viernes, 20 de marzo de 2015

Sobre la crisis del Partido Socialista

34.- Sobre la crisis del Partido Socialista, 1

            De forma inesperada, ayer, por una decisión de la dirección del PSOE, en la que se suspendía y se sustituía a la cúpula de los socialistas madrileños, ha podido estallar, a sólo cien días de las elecciones autonómicas y municipales, la esperada por inevitable para algunos, guerra civil en las filas socialistas. La situación del PSOE es difícil, ya que carece de liderazgo y de discurso político creíble, por lo que no parece que en estos momentos se posicione como una amenaza seria para la derecha en el poder, al tiempo que una nueva organización, “Podemos”, le corroe el terreno por la izquierda, lo que le ha supuesto en la última encuesta del CIS, algo inaudito y preocupante, pasar a ocupar el tercer puesto en la intención de voto para las  próximas, e inminentes, convocatorias electorales.
            Se  tenga simpatía o no por el PSOE, hay que reconocer que aún es hoy, a pesar de la profunda crisis que padece, la organización central de la izquierda española, por lo que sus problemas afectan, aunque a veces no se quiera reconocer, al conjunto de esa izquierda.  Desde que el Partido Popular le ganara las elecciones, por mayoría absoluta, los socialistas no han logrado levantar cabeza, y no lo han hecho porque no han sido capaces de reconstituirse como partido, posiblemente por carecer en sus filas de suficientes elementos regeneradores con fuerza suficiente como poner punto final a una época, y comenzar otra.
            Toda renovación surge de la lucha, a veces fratricida, entre lo nuevo y lo viejo, entre las fuerzas que aspiran a articular nuevos escenarios para alcanzar nuevas metas, y de las  que se resisten al cambio, por lo que para que se produzcan transformaciones reales, en cualquier ámbito, es fundamental la implantación de una nueva hegemonía, hecho que no se ha producido en el PSOE, con seguridad por la fuerza del “aparato”, por el poder de los que instalados en él, han querido dirigir las transformaciones que creían oportuno, casi todas cosméticas, para que en el fondo nada cambiase. El PSOE siempre ha sido un partido de liderazgos fuertes, en donde el férreo aparato organizativo, siempre dócil y sumiso hacia los dirigentes e implacable con la disidencia, en todo momento se ha encargado de ahogar a la militancia, de suerte que ésta sólo era un elemento necesario de cara a la galería, que en todo momento se caracterizaba por aceptar acríticamente lo que se decidía en los pequeños y oscuros cenáculos desde donde todo se dirigía. En el fondo éste es el problema del PSOE, un partido que necesita legitimarse socialmente presentándose como una organización que se asienta en las necesidades y en las preocupaciones de la ciudadanía, pero que no cuenta con la fuerza necesaria para ello, al encontrarse a merced de  unos cuadros que sólo miran por sus intereses, que no son otros que los de permanecer  a los órganos directivos de partido, que para colmo están convencidos, que sólo ellos, por su sapiencia, están en condiciones de presentar las recetas que la sociedad necesita. Ante esta realidad que siempre se trata de ocultar, el PSOE se presenta ante la opinión pública como un partido abierto y democrático, en donde sus candidatos son elegidos en primarias, lo que siempre se publicita como un avance democrático. Pero de lo que no se habla, es de las dificultades que encuentran los ganadores de esas primarias, sobre todo cuando no son los postulados por la dirección del partido, para hacerse con la dirección real del mismo, como hace unos años le ocurrió a Borrell y ahora le está sucediendo a Pedro Sánchez, que ante las presiones ante las que se vio y las que se ve sometido, no tuvieron más remedio que tirar la toalla, o pactar, creo que vergonzosamente, como parece que ha ocurrido en esta ocasión. Parece que en el PSOE las primarias están bien siempre y cuando las gane el candidato oficial, aquél que bajo su mensaje obligado de renovación deje otro implícito, el de que va a respetar el statu quo existente, siendo Susana Díaz el ejemplo más paradigmático. Susana Díaz llegó al poder de la agrupación más importante de los socialistas de la mano de los grandes pesos pesados del Partido, en un momento difícil, prometiendo sacar al PSOE del marasmo, la confusión, la vergüenza y las críticas que estaba padeciendo, desde todos los ángulos, por tantos y tantos casos de corrupción, mostrándose, y siendo presentada, como la gran esperanza blanca del socialismo español. Pero desde su llegada a la presidencia del gobierno andaluz, y posteriormente a la secretaría general de su propio partido, no ha hecho nada, absolutamente nada, tal como se esperaba de ella, para esclarecer y aportar la luz necesaria para clarificar los casos de corrupción existentes, para  identificar a los que ha utilizado en provecho propio, o en provecho del Partido, el dinero de todos. No ha hecho nada, salvo “menear la perdiz”, haciéndole un gran favor a los que confiaron en ella, lo que ha convertido a la socialista sevillana en la gran defensora de la estructura y del “aparato” profundo del Partido, la política que pese a su juventud, mejor encarna el viejo estilo de hacer política de los socialistas, y precisamente por ello, el político, o la política, que más futuro posee dentro del PSOE a nivel nacional.
            Por todo lo anterior, la crisis del PSOE, la guerra civil que se ha podido iniciar en sus filas, en la que entran en juego diferentes variables de envergadura, es de más calado de lo que en principio se podría pensar, y en la que está en juego el futuro del propio partido.

13.02.15


viernes, 13 de marzo de 2015

Sobre la consulta catalana

33.- Sobre la consulta catalana

            Cuando comenzó la actual legislatura comenté en estas mismas páginas, que la cuestión más escabrosa a la que el estrenado gabinete tendría que enfrentarse sería el denominado “problema catalán”. Con la crisis económica y los múltiples casos de corrupción, el envite nacionalista, con seguridad, ha sido la cuestión que más páginas ha ocupado en los diferentes medios de comunicación, pareciendo en muchas ocasiones, que la cuestión resultaría insoluble, a lo que ayudaba, y mucho, la actitud del propio Presidente Rajoy, que en lugar de salir a la escena política a defender sus tesis, ha preferido, como en otras muchas ocasiones, mantenerse en un segundo plano viendo, observando el desarrollo de los acontecimientos. Esta es  la táctica habitual del jefe del gabinete, la de no actuar, con la intención de que los problemas que se le vayan presentando se desinflen o pierdan fuelle por sí solos, táctica que en esta ocasión, curiosamente, parece que en un principio le ha dado resultado.
            El pasado domingo, nueve de noviembre, se celebró la esperada, y temida por algunos, consulta electoral. Una consulta extraña, pues la que en un principio se pensaba realizar fue ilegalizada, y que fue controlada desde principio a fin por las fuerzas nacionalistas, cuyos portavoces han afirmado que ha representado un auténtico espaldarazo para sus propuestas. Los diferentes informativos televisivos mostraron esa misma noche, y en los días sucesivos, los rostros sonrientes de los líderes independentistas, mientras que la mayoría de los analistas, diré que progresistas, no se cansaban de avalar esa opinión, lo que dejaba la sensación de que la victoria de los postulados independentistas había sido arrolladora y que nos encontrábamos a un paso, a un solo paso de la secesión de Cataluña del Estado español.
            Tengo que reconocer que me encontraba asombrado, perplejo, ya que no comprendía bien la relación existente entre esa alegría que observaba en los rostros y en las declaraciones de los políticos nacionalistas, entre los análisis que leía o que escuchaba, y los datos oficiales, datos oficiales que difundían con gran algarabía las propias formaciones que habían organizado y verificado la consulta. La verdad es que no comprendía nada. Esos datos objetivamente comunicaban, que sólo había votado un tercio (1/3) del censo electoral que se había elaborado para tal ocasión, en el que curiosamente, para colmo, la edad para poder votar se había rebajado a los dieciséis años. Evidentemente el porcentaje de electores que decidieron ir a votar lo hizo de forma mayoritaria por los postulados nacionalistas, lo que a su vez quiere decir que los partidarios de que Cataluña se convierta en un Estado independiente no perdieron la oportunidad de votar con entusiasmo y masivamente. Por ello no comprendían por qué se reían, si por saber que habían ganado la consulta, algo obvio que pasaría para cualquier persona mínimamente interesada por el tema, o  por el hecho de que sólo uno de cada tres catalanes se había molestado en ir a votar. Tampoco comprendía, y sigo sin comprenderlo, que en los análisis que se realizaban, por analistas de prestigio, no subrayaban el hecho para mí esencial, que dos de cada tres catalanes habían preferido, a pesar del todo el andamiaje publicitario desplegado durante demasiado tiempo, darle la espalda al proceso soberanista propiciado por las fuerzas nacionalistas.
            A pesar de las apariencias, al menos esa es mi opinión, el resultado de la consulta ha representado un rotundo fracaso para los nacionalistas, pues ha dejado en evidencia el porcentaje real de población que apoyan sus postulados, que ni de lejos se ha acercado a ese cincuenta por ciento del que tanto se ha hablado, y eso que la opción contraria, la de mantenerse unida de una forma o de otra al Estado español, apenas ha contado con actores potentes que la apoyaran y que la publicitaran. Demasiadas alforjas para tal corto viaje.
            También escribí hace algún tiempo, creo que después de la primera Diada multitudinaria que se celebró en Barcelona, que era partidario que se celebrara el referéndum con objeto de saber el apoyo real con el que contaban las tesis secesionistas, pues con datos sobre la mesa, con datos fidedignos, siempre es más fácil buscar y encontrar soluciones.
            Ahora parece que todo está más claro al tiempo que más complicado para los que se han embarcado en la opción soberanista, pues ya no pueden seguir ocultándose en unos datos que nadie conocía, o lo que es lo mismo, ya no pueden seguir jugando y especulando con lo que ellos, hasta el momento, denominaban “el sentir mayoritario de la ciudadanía”. Lo curioso del tema, y este hecho también es conveniente subrayarlo, es que la clase política catalana es eminentemente nacionalista, como si no ser nacionalista en Cataluña invalidara a alguien para ejercer la policía en cualquiera de los partidos mayoritarios, y llama la atención, porque a pesar de que los nacionalistas han colonizado las instituciones, los medios de comunicación públicos, el mundo de la  cultura y el sistema educativo, no han podido, y esto sí es de nota, convencer al grueso de la población catalana sobre la bondad de sus propuestas, como a la hora de la verdad se ha demostrado.

13.11.14


lunes, 9 de marzo de 2015

Más sobre la corrupción, y 2

32.- Más sobre la corrupción, y 2

            Me llama la atención que “Podemos” hable de que cuando llegue al poder todos los corruptos caerán, lo que se  ha convertido hasta cierto punto en su lema publicitario, posiblemente porque sepa que la corrupción, o el hartazgo de corrupción que padece la población, que un día sí y otro también tiene que soportar nuevas entregas de este serial interminable, todas vergonzosas, de representantes que se han beneficiado de la situación en la que se encontraban, le puede aportar importantes réditos electorales.
            “Podemos” amenaza, pero de forma independiente a esa amenaza que deja sobre la mesa, no dice nada, o al menos yo no les he oído decir nada, sobre lo que va a hacer para limpiar, pero sobre todo para mantener limpia, en la medida de lo posible, la vida pública del país.
            “Podemos”, por el mero hecho de ser una formación que no está contaminada por su estancia en las instituciones, algo de lo que presume, puede presentarse ante la opinión pública como lo nuevo que se espera y se desea, como la fuerza política que barrerá la corrupción. No creo que a estas alturas nadie pueda negar los efectos regeneradores que ha provocado la irrupción de “Podemos”, organización que desde un principio supo aglutinar para sí el descontento que mostraba un sector mayoritario de la ciudadanía, que se fija más en sus postulados de limpieza democrática, en sus críticas contra la vieja política, que en sus restantes postulados ideológicos, postulados que ahora, calibrando las posibilidades reales con las que se ha encontrado, trata de limar con la intención de convertirse en lo que ellos denominan una formación transversal, lo que no es más que un eufemismo para dejar constancia que su lugar es el centro político, precisamente el lugar desde donde tradicionalmente se ganan las elecciones. Es evidente que “Podemos” puede hacer lo que desee, siempre y cuando deje las cosas claras desde un principio, aunque ciertamente a algunos nos gustaría que siguiera siendo una fuerza eminentemente de izquierdas. Pero parece que sus dirigentes saben lo que tienen que hacer, que no es otra cosa que posicionarse en el lugar en el que se encuentran sus votantes potenciales, que casi todos, no lo olvidemos, carecen de una politización excesiva, por lo que la estrategia que está siguiendo le puede  proporcionar interesantes resultados. Pero este no es el momento de hablar de la vertiente populista de “Podemos”, sólo señalar que populista es el que, en lugar de decirle a sus electores lo que tiene que decirle, dependiendo y siendo coherente con la concepción ideológica que se posea, se limita sólo a acomodarse en lo que dichos electores desean oír.
            La cuestión en estos delicados momentos radica en desmantelar todos los entramados de corrupción existentes, como aspira “Podemos”, tanto como en crear los mecanismos necesarios para evitar que sigan produciéndose. Está claro que los partidos mayoritarios, que no son solamente dos, tratarán por todos los medios a su alcance detener en falso la cascada de acontecimientos que amenaza incluso a su supervivencia, e impedir que un ejército de auditores judiciales entren a saco en sus cuentas como en la de las instituciones públicas que han gestionado durante estos largos años. Lo intentarán con todas sus fuerzas, al tiempo que tratarán de favorecer una especie de amnistía, a partir de la cual se pueda volver a comenzar con el cuentakilómetros a cero. Sin duda esta sería la mejor solución, la mejor solución para la clase política actual, que sólo se podría aceptar por parte de la ciudadanía si esa medida fuera acompañada de otras, que tendrían que pasar necesariamente por un nuevo periodo constituyente que pusiera término al periodo abierto por la Transición. Esto significaría nuevas  leyes y nuevos políticos, ya que los ahora amortizados no tendrían más remedio que abandonar sus funciones al ser productos de un periodo finiquitado. Es posible, aunque duela decirlo, que este país no pueda permitirse un ajuste de cuentas como el que ahora se puede producir, es posible, pero para evitarlo es necesario que se implemente una nueva concepción de lo público, en donde la desconfianza sea el eje central.
            Sí, porque habrá que partir, y la realidad lo ha demostrado, no ya de la buena voluntad de los servidores públicos, sino desde el hecho de que pueden corromperse, para lo cual es fundamental instrumentos de control, eficaces, que eviten en la medida de lo posible esa tentación. Todo servidor público debe saber que se encontrará constantemente vigilado, auditado, ya que su función es la velar por el bien común, por el interés de todos y no la de encontrar beneficios individuales y espúreos, como hasta ahora ha venido ocurriendo con demasiada frecuencia en las actividades que desempeñan. Las denominadas repúblicas bananeras, y España durante un tiempo, en ciertos aspectos, ha sido una de ellas, se caracterizan fundamentalmente por la autonomía de sus dirigentes con respecto a la población que dicen representar, al hecho de creerse independientes e inmunes y autorizados a no tener que dar cuentas a nadie, o como en el caso de este país, sólo a organismos e instituciones a las que se podrían llamar “amigas”.


11.11.14

domingo, 14 de diciembre de 2014

Más sobre la corrupción, 1


31.- Más sobre la corrupción, 1

            Ayer estalló el enésimo escándalo de corrupción, al tiempo que la Infanta Cristina, la hija del anterior monarca y hermana del actual, definitivamente fue imputada de forma benévola tan sólo por evasión fiscal. El Presidente de la Comunidad Autónoma de Extremadura, José Antonio Monago, que hasta hace sólo unos días había venido ejerciendo de “Pepito Grillo” dentro de su propia formación, postulándose siempre como el abanderado de la lucha contra la corrupción, fue acusado, según él por miembros de su propio partido en una rueda de prensa lamentable, de haber realizado treinta y tantos viajes a Canarias a cargo de los presupuestos del Senado, con objeto de poder visitar a la que durante un tiempo fue su novia.
            Otra noticia demoledora, que unida a otras y a otras, está dejando por los suelos la credibilidad de la clase política de este país, y por extensión al sistema democrático que surgió de la Transición y que tan buena prensa había tenido hasta hace apenas un año, y al que hoy se le atribuyen el origen de todos, o de casi todos los males que padecemos.
            La desafección que se está produciendo hacia la política, que está obligando a muchos a pensar que todos los políticos son corruptos, o potencialmente corruptos, está provocando el surgimiento y el asentamiento de una nueva formación política, “Podemos”, que desde posiciones hasta cierto punto populistas, afirma, entre otras cuestiones, que cuando lleguen al poder conseguirán acabar en poco tiempo con la corrupción. Según los últimos sondeos demoscópicos, la formación que lidera Pablo Iglesias, que en poco tiempo se ha  convertido en la estrella rutilante del firmamento político del país, a pesar de  que aún no tiene estructuras consolidadas, ocupa ya la primera posición en intención de voto directo, por encima de los dos partidos que hasta la fecha habían mantenido colonizado el poder institucional, lo que deja claro la preocupación que han provocado  los innumerables casos de corrupción de los que hemos tenido noticias. “Podemos” parece que sólo tiene que esperar sin hacer nada, mientras que todo lo demás se derrumba a su alrededor.
            ¿Pero qué es lo que ha pasado? Lo que ha pasado sencillamente que se ha acabado la veda, que la crisis económica que tantos problemas está causando en la población, ha dejado al descubierto dos líneas transversales que han conseguido dejarlo todo patas arriba, la instrumentalización de la política por parte de la economía, y la libertad en la que se ha desenvuelto la clase política para hacer lo que le venía en ganas, lo que se reduce a la falta de control real que ha existido por parte de  la ciudadanía sobre los políticos, que hasta el momento se habían creído que vivían en un mundo aparte, opaco e impermeable, apoyado por unos medios de comunicación afines, que dándole la espalda a la ciudadanía, sólo contaban, en lugar de lo que tenían que contar, el relato que emanaba, o que les dictaban los diferentes gabinetes de prensa de los respectivos partidos políticos.
            En poco tiempo todo ha cambiado, y lo que aún no ha cambiado necesariamente tendrá que cambiar. Los políticos se encuentran acosados, y una nueva generación, que no vivieron en primera línea la Transición política, o que ni tan siquiera la vivieron, está comenzando a tomar, a veces por asalto, la jefatura de las anquilosadas maquinarias de los partidos políticos tradicionales, al tiempo que están naciendo nuevas formaciones que tratan de tomar distancias con la forma de  hacer política que hasta la fecha se había llevado a cabo. Lo viejo hoy parece más viejo que nunca y se exige sangre nueva, gente nueva que se haga cargo del timón de la nave, de una nave, que como se ha comprobado, hace aguas por todas partes. Paralelamente a lo anterior, los medios de comunicación tradicionales, en plena crisis económica que amenaza su propia supervivencia, se encuentran desbordados por los nuevos medios, casi todos digitales, que han posibilitado un nuevo dinamismo con respecto a la información, una forma diferente de entender la comunicación, encontrando y creando nuevos lectores y seguidores. Ya a nadie le interesa la prensa complaciente, la prensa de partido, la que claramente se posicionaba tragando ruedas de molinos en apoyo de los suyos. La veda se ha acabado y todo se encuentra al cabo de la calle.
            En contra de lo que algunos nos quieren hacer entender, lo que está ocurriendo no amenaza al sistema, no, lo que amenazaba al sistema democrático era precisamente lo que estaba ocurriendo, ya que la transparencia es uno de los requisitos fundamentales sobre el que el propio sistema, para que sea sano, tiene que asentarse. Una extraña ley del silencio, ahora se sabe, lo envolvía todo, creándose un enorme margen de impunidad que fue aprovechado por todo el que pudo, ocultándose a la ciudadanía lo que realmente estaba acaeciendo, por lo que tampoco se puede decir eso tan socorrido de “que mientras las cosas iban bien nadie se quejaba”, pues lo cierto, es que los que tenían la obligación de controlar, o de intentar controlar lo que ocurría, y en este saco también hay que meter a la prensa, o callaban por intereses espúreos, o sencillamente porque no se atrevían.
            Una forma de hacer política o de entender la política ha dejado de existir, de suerte que los que aún se empeñan en mantenerla saben que tienen los días contados, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que nos encontremos al borde del precipicio, pues dónde realmente nos hallamos es  al principio de la normalidad.


08.11.14

viernes, 21 de noviembre de 2014

Sobre el referéndum de Escocia.

30.- Sobre el referéndum de Escocia.

            Mañana se llevará a cabo el esperado referéndum en Escocia en donde se decidirá si los escoceses desean seguir perteneciendo, o no, al Reino Unido. Según las últimas noticias los sondeos vaticinan que el “NO” a la independencia ganará por un estrecho margen de no más de cuatro puntos porcentuales, después de que el sí, durante varias semanas, haya estado encabezando algunas prospecciones demoscópicas. Lo que está claro, gane quien gane, es que la sociedad escocesa se encuentra profundamente dividida, y que el referéndum no es la solución para un conflicto de tal envergadura, pues los problemas comenzarán al día siguiente de conocerse los resultados, ya que una importante parte de la población se sentirá derrotada, fuera de las directrices que a partir de ese momento se tomen.
            Los referéndums poseen, en mi opinión, demasiada “buena prensa”, al ser presentados como la máxima expresión de la democracia, cuando deberían ser observados como el fracaso de la propia democracia. En Escocia, por ejemplo, gracias a un sí o a un no sin matices, se va a tomar una decisión de gran importancia, aunque sólo sea por un punto de diferencia, en donde los perdedores tendrán que aceptar una solución que no desean, lo que en lugar de solucionar un problema conseguirá acrecentar las diferencias ya existentes. Algunos, muchos dirán que la democracia es eso, la aceptación de la voluntad de la mayoría por parte de la minoría, lo que es cierto por supuesto, pero sólo cuando la democracia se encuentra en estado de excepción, pues en un sistema democrático sano lo que hay que buscar, y en la medida de lo posible encontrar, es que ninguna de las opciones existentes, y siempre hay muchas opciones, se sienta derrotada ante las demás, y en un referéndum siempre hay una opción perdedora.
            No cabe duda, como está quedando en evidencia, que el referéndum por la independencia de Escocia se debe a un grave error político de Cameron, de Cameron y por extensión de la clase política inglesa, que con suficiencia optó por “un todo o nada”, en la creencia de que así conseguiría acallar las voces que exigían cada vez con más fuerza un mayor número de competencias. La prepotencia inglesa ha creado este conflicto que ahora no se sabe cómo lidiar, pues el camino correcto hubiera sido, tal como ahora atropelladamente se está haciendo, aunque sin debates previos y sin negociar antes lo que se otorga, elevar los grados de autogobierno, los niveles de autonomía de esa región que historiadamente se ha sentido “ninguneada” por sus vecinos del sur. O dicho de otra forma,  articular un nuevo marco de convivencia en donde en principio, y de forma no conflictiva, tuvieran cabida todos los ciudadanos que convivan en Escocia, en lugar de crear esta descabellada disyuntiva que separa, y espero que no definitivamente, en dos a los habitantes de esa región. La escasa visión de futuro de la mayoría de los gobernantes que soportamos está provocando procesos ahistóricos, procesos que están en contra de los tiempos en que vivimos, que poco o nada tienen que ver con el objetivo por el que deberían velar, el de elevar la calidad de vida, y no me refiero evidentemente sólo a lo económico, de las sociedades a las que tienen que servir, creando conflictos artificiales, que en la mayoría de las ocasiones se les van de las manos, cuya única razón de ser no es otra que la de ocultar cuestiones de mayor envergadura.
            Los político, desde hace  tiempo, se han convertido en un grave problema, incluso para la política misma, ya que al estar encerrados en su corporativismo, en su corporativismo partidista y de clase, sólo se dedican a sus intereses, que no son otros que los de mantener sus posiciones de privilegio, importándoles poco, o muy poco, los destrozos que van llevando a cabo con sus actuaciones. La política es todo lo contrario a permanecer encerrado en los postulados que se posean, es lo opuesto al fundamentalismo y a la teología, es escuchar y llegar a acuerdos, trabajar para crear caminos sobre los que todos, o casi todos puedan avanzar sin sentirse incómodos, y no un dedicarse a bloquear y a cercenar alternativas que podrían evitar los conflictos, tal como ha hecho la clase política inglesa en el caso escoses.
            De un tiempo a esta parte me pongo a temblar cuando alguien afirma que la solución, que la mejor solución para zanjar una cuestión social espinosa es realizar un referéndum, aduciéndose para colmo que es más democrática de las opciones. Me pongo a temblar porque comprendo que para el que lo exige, siempre y cuando obre de buena fe, se le han cerrado, o cree que le han cerrado todas las puertas, lo que me hace pensar que algo ha fallado, pues un referéndum sólo puede producirse cuando el sistema democrático se encuentra bloqueado, cuando se ha bloqueado el sistema democrático. Hay que tener en cuenta que la democracia es un sistema que ante todo intenta integrar, aspirando a crear sociedades en donde las diferentes voces, por muy opuestas que sean, tratan de salvaguardar un hilo común, unos conductos de entendimiento y de diálogo que en el momento en que se rompen conducen inevitablemente al “guerracivilismo”. Sólo en esas circunstancias es cuando un referéndum puede tener justificación, es decir, cuando el sistema democrático ha fallado.

17.09.14


                        

sábado, 15 de noviembre de 2014

Sobre la abdicación del Rey, y 2

29.- Sobre la abdicación del Rey, y 2

            El martes, el día después de la abdicación del Rey Juan Carlos, en una tertulia televisiva, Rodríguez Zapatero ante una pregunta del moderador de la mesa, dijo que antes que monárquico o que republicano era sobre todo demócrata, y creo que acertó plenamente al dejar el debate en el punto exacto desde donde hay que partir, ya que en este momento lo que exige la ciudadanía, tanto los sectores más politizados como los menos interesados por la política, es en primer lugar lograr un mayor control democrático de “la cosa pública”, y en segundo lugar trabajar por una profunda democratización de la sociedad, de suerte que sin lo primero es completamente imposible lo segundo. Hoy en día, el republicanismo moderno se fija menos en si un país se constituye como monarquía o como república que en la intensidad democrática que dicha sociedad pueda generar, por lo que es absurdo y pueril, escuchar a  alguien decir, como le leí en plena vorágine a Javier Cercas, que “prefería vivir en una monarquía como la sueca que en un régimen republicano como el existente en Siria”. Lo que realmente a estas alturas hay que plantearse, y plantearse muy seriamente, es si el sistema sueco es más democrático que el español y el por qué, ya que lo demás sólo son brindis al sol para tratar de embarcar la pelota en el tejado con la sola intención de perder tiempo.
            Es comprensible que la izquierda exprese sus preferencias por la República, pero su labor, lo quiera o no, tiene que ser otra, la de crear un compacto tejido social dispuesto a exigir una democratización real y radical de nuestras sociedades, pues lo contrario es preferir, por comodidad, seguir perdiendo el tiempo con temas accesorios por temor a afrontar los importantes. El problema es que la izquierda, desde hace tiempo, está acostumbrada a deleitarse con sus propias consignas, casi todas sólo útiles para decorar sus escaparates, con la intención de  dejar para más adelante lo esencial, como en este momento está ocurriendo con el tema de la monarquía.
            A pesar de sentirme republicano, algo lógico y natural por otra parte, tengo que reconocer que el debate que se está suscitando estos días sobre  la necesidad de que este país siga siendo una Monarquía, o que por el contrario se instaure en él una República, me resulta hasta cierto punto indiferente, sobre todo porque estoy convencido, observando el status quo, las relaciones de fuerzas existentes, que nada cambiaría de forma significativa con que en lugar de un monarca disfrutáramos de un Presidente de la República. Nada, absolutamente nada. De hecho, en lo formal, prefiero vivir en un régimen parlamentario que en otro presidencialista, por lo que la función del Jefe del Estado, debe ser el de un relaciones públicas, lo más apolitizado posible, para que en todo momento, acatando la Constitución, represente al país y al gobierno elegido por los españoles, sea éste del color político que sea, de la  mejor forma posible. Lo anterior quiere decir, que ese importante puesto debe ejercerlo un diplomático sin veleidades políticas, alguien sin demasiadas aristas con el que nadie se sienta incómodo, por lo que en principio, perfectamente podría serlo Felipe de Borbón.
            Dicho lo anterior, no vería con desagrado que se pida al país que se manifieste sobre el tema, pero siempre y cuando, porque esto es lo realmente importante, que en esa misma consulta se certifique los cambios constitucionales que esta sociedad necesita necesita para comenzar una nueva etapa. No creo que haga falta un nuevo periodo constituyente, no, pero sí realizar importantes modificaciones en el texto actual, que sobre todo debe afectar al encaje de las diferentes comunidades que conforman el Estado. Desde mi punto de vista, como he comentado en alguna que otra ocasión, las modificaciones a realizar deben convertir a este país en un Estado Confederal, en una nación de naciones, en donde el Jefe del Estado, y repito que me da igual que sea un Presidente de la República o un monarca, tiene que ser el representante simbólico institucional de todas las partes, de todos los gobiernos existentes en los diferentes territorios. En una estructura de estas características, el Senado, que en estos momentos carece de utilidad, se convertiría en una cámara esencial,  en donde los  representantes de todas las comunidades se reúnan para ejercer las labores de coordinación entre las diferentes políticas que se lleven a cabo, tanto a nivel interior como exterior.
            Por lo tanto, no me interesa este debate sobre la Monarquía o República, que en el fondo es de  una vacuidad absoluta, pues lo que me preocupa es lo que este debate trata de ocultar, y sobre todo lo que se está tejiendo, o no,  para modificar “las cosas”.
            Soy republicano, claro que soy republicano, pero no soy un republicano formal, al creer que lo importante, lo esencial del republicanismo es su radicalismo democrático, algo que las fuerzas políticas mayoritarias, por aquello de que puede amenazar su hegemonía, tratan por todos los medios de neutralizar.
            No soy muy optimista, aunque últimamente están ocurriendo ciertos acontecimientos que invitan a mantener ciertas esperanzas, pero creo que todos los cambios que desde diferentes ángulos se exigen como necesarios sólo podrán llevarse a cabo lentamente, creando nuevas mayorías y nuevos consensos, lo que tal como está el panorama son difíciles de realizar. Como dije más arriba, lo importante es tener objetivos claros y no detenernos, o no perder el tiempo en otros que son completamente secundarios.


06.06.14

viernes, 7 de noviembre de 2014

Sobre la abdicación del Rey, 1

28.- Sobre la abdicación del Rey, 1

            El lunes pasado, de forma inesperada y creo que inoportuna, el Rey, después de treinta y nueve años de ejercicio, presentó su abdicación al país, dejando su puesto a su hijo Felipe, que dentro de unas semanas pasará a denominarse Felipe VI. Muchos creíamos desde hacía tiempo que ese movimiento dado sería fundamental para el sostenimiento de la propia monarquía, pues el descrédito en el que la institución había caído, hacía difícil, o problemática su permanencia en un país eminentemente republicano como el nuestro, por lo que la situación de una figura tan “quemada” o amortizada como la de Juan Carlos, demasiado asociada a lo que algunos ya denominan el antiguo régimen, el de La Transición, por la de Felipe, alguien sin apenas aristas conocidas, podría revitalizar de cara a la opinión pública la imagen y la función de dicha institución. Era, como decía, un movimiento necesario, pero también un movimiento que difícilmente se podría llevar a cabo, sobre todo por aquello de que “los reyes mueren pero no abdican”, motivo por el cual, desde la propia Casa del Rey se ha tenido que observar excesivamente problemática la situación para propiciar el paso que se ha realizado.
            Al parecer, según dicen, la decisión fue tomada en el mes de enero pasado, fijándose el momento oportuno para hacerla efectiva, como así ha sido, inmediatamente después de las elecciones al Parlamento Europeo, al estimarse, estoy convencido, que el resultado de las mismas certificaría, aunque de forma anémica, el mapa político que hasta la fecha había venido coloreando la vida política de nuestro país. Pero aunque ciertamente el mapa no ha cambiado, al menos en lo esencial, pues las fuerzas mayoritarias siguen siendo apoyadas por el electorado, sí es verdad que han surgido nuevos sujetos políticos que han revolucionado el momificado escenario en el que se desarrollaba nuestra vida pública, por lo que creo, que ha sido un desatino, para ellos, haber cumplido la promesa sin antes calibrar los pros y los contras, ya que lo más correcto hubiera sido esperar a que desapareciera la resaca que han dejado las elecciones, “parar la pelota” hasta  que el ambiente se enfriase, por ejemplo hasta después del verano, para hacer efectiva la decisión, aunque ello implicase que la resolución del “caso Noos”, en el que están implicados varios miembros de la propia familia real, repercutiera aún más en el desprestigio de la Monarquía.
            La tan afamada Transición política a la democracia, que siempre ha sido tildada por unos y por otros como modélica, y en la que hasta cierto punto se justificaba socialmente la monarquía, sobre todo por los efectos negativos de la crisis económica, se ha demostrado  que se encuentra completamente amortizada, o al menos agonizante, lo que deja en el aire tanto a la institución monárquica como a la forma de entender la política que se ha venido llevando a cabo durante todo este largo periodo de tiempo. Realmente poco se puede salvar, y son las generaciones más jóvenes, que sin duda son las más castigadas por la crisis, las que más subrayan el desapego existente ante todo lo que les rodea, hacia los partidos y a los profesionales de la política, hacia el sistema económico imperante, hacia la prensa tradicional y por supuesto también hacia la monarquía, por lo que urge un profundo cambio institucional que sea capaz de adecuar las estructuras que hasta la fecha han venido rigiéndolo todo a la realidad actual. Sí, porque ahora todo ha quedado al desnudo, comprendiéndose que la sociedad civil iba por un camino mientras que las élites gobernantes, apoyándose en las estructuras que instrumentalizaban en su beneficio, iban por otros, lo que a estas alturas, como se ha demostrado, aún tímidamente en las pasadas elecciones, resulta insostenible. Hace falta, por tanto, para que todo vuelva a renacer, con objeto de que esta sociedad vuelva a recobrar el pulso y la vitalidad, que se produzcan importantes cambios, algunos de los cuales tienen obligatoriamente que ser radicales. En esta coyuntura, en esta extraña coyuntura es cuando se ha producido la abdicación del Rey, lo que de forma obvia ha propiciado que desde diferentes ángulos se ponga en cuestión a la propia institución monárquica.
            En un primer momento, los acontecimientos, han logrado que saquemos a pasear al republicano que todos llevamos dentro, y para que determinadas formaciones políticas desempolven  sus banderas para exigir un referéndum gracias al cual se pueda decidir, democráticamente, si la monarquía debe seguir, o si por el contrario, se instaure la Tercera República. No cabe duda de que aunque se llenen las plazas, tal y como se llenaron algunas el propio lunes pasado, de manifestantes ondeando la enseña tricolor, el debate sobre la monarquía, sobre la permanencia de la monarquía en este bendito país, al tiempo que el de las innumerables reformas que necesariamente se tienen que realizar, debe ir acompañado de  una profunda  y democrática reflexión que desemboque en la constitución de una mayoría social capaz de soportar dichas transformaciones. Volcarlo todo, apostarlo todo por la posibilidad de modificar la jefatura del Estado, de cambiar la Monarquía por la República, en el fondo, aunque la república siempre a algunos nos resulte más atractiva, y hasta cierto punto más democrática, es algo que no tendría necesariamente  que solventar ninguno de los profundos males que nos aquejan, de suerte que sería cambia un florero de una determinada tonalidad por otro para que todo, absolutamente todo permanezca  igual, al menos en lo importante. No obstante, es esencial que sepamos de qué hablamos cuando hablamos de República y de Monarquía parlamentaria, pues puede que las diferencias no sean tan apreciables.


05.06.14