos nuevos contenidos capaces de aportar un valor añadido que al menos pueda mantener los actuales índices de calidad de vida y de desarrollo, además de consensuar unas nuevas estructuras administrativas, ecuánimes y sensatas, que mediante la redistribución y el control, imposibiliten volver, como muchos desean, a la ley de la selva.
Para ello, en una primera aproximación, estoy convencido que en lugar de bajar drásticamente el nivel de vida y la capacidad adquisitiva de las denominadas sociedades desarrolladas, hay que hacer precisamente lo contrario, potenciarlos, pues ya que la competencia va a resultar imposible, en todo lo referente a los productos manufacturados, es conveniente potenciar su evolución hacia un nuevo plano histórico, el posindustrial, en donde la calidad será el único marchamo identificativo, como puede ser el turismo, la investigación de alto nivel, la cultura, la agricultura ecológica, etc., actividades en la que estas sociedades pueden encontrar la función y la tarea histórica de la que ahora carecen, lo que paralelamente tiene que traer de la mano un cambio de paradigma ideológico, que subraye la excelencia, la calidad frente a la cantidad.

martes, 15 de enero de 2013

Sobre un artículo de César Molinas

6.- Sobre un artículo de César Molinas

Las credibilidad de la clase política española, y esto a nadie con “dos dedos de luces” le puede extrañar, se encuentra hoy por los suelos, siendo para muchos una de las diferentes variables que han provocado, o que han ayudado a generar la crisis que la sociedad española está padeciendo, crisis que se va a llevar por delante, en poco tiempo, la mayor parte de las conquistas sociales conseguidas en las últimas décadas. Los políticos dicen que no, que el origen de la crisis es exógeno, que estamos padeciendo los efectos de un desmesurado tsunami a consecuencia de un movimiento sísmico acaecido lejos de nuestras costas, admitiendo sólo el hecho de no haber detectado a tiempo las consecuencias que ese fenómeno iba a provocar, lo que les impidió afrontar con las medidas adecuadas, y en el momento oportuno, las secuelas del mismo. Pero parece que esa no es la cuestión, pues las acusaciones que hacia ellos se dirigen, lo que subrayan, es que ese devastador tsunami, lo que sencillamente ha hecho, es dejar al descubierto las carencias y la fragilidad de la estructura económica del país, en donde la denominada clase política si tiene responsabilidades, y muchas.
Se ha hablado y se seguirá hablando de su responsabilidad en, y ante la crisis, de la incapacidad que han demostrado para predecirla y para encararla, lo que para no pocos se debe a la deficiente cualificación de los propios políticos, de los políticos en general, para afrontar cuestiones de envergadura, acostumbrados como han estado, durante demasiado tiempo, a ejercer sus tareas con el viento a favor, pero sobre todo, por no haber sabido prever, que la nave que habían diseñado y fabricado, y de la que en buena medida se habían apoderado, iba a ser incapaz de soportar la más mínima marejada.
Para colmo la mayoría de los políticos “realmente existentes” son políticos funcionarios, sin voz propia, que se limitan a interpretar el papel que les asigna el Partido que les paga y al que pertenecen, sin que en ningún momento se salgan del guión que se les prepara, lo que no ayuda mucho, a favorecer la credibilidad de los mismos, llegando muchos a la conclusión, de que si todos dicen lo mismo, no hace falta que existan tantos, en donde hay que insertar el estado de opinión, cada día más generalizado, que afirma que hay que reducir el número de nuestros representantes. En lo anterior se encuentra uno de los graves problemas de nuestro sistema democrático, que se ha convertido en una partidocracia, en un sistema político gestionado por unos grandes partidos-empresas, que han monopolizado todo el escenario público, y colonizado territorios que en teoría debería corresponder a la sociedad civil, esenciales algunos de los cuales para el control de la actividad que llevan a cabo los propios políticos.
En este contexto de crisis de la política, o mejor dicho de los políticos, me he encontrado con un incendiario artículo de César Molinas, “Una teoría de la clase política”, en donde el autor acusa directamente a ésta, como tal, de ser la causante de la recesión económica que está padeciendo nuestro país, al haber creado las condiciones necesarias para que arraigara de la forma en que lo está haciendo, a diferencia de lo que está acaeciendo en otros países de nuestro entorno más inmediato. Siguiendo con el ejemplo esgrimido con anterioridad, el tsunami ha sido terrible, global, haciendo temblar a todas las economías del mundo occidental, pero en España, que hasta hace poco se enorgullecía del salto cualitativo que había en pocos años realizado, amenaza con convertirse en depresión generalizada, al haber arrasado con todo, dejando en evidencia nuestra realidad.
Para el autor del artículo, la clase política desde que se constituye como tal, sólo mira por sus intereses, que no siempre son los mismos que los intereses del país, de suerte, que el sistema productico que se ha potenciado en España, y no por casualidad, es el que beneficia directamente a los diferentes partidos-empresas, pero no, en ningún caso, el que necesitaba la economía de este país, pues en lugar de diseñarse un sistema sostenible y rentable a largo plazo, se optó por otro con rendimientos a corto pero inviable en el tiempo, como el que se sustentaba en la construcción, ya sea de viviendas o de infraestructuras. Para César Molinas, la clase política ante todo es extractiva, lo que quiere decir, que trata por todos los medios de conseguir rendimientos económicos para soportar las estructuras propias que ha creado, que cada día son más pesadas, y saca ese rendimiento de la propia sociedad, lo que la convierte en parasitaria de la misma. En lugar de un instrumento que con eficacia sirva a la ciudadanía, los partidos-empresas, sigue diciendo César Molinas, ante todo miran por su propio beneficio, lo que los aleja de la propia sociedad, pues resulta inaceptable, que el Partido Popular, por ejemplo, tenga que abonar veintitantos millones anuales de euros sólo en nóminas, cantidad que evidentemente sale, de una forma o de otra, de la propia sociedad a la que tiene y que dice servir. No parece fácil poder encontrar otra empresa, que tenga esos gastos estructurales sin producción y sin beneficio alguno, lo que demuestra a las claras, el despropósito al que se ha llegado.
Desde la óptica anterior, si se observan a los diferentes políticos, todos ellos profesionales de la política, que pululan por los medios de comunicación, ya sea interviniendo en tertulias o dando discursos, con facilidad dan la impresión de que en el fondo no son más agentes comerciales, de importantes empresas todos ellos, que lo que intentan es “vendernos la moto”, intentando, por supuesto, que no veamos los defectos de la que nos presentan, pero al mismo tiempo destacando los problemas de fabricación, al parecer evidente, de la que nos ofrece su competidor, actitud que ha llegado a cansar a una ciudadanía cada día más castigada, que observa cómo sus condiciones de vida, que creía garantizadas, empeoran por momentos.
El articulista también afirma, que en estos momentos difíciles, en los que hay que tomar decisiones importantes pero imprescindibles, la clase política se presenta como un obstáculo, confundiendo “reformas con ajustes”, limitándose sólo a ejercitar los segundos, a pesar de saber, que si no se realizan las reformas necesarias, todos los esfuerzos que se lleven a cabo resultarán vanos. Según él, esa actitud se debe a que gran parte de las reformas que hay que emprender, irían en detrimento de los propios partidos políticos, como por ejemplo la imprescindible reestructuración de las administraciones, lo que dejaría, si se realizara, a una gran cantidad de políticos en la calle, además de significar una merma efectiva de su poder real en la sociedad, por lo que prefieren esperar a “que escampe”, o lo que es lo mismo, a que una nueva coyuntura económica favorable devuelvan las aguas a su cauce.
Lo que dice César Molinas se acerca mucho a la realidad, pues la anunciada y siempre esperada reforma de la Administración, repleta de duplicidades y disfunciones, sólo se ha traducido en un alarmante goteo de despidos de interinos, que contablemente apenas representa nada, salvo aparentar que algo se está haciendo en las entidades públicas para reducir el coste de las mismas, es decir, para intentar vendernos el famoso “chocolate del loro”. Sí, porque lo que parece evidente, es que la clase política es el único sector social que no está sufriendo la crisis, lo que tampoco está bien visto por unos electores, que hacen lo posible para sortear las dificultades con las que cada día se encuentran.
La solución al tema que se plantea, según el autor, es la modificación del sistema electoral, pasar del sistema proporcional que ahora padecemos por otro mayoritario, con objeto de que los diferentes políticos, en lugar de rendir cuentas ante las cúpulas de sus partidos lo hagan directamente ante la ciudadanía que los votan, lo que les obligaría a mantener una actitud radicalmente diferente si en realidad desean mantener su puesto público. La opción elegida por el autor es una de las existentes, aunque estoy convencido de que no resultará fácil y que no podrá ser la única, ya que la ética y la estética del funcionario está bastante arraigada en nuestros políticos, pero de lo que sí estoy seguro, es de que hay que articular estrategias que acaben con eso que se denomina “la clase política”, y contra las mastodónticos centros de poder que hoy por hoy representan los partidos, que son los que han conseguido estrangular el prestigio de la política, lo que será complicado por el tremendo poder que acumulan en la actualidad, pero socialmente no se puede permitir, que hayan conseguido raptar a la política, y mostrar sólo a un sucedáneo de la misma, sin ningún valor, para la ciudadanía.

06.11.12



martes, 8 de enero de 2013

Sobre los sucesos del Madrid Arena

5.- Sobre los sucesos del Madrid Arena

Los sucesos que acaecieron en la madrugada del pasado jueves en el pabellón polideportivo Madrid Arena, donde una avalancha provocó la muerte de cuatro jóvenes, está provocando un tsunami informativo de gran envergadura, en donde las acusaciones de unos y los movimientos defensivos de los otros, está monopolizando el espacio de las tertulias políticas y las primeras páginas de los periódicos. No quiero entrar aquí en los temas vertebrales del debate, al no considerarme capacitado para hablar lo los mismos, pero sí me quiero detener en la rueda de prensa que ayer ofreció la alcaldesa de Madrid, en la que rodeada de sus hombres de confianza en el Ayuntamiento, y de un alto cargo de la Policía Nacional, trató con cierto voluntarismo de tirar todos los “balones fuera”, con la intención de no quedar dañada por los efectos del suceso. De esa rueda de prensa me quedaron varias cosas claras, que Madrid no merece tener una alcaldesa como la que tiene, cuyo único mérito, como pude certificar ayer, es la de ser la mujer de José María Aznar, y por otro lado, que los postulados ideológicos imperantes en estos momentos, consistentes en buena medida en traspasar competencias de lo público a lo privado, traerá consecuencias, todas ellas negativas, en poco tiempo.
Sobre Ana Botella por razones evidentes es mejor no hablar, pero de la justificación, ideológica por supuesto, detrás de la cual trataron de esconderse los responsables municipales, y que es reflejo de los tiempos en que vivimos, sí creo importante reflexionar, pues es conveniente no pasar de largo de lo que en principio puede parecer anecdótico, ya que en ello, casi siempre se asienta lo verdaderamente sustancial. Según dichos responsables, que no descartan si se han producido responsabilidades presentarse como acusación particular, ellos no tienen la culpa de nada, al haberse limitado a ceder a un particular, a una sociedad mercantil privada, por supuesto con ánimo de lucro, un espacio municipal para que en él se realizara una macro fiesta coincidiendo con algo tan español como la festividad de Halloween. También recalcaron, que dicha empresa se había comprometido a respetar todos los protocolos de seguridad que tales eventos exigen, por lo que el municipio poco podía hacer, aparte de cobrar la cantidad económica que el alquiler del espacio les aseguraba. Todo perfecto, al menos para el régimen de capitalismo avanzado hacia el que nos quieren conducir nuestros actuales gobernantes, que aspira a que exista una separación clara entre lo público y lo privado, en donde la única función de lo público, y siempre a posteriori, no puede, o no podría ser otra que la de exigir cuentas, judiciales o económicas, cuando se haya incumplido fehacientemente la legislación o los acuerdos pactados. Este es el nuevo régimen hacia el que nos encaminamos, en donde el poder público, lavándose las manos ante lo que suceda o pueda ocurrir, sólo podrá actuar, con la legislación en la mano, cuando los acontecimientos ya han sucedido, lo que modificará la función de la Administración, a la baja, tal como desean los liberales que desde la pureza ideológica tratan de reorganizar nuestras sociedades.
Este movimiento que se está produciendo, que en el fondo no es más que un golpe de estado silencioso contra lo que hasta ahora se ha denominado el Estado del bienestar, y ante el que pocos hacen algo, parte del supuesto axiomático de que la iniciativa privada todo lo hará mejor que la pública, lo que, por mucho que se publicite, es un grave error, como también lo es lo contrario, ya que ambos sectores en lugar de contraponerse tienen la obligación de complementarse entre sí. Lo privado sólo tiene sentido gracias a la rentabilidad, a los beneficios que la actividad que desarrolla pueda obtener, lo que supone que su labor necesariamente tiene que sustentarse en la existencia de un determinado margen de beneficio o de ganancia para el que la lleve a efecto, de suerte, que todo tiene que observarse desde esa perspectiva, por lo que es lógico, que ante la duda, se prefiera reducir costes, por muy esenciales que estos sean, ante la posibilidad de que se reduzca la rentabilidad. Aquí se puede encontrar la causa de lo ocurrido en Madrid, que la Empresa, para aumentar sus márgenes de beneficio, escatimó en servicios de seguridad, lo que desde el plano estrictamente mercantil parece lógico. Por el contrario, aunque a estas alturas parezca de Perogrullo, las Administraciones Públicas tienen o deben de buscar el bien de la ciudadanía, dejando para un segundo plano la propia rentabilidad.
Pero no hay que entrar en esta dicotomía, tal y como muchos desean, pues se quiera o no, esa es una cuestión completamente superada, ya que lo importante, en las alturas históricas en que nos encontramos, es trabajar por la interrelación entre ambas corrientes, partiendo de la base de que “la pureza”, que es una enfermedad de la adolescencia, y una dañina estrategia ideológica, que suele ocultar más de lo que publicita, es algo que entre todos, por cordura y por realismo, tenemos que erradicar.
Tal como ha sucedido en el origen de la actual crisis económica que padecemos, en donde al haberse abstenido la Administración del control de lo privado, las diferentes instituciones financieras, en su constante búsqueda del beneficio, traspasaron todas las líneas rojas que la prudencia aconsejaba, lo mismo ocurre y puede ocurrir cuando la sacrosanta iniciativa privada, en cualquiera de los ámbitos en que se desarrolle, no es vigilada y controlada exhaustivamente. El Estado no puede ejercer de árbitro a posteriori, cuando todos los desastres ya se han ocasionado, sino que tiene la obligación de estar siempre pendiente, vigilante, observando de cerca que se cumplan las diferentes reglamentaciones, y debe de estar en todo momento dispuesto a intervenir, cuando compruebe, por los motivos que sean, que la normativa se intenta sortear. La bondad del Estado no interventor es un mito, al demostrar la realidad de forma constante y fehaciente su inutilidad, prueba de lo anterior es lo que esta semana ha ocurrido en Madrid.

03.11.12

lunes, 10 de diciembre de 2012

Sobre las proclamas independentistas de Artur Mas

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4.- Sobre las proclamas independentistas de Artur Mas

El otro día escuché una entrevista que le hicieron a Artur Mas, en donde el líder nacionalista catalán dijo algo, que ha pasado completamente desapercibido, a pesar de que en esas palabras creo que se encuentra el núcleo de la cuestión, de la cuestión que en estos momentos mantiene en pie de guerra a todos los que, de una forma o de otra, participan en el debate político de este país, el tema de la posible secesión o independencia de Cataluña. Más o menos, el presidente del gobierno catalán dijo, en unos términos bastantes orteguianos, que el problema es que en estos momentos España carece de proyecto, mientras que Cataluña posee uno, uno ilusionante, el de la independencia, y que por eso, hoy por hoy, tal proceso resulta inevitable. No sé, no estoy seguro de que esto último sea cierto, pero de lo que sí estoy convencido, es que España, como nación, como país, se ha quedado sin proyecto de futuro, pues parece que de un tiempo a esta parte, vive a expensas de los vientos dominantes, que son de tal magnitud, que sólo parece que la conducirán al naufragio definitivo, y en donde el grito de “sálvese quien pueda”, entre tanto alboroto, es el único que llega a los oídos de los que estupefactos, contemplamos lo que está ocurriendo.
Con todo lo que está cayendo, para colmo, aparece en escena el tema de la independencia, que a pesar de haber tenido siempre un gran peso y raigambre en la sociedad catalana, sociedad que para colmo desde La Transición ha vivido un proceso de catalanización muy inteligente y de gran envergadura, que poco a poco ha ido anegando todas las esferas de la vida de dicha comunidad, ha sido instrumentalizado, está siendo instrumentalizado políticamente en estos momentos por unos políticos, que en buena medida tratan de ocultar con la bandera nacionalista, envolviéndose en ella, los graves problemas que están provocando sus políticas de recortes sociales. La jugada me parece magnífica, muy propia de los nacionalistas de todas las banderas, pues éstos, ante problemas de difícil solución, siempre optan por echarle la culpa a los mismos, a “los otros”, a unos otros que en esta ocasión sólo podía ser el Estado español, o España, y no por supuesto, porque ello significaría cavar su propia tumba, las políticas económicas que emanan de la Unión Europea, o la mala gestión económica realizada por los propios catalanes, pues no se puede olvidar, que disfrutan de unos niveles de competencias que son la envidia de cualquier otra región, o de cualquier otro Estado federado de los existentes en la actualidad.
No obstante, el problema catalán, por la propia singularidad del mismo, por la labor callada que han venido realizando los nacionalistas de todas las tendencias, algún día tenía que estallar, y como algunos vaticinábamos lo ha hecho en esta legislatura, posiblemente en el peor momento para España en su conjunto, pero en el mejor, pues la coyuntura le es propicia, para los propios nacionalistas. En el peor para España, porque como he dicho antes, el país se encuentra a la deriva, al haber perdido el rumbo, el norte hacia el que tiene que dirigirse, lo que le ha empujado hacia una difícil situación, del que pocos, muy pocos, observan una salida aceptable a medio plazo. Desde el advenimiento de la democracia los intereses de España han estado en todo momento articulados en torno al proyecto europeo que representaba la Unión Europea, de suerte, que el innegable crecimiento económico y de calidad de vida que ha conseguido en las últimas décadas, no cabe duda que se deben al alineamiento, a la apuesta radical que este país realizó, sin que nadie se opusiera a ello, posiblemente porque era la única salida factible, por el Estado Social Europeo, a las políticas de crecimiento y de solidaridad del mismo, pero en el momento en que éste se ha colapsado, y a la mala gestión que en muchos casos se ha realizado, España ha entrado en barrena, demostrando su dependencia, quedando hipotecada y amordazada en un callejón sin salida. Hasta hace poco aquí creíamos que “todo el monte era orégano”, y que en todo momento la Unión tiraría de nosotros, pues tanto para ella como para nosotros tal dinámica resultaba rentable, pero al haberse roto, en mil pedazos, el paradigma que hizo posible esa idea, todo se ha venido abajo, quedado nuestro país atrapado en una crisis económica de gran envergadura, a lo que se une el desplome de los postulados ideológicos sobre los que hasta la fecha se había sostenido, quedando, por tanto, a la deriva, sin fuerzas si quiera para poder levantar la cabeza para poder reinventarse.
Este es el problema actual de España, que la crisis que atraviesa todo lo que significaba el proyecto de la Unión Europea, todo lo que convirtió a ésta en un modelo a seguir, la ha dejado en la cuneta, extenuada, sólo a expensas de un milagro que difícilmente se podrá producir, sin fuerzas ni tan siquiera para mantener cohesionados a los diferentes territorios que hasta la fecha la conformaban, lo que puede suponer, a corto plazo, que tenga que refundarse como país, pues es posible, muy posible que tanto Cataluña como el País Vasco, opten democráticamente por separarse de ella para entablar su propio camino. Sí, porque toda la vitalidad de la que en estos momentos carece España, pueden encontrarlas esas dos comunidades en el proyecto de convertirse en naciones independientes, pues ambas, aunque se diga y se repita lo contrario, poseen un potencial suficiente para ello, sobre todo si logran insertarse sin problemas en la propia Unión. Posiblemente, por lo anterior, el tema haya que observarlo desde una perspectiva diferente, lo que creo que sería mucho más acertado, la que afirma que no es Cataluña la que se va, o el País Vasco, sino que es la propia España, al haber perdido su pulso vital, la que va a dejar que ambas comunidades nos abandonen, para dejarnos sumidos en nuestras preocupaciones de siempre.

25.10.12

lunes, 3 de diciembre de 2012

Sobre la crisis y los empresarios

3.- Sobre los empresarios y la crisis

La crisis es una cruel realidad. Me paso horas delante del televisor o escuchando la radio, además de leyendo múltiples artículos en la prensa, para intentar comprender las causas y para conocer los devastadores efectos de la recesión o de la depresión que estamos padeciendo, pero desde donde mejor se puede observar y calibrar lo que realmente está acaeciendo es en la calle, contactando con los que de verdad, y en sus propias carnes, la sufren y la soportan. Como me ocurrió hace unos meses en Pino Montano, ayer me encontré con otra cara de la realidad a la que no se le está prestando la atención que merece, posiblemente porque no se quiere llamar a las cosas por su nombre, y es la nefasta actitud empresarial, la funesta cualificación de una parte muy importante, sí, muy importante de la clase empresarial realmente existente. En Sevilla no abundan los grandes empresarios, como tampoco abundan las grandes empresas, sosteniéndose históricamente el tejido productivo de la ciudad en lo que ahora se llaman los pequeños emprendedores, que poco a poco, una vez pinchada la burbuja financiera en la que durante un periodo bastante prolongado todos hemos vivido, se están dedicando a cerrar sus empresas, en muchos casos meros chiringuitos, dejando a una ingente multitud de trabajadores en el desempleo.
Con lo anterior no quiero decir, aunque la actitud de muchos de ellos haya sido delictiva, al menos socialmente, que todos han obrado con mala voluntad, no, lo que quiero decir, es que para la mayoría de ellos ser empresario no es otra cosa que ganar dinero, y que los empleados que han necesitado tener, no han sido más que meros instrumentos para obtener dicho fin, importándoles muy poco las circunstancias en las que vivían y en las que han quedado una vez que se han desprendido de ellos. El problema es que nunca han comprendido el papel social que un empresario debe ejercer, posiblemente porque nadie le ha explicado la función social que los mismo tienen que realizar, pero lo cierto es, como ahora se está demostrando, que no han estado a la altura mínima exigida, siendo ellos responsables en muchos casos, por su falta de previsión, por la manera suicida de gestionar sus empresas, de la terrorífica situación por la que estamos atravesando.
Lo anterior viene a cuento, porque ayer estuve en el bar en donde habitualmente paro cuando voy al centro, y el encargado, al que me une cierta amistad, ya sin tapujos, me comentó la situación que estaba atravesando él y sus compañeros, situación que le iba a empujar a abandonar su puesto de trabajo, en el que ya lleva más de cinco años, para buscar otro en el que al menos le paguen todos los meses. Tan mal lo está pasando este hombre, y sus compañeros, que además de llevar más de tres meses sin poder pagar la hipoteca, con todo lo que este hecho trae consigo, ha tenido incluso que vender los anillos de boda, el suyo y también el de su mujer, para poder comer.
Se puede comprender que un empresario no le pague a sus trabajadores porque las ventas no vayan bien, por problemas puntuales de falta de liquidez, pero si se observa que el negocio funciona, que la recaudación, a pesar de la crisis, se sigue manteniendo de forma aceptable, hay que comprender que algo falla cuando los empleados llevan meses sin poder cobrar. El problema del bar del que hablo, desde mi punto de vista uno de los mejores del centro de Sevilla, sobre todo por su relación calidad precio, es que mientras todo fue bien, es decir cuando la caja que se hacía diariamente era muy superior a lo esperado, no había ningún problema, pero que desde el momento en que la recaudación volvió a la normalidad, a ese treinta por ciento menos que la realidad imponía, aparecieron todas las carencias de la gestión que se estaba llevando a cabo.
Aquí, como en todos los casos parecidos, y tengo alguno muy cercano, el problema no ha radicado en los trabajadores, ni en la crisis económica, ni tampoco en la política económica del gobierno, sino en la nefasta actitud de unos empresarios que no han sabido hacer sostenibles sus negocios, al estar siempre pensando en el día a día, o mejor dicho, en cuánto dinero se podían llevar a sus casas cada día, en lugar de comprender, realizando las previsiones y las provisiones adecuadas, que no siempre, por aquello de los ciclos, se podía vivir en el régimen de bonanza económica en el que se había estado viviendo.

27.09.12


viernes, 23 de noviembre de 2012

Sobre la diada

Sobre la Diada

Ayer se produjo un acontecimiento político de gran envergadura, que sin duda provocará importantes consecuencias a medio plazo, ya que en el Día Nacional de Cataluña, cerca, según todas las fuentes, de un millón de ciudadanos, salieron a las calles de Barcelona para pedir la independencia de Cataluña, sí, directamente la independencia de Cataluña. Sabía, como todos los que estaba medianamente informados sobre el tema, que la concentración sería todo un éxito, y que supondría un antes y un después en la vida política de esa comunidad y de las relaciones de la misma con el Estado español. La masiva manifestación de ayer, por tanto, supuso un hecho histórico, uno de los pocos acontecimientos a los que hemos podido asistir, aunque algunos desde la distancia, en unos tiempos en que lo volátil, en que lo meramente coyuntural monopoliza las primeras páginas de los medios de comunicación. A las nueve, ya sabiendo que la convocatoria había sido un rotundo éxito, me senté delante del televisor con la intención de ver las imágenes y el tratamiento que de la misma daba la televisión pública. En un principio no podía creer lo que veía, ya que la noticia, la más importante desde mi punto de vista en mucho tiempo, era relegada a un quinto lugar en el sumario del telediario estrella de la primera cadena, que encabezaba una visita protocolaria que el primer ministro finlandés había realizado a La Moncloa. Desde un principio comprendí que tal hecho certificaba los nuevos aires que el Partido Popular le había aportado a la televisión pública, que como los cangrejos, dando un paso hacia atrás, se había vuelto a convertir en un medio al servicio de los intereses gubernamentales, pero también, la importancia que ese mismo gobierno le otorgaba al hecho en sí, lo que le obligó a esconder la noticia, o lo que es lo mismo, a no darle la importancia, de cara a la opinión pública, que esa noticia en realidad tenía.
Hace algún tiempo escribí, cuando el Partido Popular llegó con mayoría absoluta al gobierno, que el grave problema al que tendría que enfrentarse el nuevo ejecutivo, además de a los efectos provocados por la crisis económica, sería el ansia separatista con el que el nacionalismo catalán, de forma muy inteligente, estaba impregnando a la sociedad catalana, ya que no veía a ese gobierno capacitado, por su estilo político, por su excesivo nacionalismo españolista, para lidiar con la sutileza necesaria con la denominada “cuestión catalana”, al estar seguro que un problema de tal calibre, que con tanta delicadeza había que sobrellevar, le estallaría entre las manos creando un problema aún mayor del que se encontró. Al parecer y observando lo que ocurrió ayer, si no se toman las medidas adecuadas, y esas medidas necesariamente tienen que ser políticas, “el problema catalán” está a punto de entrar en un nuevo estadio, empujado por la crisis económica que hunde a España, y también a la propia Cataluña, del que difícilmente se podrá volver atrás.
Hay que reconocer que el tema no es fácil, al ser de una complejidad extrema, al conjugarse en él una serie de variables, políticas, sentimentales, económicas, que obligan, o deberían de obligar, a implementar diferentes estrategias al mismo tiempo, con objeto de encontrar el punto de apoyo común, a partir del cual poder articular un nuevo statu quo. Sí, el tema es complejo, sabiéndose sólo a ciencia cierta que hay que afrontarlo, pero que hay que afrontarlo con mucho cuidado, meditando todos los pasos, todos, ya que cualquier error podría resultar fatal. Hay otra cuestión que también se presenta con claridad, y ésta en buena medida hay que achacársela a la crisis económica que estamos atravesando, y es que España para los catalanes, o al menos para un importante número de ellos, ya no representa el futuro, sino un importante lastre del hay que desprenderse. Este hecho, o esta sensación, que puede ser falsa o no, hay que imputársela al nacionalismo, que en lugar de afrontar sus propios problemas, de aceptar su incapacidad para buscar salidas propias a la crisis que ahoga a su comunidad, culpa a España de haber generado dichos problemas.
Posiblemente como ayer mismo dijo un importante, e interesante líder independentista, ya no existe marcha atrás y la independencia de Cataluña, la constitución de un nuevo Estado catalán resulta a estas alturas inevitable. Yo estoy con él, al no creer que en estos momentos se pueda hacer nada por evitarlo, si como parece que ocurre, una amplia mayoría de ciudadanos catalanes apuestan por ella, y que el nuevo marco de la Comunidad Europea puede potenciar y alentar dichos postulados, al igual, aunque es posible que en mayor medida, la debilidad que padece en la actualidad el Estado español. Lo único que puede parar el proceso, lo único, y no eternamente, es la dependencia económica que Cataluña aún padece de España, ya que su industria en buena medida, vive de las ventas que realiza a lo que todavía se llama España.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Julio Anguita vs Santiago Carrillo

ACERCAMIENTOS
(acb.022)

Julio Anguita vs Santiago Carrillo

Ayer de forma casual, me encontré con unos amigos con los que estuve hablando un buen rato sobre temas que iban cambiando con gran rapidez, lo que era consecuencia lógica del tiempo que hacía que no nos veíamos. Sabíamos que íbamos a estar pocos momentos juntos y queríamos, como siempre ocurre en estos casos, dejar nuestra posición, la de ellos y la mía, lo suficientemente enmarcada, para que quedara constancia de donde nos encontrábamos. Casi al final de la conversación, cuando ya habíamos hablado de casi todo lo que se habla en estos casos, de la familia, del trabajo, de la crisis…, uno de ellos me dijo que acababa de leer una entrevista que le habían realizado a Julio Anguita, del que no tenía noticias desde hacía mucho tiempo, con la que se había vuelto a emocionar, como a menudo le ocurría cuando el antiguo alcalde de Córdoba estaba en plena forma y contaba con un puñado de años menos. Sí, le comente que yo también, una semana antes, había presenciado una entrevista con el viejo dirigente izquierdista en televisión, entrevista que me había llamado la atención, al haber comprobado una vez más, que a pesar de los años y de los achaques, “los viejos rockeros nunca mueren”. Y era verdad, me sorprendió Julio Anguita, cuyo aspecto cada día se parecía más al de un fraile franciscano, manteniendo para colmo su ya legendaria y mesiánica lucidez, lo que siempre le había aportado, y le sigue aportando un cierto atractivo que aún consigue enamorar a muchos, como por ejemplo a mi amigo.
Sí, Julio Anguita sigue enamorando a muchos, porque cuando habla sus palabras son luminosas, claras, precisas, cuadrando en ellas todo a la perfección, observándose desde las mismas un panorama mucho más diáfano y comprensible, y esto, en los tiempos en que vivimos, consigue llamar poderosamente la atención. Llama la atención porque en un mundo, en una realidad como la actual, en donde cada día que pasa todo se torna más gris, más embarullado, es de agradecer que de vez en cuando aparezca alguien para recomendarnos con tranquilidad, sin dudas y sin levantar la voz, el camino por el que necesariamente tenemos que transitar.
Es curioso, por lo contradictorio que resulta, que a pesar de los medios con los que se cuenta, de la cantidad de información que cotidianamente maneja el hombre de nuestro tiempo, da la sensación de que éste, cada día que pasa se haya más perdido, encontrándose sin saber a ciencia cierta si defender estos planteamientos con los que acaba de tropezar o aquellos otros que los contradicen, pues la diversidad, la pluralidad extrema en la que vive, paradójicamente, ha logrado desubicarlo y desorientarlo. Hace falta mucho tiempo en la actualidad para descodificar la ingente y contradictoria información que llega, casi toda ella repleta de mensajes implícitos nada gratuitos, por lo que mantener una opinión sólida y fundamentada en una realidad tan líquida como la actual, es en sí una heroicidad que exige un esfuerzo que no todo el mundo, y resulta lógico, está dispuesto a realizar. Ante tal realidad, algunos se refugian acríticamente en cuatro o cinco ideas que creen irrebatibles, sean cuales sean éstas, mientras que la mayoría prefiere no pronunciarse, al ser conscientes que nadan en ese territorio de nadie, que para colmo se encuentra superpoblado, en donde se asienta el vacuo y siempre socorrido “pensamiento mayoritario”.
Por lo anterior, hoy se echa en falta y se aplauden a rabiar todos aquellos discursos que con rotundidad le “llame pan al pan y al vino vino”, aquellos que, sin mostrar duda alguna, y al ser posible con cierta amenidad, digan en cada momento lo que hay que decir, dejando claro una vez más aquello que tanta falta nos hace oír, que incluso en unos tiempos como los actuales, “dos más dos siguen siendo cuatro”. En esta situación que consigue desestabilizar a muchos, aparecen figuras como la de Julio Anguita, siempre predicando y afirmando (él siempre afirma), al tiempo que recuerda las ideas fundamentales que en ningún momento hay que olvidar. Escuchar a Anguita reconforta, aporta fuerzas, sobre todo a aquellos que se encuentran cerca de su pensamiento político, espanta dudas, pero al mismo tiempo se observa algo en él, que al menos a algunos nos llena de preocupación. Resulta preocupante porque Julio Anguita es un político, un político y no un ideólogo, dos actividades, que aunque muchos crean que se encuentran íntimamente unidas son radicalmente diferentes, de suerte, que de forma constante entran en colisión. Julio Anguita es un ideólogo que se “metió” un día a político, como hubiera podido hacerse militar o sacerdote (actividades ambas que también cuadran con su perfil), dedicándose a predicar su doctrina por las calles y por las plazas, al grito de que lo importante es tener un programa, como si con cuatro o con veinte postulados concatenados, en una sociedad como la nuestra, en la complejidad de las mismas, todo estuviera solucionado. El problema de Anguita es que es un creyente, alguien que sólo con mucha dificultad puede llegar a comprender que existe otra verdad que la suya, lo que consigue descalificarlo como político.
Un político de verdad es, tiene que ser necesariamente diferente, lo que no quiere decir que tenga que carecer de ideología, pero lo que está claro es no puede estar enamorado de ella, pues tal hecho le incapacitaría para su labor. El político de raza, el político necesario, el que se aleja por igual del político ideólogo como del político funcionario, es el que sabe que de vez en cuando hay que bajarse de la tribuna, del estrado, para enfrentarse de tú a tú con los que piensan de forma distinta, al estar convencido que sólo poniendo sobre la mesa todas las formas de entender la realidad, se podrá llegar a acuerdos que consigan abrir caminos consensuados por los que sea posible que todos puedan adentrarse para desarrollar sus vidas sin demasiados problemas. Sí, la misión del político es la de encontrar el consenso, a sabiendas que tal hecho implica, dejar parte de los postulados que se poseen en el camino, en aras de acuerdos beneficiosos para el conjunto de la comunidad, algo que para los fundamentalistas de cualquier filiación resulta abominable. La ambición de todo fundamentalista es la de conseguir implantar íntegramente su concepción ideológica, mientras que la del político de raza es la de llegar a acuerdos que le permitan tener que abandonar el menor número posible de postulados, con objeto de llegar a un entendimiento que posibilite un marco social aceptable para todos.
La luminosidad de Julio Anguita, que con tanta facilidad suele enamorar a todos los que embobados escuchan sus proclamas, incluso a aquellos que se sitúan en posicionamientos diferentes a los suyos, y que nunca han servido para otra cosa que para eso, para seducir a los que necesitan ser seducidos, contracta con las tonalidades ensombrecidas y grisácea que siempre han acompañado a Santiago Carrillo, que desgraciadamente ha fallecido hace unos días. Carrillo sí ha sido un político de raza, un político inteligente y no un político enamorado de sus dioses y de sus creencias, al ser alguien que comprendió, aunque fuera un poco tarde, que existían diferentes formas de ver y de entender la realidad, y que el hecho de ser político, de querer ser político, le obligaba a intentar, en la medida de lo posible, entenderse con los representantes de las opciones ideológicas diferentes a la suya.
En España sobran políticos funcionarios, haciendo falta más políticos de raza, más políticos que desde la inteligencia, como en su momento hizo Carrillo, tengan la altura suficiente como para desde la misma ver algo más que sus propios hombros. Afortunadamente, si se exceptúa a Anguita, que por mucho que últimamente se esté moviendo ya está completamente amortizado, en este país no abundan los políticos ideólogos, aquellos que parecen que tienen como única función real la de fomentar el populismo, aunque con toda seguridad existe una elevada demanda de ellos. Espero que no reaparezcan, pues ante todo son peligrosos.

Lunes, 24 de septiembre de 2012