jueves, 28 de junio de 2012

Sobre la crisis económica (1)

ACERCAMIENTOS
(acb.018)

Sobre la crisis económica (I)

Después de la huelga general convocada para protestar contra la reforma laboral impuesta por el gobierno de la nación, y de unos presupuestos restrictivos, que aspiran a controlar el déficit público, a todas luces necesarios, pero que con seguridad estrangularán aún más el crecimiento económico, se están llevando a cabo nuevos recortes, como si los anteriores no bastaran, que amenazan con dejar sin contenido los mecanismos sociales de cohesión y de solidaridad existentes, o lo que es lo mismo, con desarticular y neutralizar lo que hasta ahora se ha venido llamando el Estado del bienestar. Lo que justifican todas estas medidas es el excesivo endeudamiento que padece el Estado, que al parecer, según repiten y repiten “los entendidos” en la materia, gasta mucho más de lo que ingresa, por lo que tiene que pedir constantemente prestado, a los mercados financieros, importantes cantidades de dinero para hacer frente a sus obligaciones más inmediatas. El problema, es que la deuda es tan alta, que dichos mercados además de pedir unos intereses cada día más elevados, exigen, al desconfiar de la solidez del país, una serie de condiciones que se están materializando en las diferentes reformas que se están llevando a cabo. Sí, el actual gobierno justifica las impopulares medidas que está aplicando, no ya a cuestiones ideológicas, sino sencillamente porque se las exigen sus prestamistas. Simplificando, éste es el grave problema ante el que se enfrenta España y que mantiene a su sociedad en vilo, pues existe la posibilidad, nada descartable, de que suspenda pagos, o lo que es lo mismo, a que sea intervenida, lo que supondría la implementación de medidas mucho más radicales.
La cuestión es de una gravedad extrema, pues no se observan a medio plazo salidas a la actual situación, ya que las únicas actuaciones que se están aplicando son restrictivas, que no sólo no favorecen una reactivación económica, sino que impiden cualquier tipo de crecimiento, lo que puede agravar el problema, pues nunca hay que olvidar las singularidades que distinguen al siempre anémico tejido productivo de nuestro país. Pero ¿cómo se ha llegado a la actual situación? Esta es la pregunta que todos nos planteamos, pues es difícil comprender, cómo es posible que después de un tiempo de bonanza como el que hemos disfrutado, en el que parecía que “llovían longanizas”, se haya pasado, y casi de la noche a la mañana, a otro en el que todo resulta problemático y restrictivo. Una adecuada contestación a esta pregunta es esencial si se desea comenzar a aportar soluciones sensatas, que sirvan al menos, además de para capear de la mejor manera posible la actual situación, para buscar salidas viables, que definitivamente nos alejen de las circunstancias que han provocado la crisis actual, y para evitar en el futuro volver a tropezar con los mismos obstáculos.
La sociedad española ha disfrutado, durante un periodo de tiempo bastante dilatado, de un ciclo económico favorable, en el que afluía con facilidad el crédito, que facilitaba a su vez un crecimiento posiblemente nunca antes visto en nuestro país. Había trabajo y dinero en la calle, lo que potenció el consumo, en muchas ocasiones disparatado, de una población que estaba convencida de que todo estaba a su alcance, lo que a su vez, acarreaba importantes ingresos en las arcas del Estado, que obviamente lo empleaba en la construcción de infraestructuras y en dotar financieramente a los mecanismos del Estado del bienestar, que poco a poco, se iba pareciendo más a sus homónimos. Nadie preveía que esta dinámica se rompiera, pues en el horizonte no se apreciaban nubarrones preocupantes.
Antes de estallar la tormenta la situación del país era la siguiente, a saber, el Estado soportaba una deuda pública casi insignificante, sobre todo si se la comparaba con la que tenían otros Estados de su entorno, pero el endeudamiento privado, el de las familias y el de las empresas, eran de los más elevados de la Unión Europea. A lo anterior hay que añadir, y este hecho es de una gran importancia, el que los grandes pilares productivos del país, además del turismo, eran la construcción y las grandes obras públicas, lo que dejaba al descubierto, no sólo la fragilidad, sino también la escasa diversidad y la vulnerabilidad del mismo.
Pero la tormenta perfecta estalló y en poco tiempo todo se vino abajo. El excesivo circulante existente, que era el origen de todas las bondades de lo que estaba ocurriendo, dejó en poco tiempo de fluir, lo que trajo consigo una disminución, hasta casi su desaparición, del crédito que se ofrecía, lo que a su vez provocó una brutal disminución del consumo, el cierre de innumerables empresas y un aumento significativo y alarmante del desempleo. Paralelamente a ello, el Estado comenzó a recibir menos ingresos debido a la recesión que se estaba produciendo y a tener que destinar más fondos a gastos sociales, como las partidas destinadas a las prestaciones por desempleo, lo que a su vez le obligó a endeudarse, con objeto de tener que hacer frente a sus obligaciones en los mercados de deuda, lo que todo unido, y de forma maléfica, ha dado lugar a la situación en la que nos encontramos, que bien se puede comprender que no ha sido gratuita.
Me sorprende que desde los medios de la derecha, y lo que es peor desde el propio gobierno, se siga repitiendo, como si la ciudadanía careciera de entendimiento, que el único causante de la crisis que asola a nuestra sociedad es el Partido Socialista, cuando es algo demostrado que asistimos a una crisis global que sobre todo se está cebando con el mundo Occidental. El hundimiento del entramado hipotecario en los Estados Unidos, los famosos bonos basuras, dejaron bajo mínimos la liquidez de importantes bancos europeos, que optaron, por necesidad, de dejar de prestar dinero barato a los bancos a los que surtían, entre ellos a los españoles, que no tuvieron más remedio, a su vez, que reducir sus créditos casi al mínimo. Sí, la crisis que padece España tiene su origen en su banca, que en un momento dado, por los motivos antes expuestos, se encontró sin la liquidez suficiente para soportar o para mantener todo el entramado que irresponsablemente había creado y aquí es donde comienza la pescadilla a morderse la cola.
A estas alturas estoy convencido, que el gran culpable de la crisis que padecemos, y me estoy refiriendo a España, es y ha sido el sistema bancario, que durante demasiado tiempo, beneficiándose de la “alegría” y del optimismo reinante, en una actitud suicida, se saltó todos los controles existentes, creyendo que sus ansias de beneficio jamás tendrían límites, y eso a pesar, de que sus analistas siempre han sido lo más afamados, y los mejor pagados del país. Pero de forma paralela, también estoy convencido, que la salida a la actual situación, tiene que pasar necesariamente por la banca, o lo que es lo mismo, que hasta que las entidades bancarias españolas no se refloten, pues todas están tocadas, hasta que no vuelvan a ejercer su función habitual, la de vender dinero a los particulares y a las sociedades mercantiles, todas las actuaciones que se lleven a cabo resultarán vanas e insuficientes. Con lo anterior no quiero decir que algunos de los ajustes, o los recortes que se están llevando a cabo no sean necesarios, lo que quiero dejar claro, es que en mi opinión, hasta el momento en que no vuelva a correr el dinero por nuestras calles y por nuestros comercios, ninguno de los problemas existentes podrá comenzar a solventarse.
Pero lo que acabo de dejar por escrito todo el mundo lo sabe, y no sólo los profanos en la materia como yo, lo que ocurre, es “que aprovechando que El Pisuerga pasa por Valladolid”, se están implementando una serie de actuaciones, las más importantes de las cuales de cariz marcadamente ideológicas, tendentes a adelgazar la estructura social actualmente existente. Como acabo de decir, es fundamental de cara al futuro, pues el futuro nunca hay que perderlo de vista, realizar importantes reformas con objeto de racionalizar y hacer viable el Estado del bienestar, para dar un paso a partir de él, y no como se desea, que no es otra cosa que dinamitarlo para volver a formas pretéritas y menos civilizadas de entender la sociedad. Hoy en día, tal y como están las cosas, esa forma de Estado es inviable, pues el coste del mismo es desmesurado, pero decir que, todos los servicios que lleva a cabo mejorarían gracias a la gestión privada, que es lo que en el fondo desean algunos, ocultando intereses inconfesables, resulta descabellado. La cuestión radica en profesionalizar la gestión pública, hacer comprender a todos que lo comunitario es de cada uno y que es esencial mirar por lo propio, cuidar por cada euro que se gasta, al tiempo que racionalizar cada uno de los servicios que se prestan, podando aquellos que resulta ineficaces e innecesarios, y darle valor a lo que merece la pena mantener.

Sábado, 14 de abril de 2012

jueves, 24 de mayo de 2012

Sobre el resultado de las elecciones andaluzas, y 2


ACERCAMIENTOS
(acb.017)

Sobre el resultado de las elecciones andaluzas

Pero además de lo anterior que es de una importancia radical, quizás porque tal actitud le ha quitado credibilidad, incluso para ellos mismos, los socialistas se han visto incapacitados para vender sus logros, haciendo una campaña electoral a la defensiva que no presagiaba nada bueno. Esta actitud ha debido deberse al hecho de que no tenían la consciencia muy tranquila, ya que las críticas que recibían, muchas de ellas justificadas y vergonzantes, con toda seguridad le dejaban poco margen de maniobra, pero también, al hecho incontestable, de que la derecha controlaba los medios de comunicación, o mejor dicho, que los potentes medios actualmente existentes, casi todos ellos cercanos al ideario del Partido Popular, y que eran los que le confeccionaban la agenda a dicho partido, con el tiempo ha creado un estado de opinión antisocialista digno de estudio sociológico, de suerte, que había que tener mucho valor, mucho, para proclamarse en España socialista o de izquierdas. El papel de los medios de comunicación en la política actual, y la alineación política de los mismos, juega una función esencial en nuestros días, lo que distorsiona claramente la contienda electoral, ya que en muchas ocasiones su papel es meramente propagandístico a favor o en contra de alguno de los contrincantes. Pero la socialdemocracia y por extensión la izquierda debe tener otras vías de comunicación, que en el caso de los socialistas ha sido dinamitada por haberse creído que era un partido más, un partido de gestión al uso, que tenía que darle la espalda a la ciudadanía y dedicarse a hacer política de “corbata y despacho”, lo que ha hecho posible que se rompieran sus canales habituales de comunicación, que siempre han debido de ser fluidos con su electorado. A lo anterior hay que sumar algo a lo que no se le da importancia, al interés que siempre ha tenido, al menos desde que comenzó a tocar el poder hace ya bastante tiempo, en unirse a las restantes fuerzas políticas en la misma situación, con objeto de despolitizar a la sociedad, lo que en poco tiempo provocó una relajación en la actitud crítica y reivindicativa de la ciudadanía. Por tanto, los socialistas ni cuentan con apoyo mediático ni con sectores sociales politizados que puedan justificar su labor, lo que les mantiene en una difícil situación, por lo que aún muchos no comprenden los resultados de las elecciones, que demuestran que han resistido mejor, mucho mejor de lo que los más más optimista hubiera podido imaginar.
Efectivamente muy pocos podían esperar los resultados que al final se contabilizaron, ni creo que la propia cúpula del Partido Socialista, que con toda seguridad se hubiera conformado con obtener unos resultados dignos, o dicho de otra manera, que las elecciones no hubieran significado el hundimiento total del Partido en su feudo histórico. No, los socialistas no se hundieron, y a pesar de que por un estrecho margen perdieron las elecciones, gracias al teórico apoyo que pueden obtener de Izquierda Unida, podrán sin muchos problemas seguir gobernando la comunidad, aunque en unas circunstancias radicalmente diferentes, circunstancias que estoy seguro que son del agrado de bastantes miembros de dicha organización, pues las mismas pueden hacer posible el inicio de la tan necesaria regeneración del Partido. ¿Pero qué fue lo que ocurrió para que erraran todos los pronósticos? Esta pregunta no es fácil de contestar, pero creo, como vaticiné antes de las elecciones, que existía un voto oculto, vergonzante según algunos, que a diferencia de en otras elecciones, dio el apoyo a las candidaturas socialistas, al tiempo que, parte del electorado de izquierdas que tradicionalmente había apoyado al PSOE, en lugar de quedarse en casa, por cierto miedo a la derecha y al ser conscientes de todo lo que se jugaba el país en estas elecciones, prefirió, en muchas ocasiones “tapándose la nariz”, votar a Izquierda Unida.
Trataré de ir por partes. Normalmente el voto oculto, es decir el de los electores que se niegan a decir qué van a votar, es un voto conservador que suele asociarse a la derecha. Pero en esta ocasión, el voto conservador, sí conservador, se ha dirigido a las listas socialistas, entre otras razones de menor peso, porque esas candidaturas representaban el apoyo “a lo que ya se tiene”, ante los importantes cambios con que la derecha amenazaba, aunque no lo dijera, con llevar a cabo. Hay que tener en cuenta, y este hecho en la coyuntura actual hay que tenerlo muy presente, que la derecha desde hace tiempo representa la innovación, al ser ellos los que están dispuestos a romper el actual status quo, al ser los abanderados de la revolución neoliberal, que aspira sobre todo, aunque no lo expongan claramente, a acabar con el régimen del denominado Estado del bienestar, en beneficio de otras formas de organización política totalmente diferentes. Lo anterior quiere decir, que el voto socialista en las pasadas elecciones, tanto el que se manifestó abiertamente como “el oculto”, se puede considerar en esta ocasión como un voto conservador, y es conservador además, porque la izquierda desde hace tiempo sólo se limita a defender sus conquistas históricas, sin proponer, sin atreverse a proponer nuevos objetivos, que puedan tener la virtud, de posicionarla de nuevo, en su lugar habitual que es el de la vanguardia de la sociedad. Lo anterior es de una gravedad absoluta.
Para muchos, el gran vencedor porcentual de estas elecciones ha sido Izquierda Unida, que se ha aprovechado de las circunstancias sin merecerlo, sólo por haber estado ahí, de los votos “emigrantes” del Partido Socialista. A pesar de ser una organización política en franco retroceso, la antigua coalición izquierdista, que ahora ni tan siquiera es eso, pues sus siglas enmascaran al Partido Comunista, que ejerce un control casi absoluto de la organización, y a un pequeño sindicato agrario con escasa implantación real, se ha encontrado de la noche a la mañana con que es el auténtico arbitro de la situación, ante la cual, sin duda alguna se juega su futuro. El problema de Izquierda Unida, o para decirlo más claramente del Partido Comunista y del antiguo SOC, es que son organizaciones, en contra de lo que parecen, que ideológicamente ofrecen muy poco, pues incluso el legendario PCE, se ha convertido de forma incomprensible en un Partido de cuadros sin apenas militancia, y sin personalidades con peso específico en sus filas, y todo debido a la hemorragia que las innumerables luchas intestinas que se produjeron en su interior, auténticas guerras civiles, que tuvieron la virtud de convertirlo en un páramos en donde sólo un puñado de dirigentes hacen lo que les viene en gana. Lo único positivo de Izquierda Unida en la actualidad, lo único que le ha proporcionado tantos y tantos votos, no ha sido su credibilidad, que estaba y sigue estando por los suelos, ni sus actualizados programas, que no los tiene, sino el hecho de que estaba donde estaba, a la izquierda del PSOE, habiéndose beneficiado también de que otras fuerzas emergentes como EQUO, no han podido, en un panorama político tan estrecho, llegar a consolidarse. Ante tal situación tiene que medir bien sus pasos, pues como dije antes, en esta coyuntura con la que de improviso se ha encontrado, se tendrán que jugar el todo por el todo. Hay voces, que provenientes del sector más extremista de la antigua coalición, que como su fundador y carismático coordinador general, Julio Anguita, afirman que la política a seguir, no puede ser otra que la de pactar varios puntos concretos y significativos con el PSOE, y si ésta accede, lo que no sería fácil pues las exigencias serían máximas, apoyar la investidura y con posterioridad al gobierno sólo cuando resulte aceptable desde el Parlamento. A esta opción se apunta también otro de sus líderes, Sánchez Gordillo, que a pesar de la escasa credibilidad que posee incluso dentro de su propio sindicato, afirma que en caso contrario un pacto de gobierno podría, como le ocurrió hace varias legislaturas a los andalucistas, acabar con la organización, al correrse el riesgo, según tan afamado analista, de que Izquierda Unida pierda sus señas de identidad al ser eclipsadas por el PSOE. No obstante, espero que por su bien, que la opción que se tome sea otra bien diferente, y que se pacte un acuerdo mínimo programático que dé paso a un gobierno de coalición, que si se hace bien las cosas podría, con toda seguridad, beneficiar a ambas partes, y por supuesto a todos los que confiaron su voto en ellos. Izquierda Unida podría ayudar al PSOE a regenerarse, al tiempo que un pacto con los socialistas, puede obligar a los izquierdistas a robustecerse y a salir del oscuro agujero en el que desde hace tiempo se encuentran, a modernizarse y a transformarse en la organización política de corte radical y de aspiración profundamente democrática que tanto necesita la izquierda de este país. Y esta aventura puede salir bien, porque no se trataría, ni de lejos, de un matrimonio por amor, sino de conveniencia, que son los que a la larga, aunque todos digan lo contrario, dan mejores resultados.

Viernes, 2 de abril de 2012

Sobre el resultado de las elecciones andaluzas, 1

ACERCAMIENTOS
(acb.016)

Sobre el resultado de las elecciones andaluzas

En el plano político han pasado muchas cosas en una semana, desde unas elecciones andaluzas, que de forma sorprendente, por lo inesperado de los resultados, perdió el partido que en estos momentos detenta el poder, rompiendo su imparable dinámica ganadora; una huelga general que aunque no paró por completo el país, si tuvo un apoyo masivo en las calles en las cientos de manifestaciones que se convocaron, hasta la presentación de unos presupuestos del Estado claramente restrictivos que sin duda alguna, si bien podrán tener la virtud de poder reducir de forma considerable el déficit público, no servirán para reactivar la economía. Sí, han pasado muchas cosas en poco tiempo, y es preciso, como siempre para saber dónde nos encontramos, o más precisamente para saber dónde me encuentro, que reflexione sin demasiadas prisas sobre ellos, pues en caso contrario, se puede dar el caso, de que acontecimientos importantes pasen junto a mi lado sin que le preste la atención debida. Es posible que esta sea la intención de algunos, que todo pase rápidamente para que nada quede, lo que puede ser una buena estrategia para que todo cicatrice pronto. Pero para la mayoría, que un acontecimiento importante quede sepultado por otro importante y éste por otro aún más transcendente, no es, no puede ser lo más recomendable. Por ello es esencial “parar la pelota” e intentar colocar las cosas en su sitio, para al menos conseguir una perspectiva clara de la situación, sobre todo en estos momentos de extrema dificultad.
Las elecciones al Parlamento andaluz se celebraron hace poco más de una semana, y aunque provocaron un tsunami político de gran envergadura, da la sensación de que se llevaron a cabo hace ya bastante tiempo. Nadie, o muy pocos pensaron que se pudieran dar esos resultados, pues incluso las encuestas y los estudios demoscópicos más serios, apostaban por una mayoría absoluta del Partido Popular, un partido que de esa forma, consiguiendo esa amplia mayoría en Andalucía, hubiera podido cerrar el círculo y llevar a cabo las políticas, a nivel nacional, que más le interesaran sin encontrar ante las mismas ningún tipo de oposición institucional real. Ante esta posibilidad, nada descabellada antes de las elecciones, muchos temíamos que el desencanto, sobre todo entre los más jóvenes, que se observaba ante la deriva de los acontecimientos, podría acarear graves protestas que no encontraran un cauce adecuado, por ejemplo en movilizaciones callejeras que poco a poco se podrían incrementar, hasta convertirse en graves problemas de orden público, que con el tiempo desembocasen en una inestabilidad social difícil de sofocar. Pero no, las elecciones en Andalucía las ganó la izquierda, gracias sobre todo al hecho de que el PSOE no llegó a hundirse por completo, como muchos analistas vaticinaban, pero sobre todo, a los espectaculares resultados de Izquierda Unida. Junto a lo anterior, es importante subrayar, que el Partido Popular, sólo pudo aumentar su representación en el Parlamento andaluz en tres escaños, lo que tal y como estaban las cosas, no creo que, por mucho que se alegren delante de las cámaras de televisión sus dirigentes, sea para dar botes de entusiasmo. Estos resultados, entre otras cosas, demuestran que la derecha, al menos en Andalucía, y no creo que se trate sólo por la personalidad de su líder, tiene un techo electoral que le va a resultar difícil superar.
No cabe duda que los resultados de las elecciones andaluzas fueron toda una sorpresa, para la derecha pero también para la izquierda, pues todos pensaban, pensábamos, que desde hacía bastante tiempo todo el pescado estaba ya vendido. La situación no era fácil, el desempleo estaba llegando a unos límites insoportables, sobre todo entre los sectores más jóvenes de la población, y los casos de corrupción, jaleados con entusiasmo por los medios en poder de la derecha, dibujaban una situación ciertamente dantesca. El Partido socialista, en el poder durante más de treinta años de forma ininterrumpida, parecía que se encontraba por primera vez ante las cuerdas, y todo presagiaba que se hallaba a punto de arrojar la toalla. Pocos, por tanto, estaban dispuestos a apostar que de las elecciones pudiera salir un gobierno que no fuera del Partido Popular. Los errores socialistas resultaban manifiestos, y eso a pesar, de que los cambios producidos en la comunidad durante su dilatado mandato, transformaciones que no han sabido vender a la opinión pública, eran un aval más que suficiente para que pudiera revalidad el apoyo de la ciudadanía. Pero en la calle se mascaba el desencanto, y la sensación de que tal y como estaban las cosas no había fututo, por lo que, la única alternativa posible era que de las urnas surgiera un gobierno de derechas, o al menos eso era lo que, como si de una lluvia fina se tratara, se escuchaba desde todos los ámbitos. Pero la ciudadanía, de una forma incomprensible para muchos, ha dicho en los colegios electorales que esa no era la solución, que no confiaba en la derecha para gestionar una coyuntura política como la que había que hacer frente, pero tampoco, y creo que con justicia, le ha dado un voto en blanco, como en anteriores ocasiones había hecho, a los socialistas.
El Partido Socialista, en mi opinión ha tenido dos graves problemas, a saber, que no ha sabido regenerarse de forma constante, y que no ha sido capaz de vender sus logros de la manera adecuada. No cabe duda, que un partido que lleve en el poder tantos años, controlando de forma omnímoda todas las estructuras de La Administración, con todo lo que ello comporta, además del desgaste que ocasiona, puede caer en dinámicas que favorezcan la prevaricación o directamente en la corrupción. No cabe duda, que en cualquier organización política, sobre todo cuando se desfruta del poder, crecen las camarillas al tiempo que se potencia la existencia de un sólido aparato, que le aísla, y que le imposibilita el contacto real con los problemas que afectan a la población, lo que casi siempre conduce a un reparto de prebendas y a un cierto caciquismo, inevitable pero muy difícil de justificar. No cabe duda, por tanto, que la permanencia en el poder, aleja a dichas organizaciones del talante democrático deseable, conduciéndolas a un territorio bastante peligroso. Pero todo lo anterior, aunque lógico, es incomprensible para una organización de izquierdas, pero aún lo es mucho más para la izquierda con mayúsculas, que siempre se mostrará, o tendrá que mostrarse extremadamente crítica ante dichas prácticas.
Pues bien, el Partido Socialista no ha sabido reaccionar de forma adecuada a tales problemas, que con el tiempo, han conseguido minar su reputación ante su propio electorado natural, y no ha sabido, posiblemente, porque se ha hallado demasiado cómodo en el poder, sin encontrar oposición real ni fuera, ni voces críticas dentro de su propia organización. La izquierda, aunque la izquierda institucionalizada lo olvide a veces, representa o debe representar ante todo una actitud crítica ante el poder, una labor opositora constante contra aquellos que controlan los hilos del poder, aunque quienes muevan esos sea la propia izquierda. Y aquí es donde ha fallado el Partido Socialista, que en lugar de amplificar y favorecer las voces de descontento que se originaban en el interior del mismo, ha intentado ocultarlas o neutralizarlas en favor de la propia organización, aunque tal actitud provocara dar libertad a algunos de sus miembros para que hicieran y deshicieran a medida de sus intereses, lo que en contrapartida ha provocado el descontento en algunos sectores, a veces muy amplios, de su base social. El grave problema, o el gran error de los socialistas, es no haber creado órganos de control internos, independientes y adecuados, que de forma constante eliminara los tallos muertos o anquilosados que se iban adueñando de su estructura, paralelamente a tratar de mimar y potenciar todo lo nuevo que iba poco a poco surgiendo en la misma. Sí, el grave error fue, olvidar que había que limpiar la organización del óxido acumulado, pero también, obviar, que necesariamente había que dotarla de savia nueva, de nuevos elementos, que la acercaran a la cada día más poliédrica sociedad sobre la que tenía que actuar, además de haber renegado en múltiples ocasiones de sus propias señas de identidad en beneficio de una gestión desideologizada. Con lo anterior no quiero decir, por supuesto, pues estoy hablando de un partido socialdemócrata, que ha debido llevar a cabo una política marcadamente izquierdista, ya que a ellos no le corresponde tales prácticas, pero sí, que no ha debido olvidar, como lo ha hecho, el lugar de donde proviene ni la forma de actuar ante los problemas, que en todo momento la población esperaba de él. El Partido Socialista, y no sólo en Andalucía, se ha anquilosado y ha perdido sus señas de identidad, y de tales hechos provienen todos sus problemas actuales.

Viernes, 2 de abril de 2012

martes, 27 de diciembre de 2011

Sobre los retos del Partido Popular (2)


ACERCAMIENTOS
(acb.014)

Sobre los retos del Partido Popular (2)


Sí, el problema ha radicado en que no se han creado los mecanismos necesarios para detectar que el sistema se estaba hundiendo, que estaba haciendo aguas por todas partes, lo que ha provocado, que ahora, cuando todas las luces de peligro desde hace tiempo se encuentran encendidas, no se sepa bien qué se tiene que hacer, si tirar hacia delante para salvar lo posible del mismo, o por el contrario, mandarlo por inservible directamente al desguace. Esta es la disyuntiva a la que se tiene que enfrentar el Partido Popular, que casi sin margen de maniobra, tendrá que decidirse políticamente o bien por mantener, con las modificaciones oportunas, muchas de ellas necesariamente traumáticas, por una visión minimalista del Estado del bienestar, o por el contrario, “tirar por la calle de en medio” y apostar por una sociedad desregularizada en donde cada cual, gracias a las fuerzas con las que pueda contar, intente abrirse camino de la mejor forma que pueda. Imagino que a pesar del radicalismo de algunos de sus componentes y de determinados medios que le apoyan, por realismo, la sensatez se abrirá paso e intentará con “mil y un recortes” mantener en lo posible el actual sistema, pero para ello tendrá que efectuar actuaciones, que sin duda, provocarán una gran crispación social. Hoy casi todos comprendemos, “tal y como está el patio”, que tales actuaciones van a resultar inevitables, de suerte, que si las pasadas elecciones las hubiera ganado el Partido Socialista, no hubiera tenido más remedio que hacer lo mismo, es decir, aligerar las funciones que hasta el momento le han correspondido al Estado. No se puede negar, al menos a estas alturas, debido a la escasa voluntad existente para ello, que las actuales estructuras no se pueden mantener, pues el déficit que generan son el causante del enorme endeudamiento existente en la actualidad, que es lo que ha generado la difícil situación que padecen buena parte de los países de la vieja Europa. Hay que recortar, sí, radicando el problema en saber dónde hay que hacerlo, siendo éste el problema de fondo, pues resulta evidente que no es lo mismo que los recortes se lleven a cabo en un lugar que en otro. En principio, la ciudadanía, al darle el apoyo al Partido Popular, es decir a la derecha, a los partidarios de una economía esencialmente regulada por los flujos de los mercados, ha optado por el recorte duro, es decir, por unos recortes sin miramientos que tendrán que afectar, se quiera o no, a los mecanismo de protección y de cohesión social, lo que no resultará fácil de digerir.
No se sabe en realidad, debido al deliberado hermetismo existente, nada sobre el calado de las medidas que se van a tomar, aunque estoy convencido que serán draconianas y antisociales, en la línea del discurso que desde hace tiempo se viene exigiendo desde los círculos empresariales y financieros, es decir, el que de forma constante repite aquello de que hay que reducir el déficit a costa de una considerable merma del gasto público, a pesar de que tal estrategia, lo único que conseguirá será estrangular al propio corazón del sistema, o lo que es lo mismo, al consumo. A pesar de que “doctores tiene la iglesia”, no llego a comprender cómo se desea revitalizar la economía ahogando o eliminando el circulante que posibilita el consumo, sobre todo en una sociedad como la española en donde, aparte del desempleo existente y del elevado endeudamiento familiar y empresarial, nos encontramos con un sistema bancario, que desde hace tiempo, debido a la suicida política crediticia que ha mantenido durante los últimos años, se encuentra completamente bloqueado. Tengo la sensación, y ojalá me equivoque, que la única política económica que al parecer existe, nos conducirá directamente al desastre.
El otro grave problema al que “los populares” tendrán que hacer frente, es la cuestión nacionalista, tema de gran importancia, que como he dicho con anterioridad, ha quedado ocultado por la gravedad de la crisis económica. Los resultados electorales han dejado claro que las organizaciones marcadamente nacionalistas, tanto en el País Vasco como en Cataluña cuentan con un importante respaldo de la ciudadanía, de suerte, que son las fuerzas políticas más votadas en ambos territorios, lo que con toda seguridad va a provocar importantes conflictos, al exigir éstas más y más competencias en la legislatura que dentro de poco va a comenzar. A pesar de la mayoría absoluta, lo que va a permitir al Partido Popular no tener que negociar con dichas organizaciones para sacar adelante sus propuestas políticas, lo que le permitirá, si lo desea, mantener ante ellas una postura de fuerza, no creo que la derecha española, que siempre ha sido demasiado “españolista”, esté cualificada para “hilar fino” en esta cuestión.
La derrota sin paliativos de la organización terrorista ETA, que la ha obligado a deponer las armas, paradójicamente ha propiciado la articulación de un movimiento político afín a ella, que hoy por hoy domina parte de la escena política vasca, que para colmo, para complicar aún más las cosas, ha logrado una importante representación en el Parlamento español. Este hecho, del que hay que congratularse, ya que siempre es mejor la actividad política, por muy extremista que sean los postulados que se representen, a la estrategia del “tiro en la nuca”, va a crear tensiones políticas que no van a tener una fácil resolución, ya que las exigencias que se van a poner sobre la mesa, difícilmente van a poder ser aceptadas por el partido ganador en las elecciones. A lo anterior hay que sumar, que los planteamientos hasta ahora moderados del PNV, no tendrán más remedio que cambiar, si dicha organización no quiere ser desalojada, a causa del tsunami provocado por el independentismo radical, del lugar central que hasta ahora venía ocupando. En este nuevo escenario, a no ser que cambien mucho sus posicionamientos, el Partido Popular puede entrar como “un elefante en una cacharrería”, lo que con seguridad provocará una agudización del denominado conflicto vasco, que conllevará una radicalización de todos los actores que tengan algo que decir en el mismo, lo que sería a todas luces negativo, y eso a pesar, de que una actitud de fuerza con respecto al nacionalismo, le proporcionaría importantes apoyos procedentes del resto del territorio español, que visceralmente siempre se ha mostrado marcadamente antinacionalista.
A pesar de “la aparatosidad” del caso vasco, y de las dificultades que a medio plazo se van a presentar, estoy convencido que el grave problema lo va a representar Cataluña. Política y culturalmente Cataluña es una realidad política mucho más cohesionada que la vasca, ya que se ha producido, debido al perfil marcadamente nacionalista de todas sus fuerzas políticas (excepto el PP), una cierta homogeneización cultural en torno al hecho nacionalista, que sin duda puede obligar que toda la política catalana, a partir de ahora, gire en torno a una sola dirección, al aumento del autogobierno, que no puede significar otra cosa, que un significativo alejamiento del rumbo político que siga España. En lo esencial, las diferencias existentes entre las organizaciones políticas catalanas son sólo estratégicas, ya que parece que los socialistas, por ejemplo, antes que socialistas son nacionalistas. Este talante común, por mucho que le pese a los españolistas que siempre miran con recelo a Cataluña, se debe a la inteligente forma con que el nacionalismo catalán ha logrado imponer un marco cultural unitario que nunca ha tratado de agredir a nadie, en el que todos, incluido aquellos que poseen un pasado “poco catalán” han encontrado un perfecto acomodo. A diferencia de la política vasca, la catalana, en lugar de dispersarse por diferentes senderos, se asemeja más a un enorme transatlántico que sabe perfectamente hacia dónde se dirige, y que se encuentra convencido que un día, “más temprano que tarde”, atracará en el puerto que anhela.
Por todo lo anterior el Partido Popular lo va a tener difícil en lo referente a la cuestión nacionalista, pues sólo se podría dar carpetazo definitivo a la misma, si con valentía se lleva a cabo una reestructuración territorial del Estado, en donde la singularidad de ambas comunidades, posiblemente “echando mano” a la cuestión federal, quede marcadamente contrastada, y en donde la asimetría territorial se viva no ya como una discriminación, sino como una fuente de riqueza para todos.
Todo dependerá, en lo referente a ambas cuestiones, a la económica y a la territorial, de la pericia que muestren los nuevos gobernantes que dentro de poco se harán cargo del timón de los asuntos del Estado.

Miércoles, 30 de noviembre 2011.

Sobre los retos del Partido Popular (1)


ACERCAMIENTOS
(acb.014)

Sobre los retos del Partido Popular (1)
Las elecciones celebradas hace unos días han servido para certificar lo que todos imaginábamos, que la derecha, con un apoyo mayoritario, recuperara el gobierno del país. Sí, porque desde hace bastante tiempo todas las cartas estaban echadas, pues los socialistas, parecían que habían tirado definitivamente la toalla, al haberse quedado sin discursos y lo que es peor, sin iniciativa propia. La victoria de la derecha ha sido por goleada, y se espera, que a diferencia de los vencidos, impongan al menos una política diáfana a seguir, pues se tiene la sensación, de que como estamos, a merced de todos los vientos, resulta imposible seguir.
Después de observar los resultados, que indudablemente representan un cheque en blanco, un apoyo sin fisuras a las políticas económicas y no sólo económicas que “los populares” estimen conveniente llevar a cabo, comprendí que lo van a tener muy complicado, ya que la crisis económica que padece España sólo podrá ser afrontada, si realmente se desea atajar el origen de la misma, con medidas que modifiquen las actuales estructuras productivas sobre las que se asienta nuestra sociedad. Sí, porque lejos de lo que ocurrió con otras coyunturas negativas, ahora las causas son estructurales, de suerte que, o se afrontan con valentía las mismas, o la famosa crisis nos llevará a todos “por delante”. Pero el tema económico no es el único al que tendrán que hacer frente, pues tras las elecciones también ha quedado al descubierto la gravedad del problema de los nacionalismos, tanto en el País Vasco como en Cataluña, lo que deposita en sus manos una patata caliente difícil de controlar, aunque evidentemente esta cuestión, que puede tener unos efectos futuros de indudable trascendencia, ha quedado eclipsada por la magnitud del problema principal, la crisis económica que asola a España a todo el continente europeo.
Ya no queda margen, y por tanto, se quiera o no, ha llegado el momento de solventar los problemas de fondo que nos han conducido a la actual situación, a pesar de que ello pueda acarrear una significativa merma en la calidad de vida de la ciudadanía, y a una importante modificación de la estructura territorial y política de nuestro país. La política no sólo puede aportar mejoras inmediatas, sino que tiene que tener el valor suficiente como para atreverse a extirpar las diferentes disfunciones que puedan detectarse, pues siempre debe mirar por el bien a medio y largo plazo de las sociedades sobre las que actúa, y no sólo al corto como ha ocurrido durante demasiado tiempo en nuestro país. Mirar sólo hacia lo inmediato es bueno para ganar elecciones, pero ese tipo de política, en muchas ocasiones, sólo se sustenta en dejar para más adelante, para cuando ya no quede más remedio que encararlos, los problemas que por dejadez ya han conseguido enquistarse. Y esto último es lo que efectivamente ha ocurrido en España, que no se le ha dado importancia a determinadas cuestiones, hasta que se han convertido en un peligroso asunto que necesariamente, de la forma que sea, aunque cuanto menos traumática mejor, no hay más remedio que solventar.
Queda claro, que con cinco millones de desempleados, con una economía al borde de la recesión, el primer problema que hay que encarar es la crisis económica que se está cebando desde hace algún tiempo contra nuestra sociedad. Ciertamente esta crisis no es solo endógena, ya que también la están padeciendo las economías de los países de nuestro entorno más inmediato, pero tampoco se puede eludir el hecho de que nuestro sistema económico desde hace bastante tiempo padece una serie de males, que amenazan seriamente con noquearlo. La justificación desde el gobierno cesante, para justificarse la sido siempre la misma, “España padece una importante crisis motivada por una coyuntura económica negativa a nivel internacional”, sin decir en ningún momento, que a nuestro país le ha afectado más de la cuenta por la sencilla razón de que su economía ya se encontraba demasiado dañada, incluso antes de que ese proceso global comenzara. Sí, dañada desde hace bastante tiempo, sin que se hubiera hecho absolutamente nada, salvo “tirar balones fuera”, para intentar atajarla. Y este es un grave error que hay que achacarles a los diferentes gobiernos socialistas que han estado controlando el poder político durante las dos últimas legislaturas, aunque tal crítica, para algunos, pueda resultar dolorosa.
¿Pero cuál ha sido el problema de fondo?, sin duda alguna que se ha vivido por encima, muy por encima de nuestras posibilidades, y que por ello, nos hemos tenido que entrampar más de lo necesario, sin poseer sólidos avales que garantizaran dichas deudas. No quiero entrar aquí en los que se están aprovechando de la actual coyuntura para pescar más de la cuenta “en aguas revueltas”, en aquellos poderes que utilizan la situación para imponer sus postulados ideológicos, entre otras razones porque “se la están (se la estamos) poniendo como a Fernando VII”, pues a estas alturas, lo realmente importante es señalar, y diagnosticar, los problemas en los que están cayendo determinadas sociedades europeas, que están obligando a éstas, a caer, como frutas maduras en las redes del neoliberalismo. Pero tal hecho no está ocurriendo gracias al empuje de los abanderados del liberalismo radical, que siempre han estado ahí, esperando y conspirando, sino por desmerito de los que en todo momento han apostado y siguen apostando por el Estado social y de derecho europeo. Para comenzar, posiblemente haya que decir, que el grave error ha podido encontrarse en que se ha creído que nuestro excepcional sistema político, que siempre ha sido modélico, era en sí imperecedero, y que por tanto no había por qué cuidarlo, sin comprenderse que algo tan frágil como el mismo, necesitaba que se estuviera siempre pendiente de él, detectando sus posibles fisuras, sus contradicciones y desviaciones, con objeto de ir adaptándolo a las diferentes variables que la cambiante realidad, con su terquedad habitual, siempre se encarga de imponer. Se ha creído, en suma, que se trataba de una conquista social consolidada, que siempre, por muy mal que fueran las cosas nos acompañaría protegiéndonos, hasta que en un momento determinado nos hemos dado cuenta que todo, absolutamente todo, se podía venir abajo precisamente por nuestra dejadez y por nuestra falta de previsión.

Miércoles, 30 de noviembre 2011.




lunes, 12 de diciembre de 2011

Sobre el tercer poder (y 2)




ACERCAMIENTOS
(acb.012)

Sobre el tercer poder (y 2)

La izquierda real en el fondo nunca ha sido partidaria de estas organizaciones, al observarlas como instituciones utilizadas por el propio Estado para desprenderse de funciones que hasta el momento se veía en la obligación de llevar a cabo, y gracias a las cuales poder aligerar su peso. Observa en ellas una puerta por donde se podría desangrar el Estado, aunque los objetivos de estas organizaciones casi siempre resultan un tanto difuso, pues un gran número de ellas, mantienen su campo de actuación en lugares alejados, en países subdesarrollados o intentando mitigar los efectos de alguna catástrofe natural o social. Sí, éste es un rasgo curioso en estas organizaciones de nuevo cuño, que ponen su vista, lo que hay que reconocer que es elogiable, mucho más allá de nuestras fronteras, posiblemente por dar por sabido, que los problemas que existen aquí en nuestras sociedades, tiene la obligación de afrontarlos el propio Estado. Lo anterior no quiere decir que no existen otras, como Caritas, que ejercen una labor con los más desfavorecidos que en todo momento hay que subrayar, pero a pesar de ello son las que menos atención reciben de los medios, posiblemente porque todos sabemos que su labor callada estará siempre ahí, tapando los agujeros creados por el propio sistema, en una lucha constante y cotidiana contra esa realidad que todos, de una forma o de otra tratamos de ocultar. Resulta también curioso que este tipo de organizaciones, que son muy anteriores al boom de las ONG, casi todas se encuentran en la órbita de la Iglesia Católica, a la que tradicionalmente se le ha encomendado esa tarea social, siendo ellas, por así decirlo, su brazo militar.
Lo cierto, es que aunque en determinados sectores exista cierto voluntarismo ante la acción social, la mayoría de la ciudadanía carece de tal preocupación, al estimarse, que quien puede y debe realizar tal función es quien está mejor preparado para ello, es decir el Estado, y que todo lo demás, son sólo “paños de agua caliente”, que nunca, en ningún caso podrán solucionar nada. El problema, o uno de los problemas, es que la acción social no debe sólo a aspirar “a tapar las goteras” que se vayan produciendo, sino a crear, a articular un sólido tejido social que se extienda entre los límites del Estado y los del mercado, que aunque se nos quiera hacer creer lo contrario, es un territorio de una gran amplitud que se puede edificar y explotar en beneficio de todos, y que hasta ahora, de forma ilegítima, ha estado colonizado por esos dos sectores, el público y el mercantil, gracias a la pasividad y a la desidia de sus auténticos propietarios, la sociedad civil. Estoy convencido, cada día más convencido que la izquierda social, y hay que apuntar que hasta que ésta no exista realmente no existirá una izquierda política fuerte, tiene la obligación de reivindicar para la ciudadanía ese vasto territorio, para articular un tercer poder que se erija con solidez entre los otros dos poderes, el público o estatal y el que representan los mercados.
En el campo de la cultura, tanto en el de la gran cultura como en el de la pequeña, es donde más actuaciones se podrían acometer, sobre todo en los momentos actuales, en donde la profunda crisis que estamos padeciendo, está obligando a las instituciones públicas a dejar a un lado la mayor parte de los compromisos culturales que tenía contraídos. Los medios de comunicación hablan estos días de la suspensión de gran número de festivales de cine, de encuentros artísticos e incluso de de premios literarios, por no hablar de un gran número de acontecimientos culturales de menor talla que poblaban, hasta hace bien poco, la amplia geografía de nuestro país, lo que en gran medida va a provocar una desertización de la vida cultural. Nadie puede negar a estas alturas, que la cultura y la vida cultural ha florecido en nuestro país apoyándose en las muletas que las instituciones públicas le ofrecían, es decir, gracias al dinero de todos, ya que desde los ayuntamientos, diputaciones o comunidades autónomas, por no hablar ya del propio Estado, se aportaban un gran número de subvenciones que hacían posible la existencia de un tejido cultural de cierto calibre, subvenciones que dadas las circunstancias, van a desaparecer por completo, pues si de algún lugar hay que cortar, siempre será por el lado más débil, por el menos esencial, es decir por la cultura. Pero aunque normal para casi todos, lo que está ocurriendo debe llamar la atención, pues en primer lugar demuestra, la dependencia de esa cultura al gran mecenas de nuestra época, pero también el escaso interés que ha existido por crear un marco cultural autónomo y sostenible. No puede ser, no se puede admitir, que cuando lo que la sostenía ha desaparecido, la cultura haya dejado de tener presencia en nuestras calles.
Por ello, ante la situación que se avecina en el ámbito cultural, los interesados en ella, en cualquiera de sus facetas, en lugar de lamentarse por la situación, que a todas luces resulta irreversible, deben lanzarse a la calle para crear múltiples asociaciones, talleres creativos y espacios culturales, gracias a los cuales se puedan crear los cimientos de una forma diferente de entender la cultura, en donde tengan cabida todos los planos de exigencia que existan en ella. Cuando se creen las bases, todo lo demás vendrá “sobre ruedas”, con el agravante, que la cultura que venga, por muy elitista que sea, será mucho más vivida por todos, porque no dependerá de la artificiosidad de las subvenciones, sino de la necesidad de la propia ciudadanía.
Como en el plano de la cultura, que he sacado a colación como ejemplo, debería de pasar en todas las facetas de nuestra poliédrica vida social, pues la crisis existente, si algo puede tener de positivo, es que puede empujar a la ciudadanía a que abandone su actitud de enroque permanente, para obligarla a dar el paso necesario gracias al cual poder tomar los espacios públicos, lo que con el tiempo conseguiría convertirla en un poder real, y no como hasta ahora, con el que siempre se tenga que contar.

Martes, 4 de octubre de 2011

Sobre el tercer poder (1)




ACERCAMIENTOS
(acb.011)

Sobre el tercer poder (1)

El otro día hablaba de que resultaba necesario buscar nuevas alternativas, que hicieran posible que el actual discurso de la izquierda, tan anémico desde hace tanto tiempo, pudiera revigorizarse e incluso reinventarse. Ante la actual situación, que está poniendo en duda la viabilidad del Estado social y de derecho europeo, se observa que la izquierda, después de plegarse vergonzosamente de hecho a las recetas neoliberales, sólo atina a decir, un poco por defender su singularidad, que hay que salvaguardar por todos los medios al Estado del bienestar, aunque sólo sea en sus pilares básicos, es decir, en todo lo que respecta a la educación y a la sanidad. Pero todo aquel que se asome no sólo a lo que está ocurriendo, sino a las causas profundas y no tan profundas que han provocado la actual situación, comprende a la perfección que lo anterior no es más que “un brindis al sol”, ya que desde hace tiempo se ha comenzado a desmantelar dicha estructura, y que dentro de poco, si las cosas siguen como hasta ahora, el Estado del bienestar sólo será un recuerdo. Y esto va a suceder sencillamente porque no se puede pagar, al ser tan costoso, que para sostenerlo haría falta un esfuerzo que la sociedad actual no está dispuesta a asumir.
En el fondo éste es el problema, no que el Estado del bienestar no sea viable ni recomendable, pues no existe voluntad real ni de sostenerlo ni de aplicarle las modificaciones necesarias que consigan de nuevo hacerlo eficiente, actitud de la que en absoluto es ajeno los dictados del discurso ideológico dominante, que no cesa de acusarlo de todos los males que nuestras sociedades padecen en la actualidad. Así las cosas, poco más se puede hacer que no sea el esperar su desmantelamiento definitivo, a no ser que se trabaje en buscar soluciones que al menos sirvan para articular un nuevo discurso y una nueva praxis, que desde la izquierda y desde lo social, aporten alternativas a la única propuesta que hoy por hoy se encuentra sobre la mesa, la de la privatizar la mayor parte de la estructura estatal hoy existente, que es mostrada interesadamente como improductiva y de tener un coste insostenible. Pero ese desmantelamiento no va a consistir en un acto de filantropía, sino en la venta de sus activos (hasta la lotería se quiere privatizar), para que todo lo que pueda ser rentable pase a manos privadas, que según dicen, aunque no se habla de los prejuicios sociales que tal hecho provocaría, los gestionaría de forma más eficiente.
Dadas las circunstancias, que acontezca lo anterior sólo parece ya cuestión de tiempo, pues una “lluvia fina” se ha encargado de convencer a la ciudadanía, no sólo de que el Estado del bienestar es incapaz de gestionar nada de forma adecuada, sino también, que a todos nos iría mejor, mucho mejor, si pudiéramos quitarnos de encima esa pesada y anquilosada estructura que no hace más que “chuparnos la sangre”. Pero la izquierda, entendida ésta de forma radical, no puede quedarse parada, enroscada en una defensa numantina que aspire sólo a retrasar el día de la derrota definitiva, ya que tiene que reconocer, aunque le duela, que la estructura actual del Estado del bienestar presenta enormes deficiencias, debido sobre todo, a que no ha sabido adecuarse a las circunstancias del tiempo presente.
Lo que parece claro es que el Estado no puede encargarse de todo, pero también lo es, que la siempre elogiada iniciativa privada, esa que busca en todo momento la rentabilidad en cada una de sus acciones, tampoco se encuentra capacitada, entre otras razones porque no todo puede ser rentable siempre, para hacerse cargo de lo que hasta el momento se depositaba sobre la espalda del Estado. No, pues que es tan absurdo decir que el Estado debe hacerse cargo de todo, como afirmar, que la iniciativa privada, las empresas, deben ser quien lo sustituya. Y aquí es donde la izquierda, donde una izquierda imaginativa debe comenzar a trabajar, ya que entre una propuesta y otra existe un amplio surtido de posibilidades, algunas bastante interesantes, como sería la de apostar por lo que Rifkin denominaba “El tercer sector”, es decir, por la sociedad civil.
Posiblemente la inexistencia en España, aunque también en toda Europa, de una sólida sociedad civil, dinámica y arraigada, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, se deba al poder omnímodo que siempre ha ejercido sobre esas sociedades, el tan denostado por unos y tan aplaudido por otros Estado del bienestar.
Hasta la fecha el Estado se ha encargado de todo, ya que los europeos, basándose en su excepcional sistema político, hemos delegado en él todas las tareas comunitarias importantes, lo que a la larga ha supuesto, que la sociedad civil, o lo que tendría que ser ésta, perdiera toda su musculatura. Se podría decir que en estos momentos, con la proliferación de las organizaciones no gubernamentales, estamos asistiendo a un proceso de revitalización social, en donde parece que la ciudadanía ha comprendido, después de asumir que el Estado no puede estar en todos los frentes, que tiene la obligación de articularse para estar allí donde las actuaciones del Estado no pueden llegar. Pero hay que subrayar el hecho, que las actividades de este tipo de organizaciones, que tan buena crítica poseen, dependen casi en su totalidad de las subvenciones que reciben precisamente de ese Estado, lo que en el fondo significa, que más que organizaciones no gubernamentales, no son otra cosa que para estatales, ya que son utilizadas por el Estado de tapaderas y como instrumentos para justificar su ineficacia.

Martes, 4 de octubre de 2011