lunes, 3 de junio de 2013

Sobre la monarquía

 
12.-

Sobre la monarquía

No deja de llamarme la atención la excesiva repercusión mediática que está provocando la imputación de la Infanta Cristina por “el caso Nóos”, pues a pesar de que todos intuíamos lo que podía pasar, o de lo que con seguridad tendría que pasar, ya que su actitud en el mismo en ningún momento ha sido de recibo, me ha sorprendido encontrarme con un tsunami de tal envergadura. Posiblemente se ha debido, al hecho de que hasta hace poco, la Casa Real era intocable en este país, manteniéndose al margen del escrutinio de los medios de comunicación, que son los que han levantado la liebre del mal hacer de algunos miembros de tal real familia. Lo que ha pasado tenía que pasar, pues al verse visto salvaguardados, se habían creído que podían hacer de su “capa un sayo”, y que en consecuencia se encontraban “más allá del bien y del mal”, incurriendo en liberalidades que estimaban que jamás se les tendría en cuenta. Ni que decir tiene que la culpa es de ellos, pero también, y esto hay que subrayarlo, del escaso control democrático que ha existido, como ha ocurrido en tantas otras cuestiones que nos han conducido a la difícil situación en la que en estos momentos nos encontramos. Lo mismo, o más de lo mismo ha ocurrido con los partidos políticos, con esas mastodónticas estructuras, que como grandes sabandijas, se han adherido a nuestro cuerpo social apoderándose de parte de su vitalidad. Si algo parece claro a estas alturas, es que la hasta hace poco modélica Transición Política a la Democracia ha sido un fracaso, pues apoyándose en la idea, en principio comprensible, de fortalecer a unas instituciones muy débiles, se crearon los instrumentos necesarios, para que una parte esencial del sistema, como la propia Corona o los Partidos Políticos quedaran en buena medida al margen de la fiscalización democrática, y claro, “de aquéllos polvos, estos lodos”.
Aunque se está dando una gran cobertura al tema de la Casa Real, no creo que la importancia de lo que ha ocurrido en la misma, o desde la misma, sea para tanto, entre otras razones porque la trascendencia de los actos de la Corona es muy relativa, aunque evidentemente puede provocar cierto y comprensible morbo, o ser utilizado el tema para canalizar hacia él parte del descontento existente. Es posible, por tanto, que los problemas por los que está pasando la institución monárquica se estén instrumentalizando para ocultar o aparta de la primera línea de fuego otros problemas que sí tienen una importancia radical, como la cuestión de la incapacidad y de la rapacidad de la clase política de este bendito país, que sin duda, es la causante de la mayor parte de los problemas que nos están embargando.
Desde mi punto de vista, a nuestra clase política hay que acusarla en primer lugar de la escasa labor pedagógica que ha realizado, tanto en lo referente a la creación de una cultura democrática, como a la articulación de una sociedad que se asentara sobre valores cívicos, críticos y sostenibles, posiblemente porque así evitarían en el tiempo un control exhaustivo sobre ella, y potenciar por el contrario una sociedad dependiente y anémica, exactamente aquello que le interesaba a los poderes antiguamente llamados fácticos que son los que desde un primer momento han controlado a esa clase política. En fin, un despropósito.
La denominada clase política, desde hace un tiempo en jaque por los medios de comunicación y por la judicatura, parece que ha encontrado, de forma momentánea, un tema que le sustituya en la cabecera de la crónica de sucesos de los medios, ocultando que gran parte de los odios y de la críticas que hoy en día se dirigen a la Monarquía, tienen su origen en la dejación ejercida voluntariamente por la propia clase política, y olvidando, que al abrir las puertas de lo que hasta hace poco era una institución hermética, se está dejando que se ataque, cada día que pasa con una munición de mayor calibre, y creo que irresponsablemente, al teórico centro institucional del sistema. Son ya pocos los que dudan, al menos en su fuero interno, que el modelo elegido para llevar a cabo la Transición Política si no ha supuesto un fracaso absoluto, sí tenía una fecha de caducidad que no se ha respetado, lo que ha provocado que a las primeras de cambio, en el momento en que la coyuntura se ha vuelto adversa, todo haya estallado por los aires, pues las zonas de sombras que propició como necesarias, apoyadas por la insensata despolitización impuesta a la sociedad, ha provocado focos de corrupción inaceptables en un país moderno, como muchos creíamos que era España hasta hace poco.
Cuando digo que se está dejando que se ataque de forma irresponsable a la institución monárquica, evidentemente no quiero decir que la clase política tenga que neutralizar las críticas que con razón se están realizando, sino por el contrario, que tiene la obligación de liderar esas críticas con objeto de fortalecer a dicha institución, para impedir que la Corona, a la que tanto alaban en público pero a la que tan poco se respeta, se desmorone como lo está haciendo, sólo para que gracias a ella se pueda desviar, repito que irresponsablemente, las fuertes críticas que la propia clase política está recibiendo desde hace algún tiempo. El problema, o la cuestión, es que en un país tan extraño como España, pocos comprenden, y lo digo desde mi republicanismo, el poder moderador, estabilizador, pero sobre todo vertebrador que puede llevar a cabo una monarquía moderna que se asiente sobre el respeto a la norma y sobre la transparencia que exige todo sistema democrático. Sí, parece que en este país todos hemos tomado a la monarquía como algo meramente anecdótico, como una especie de exótica guinda impuesta, cuya única finalidad, es la de ejercer las funciones de relaciones públicas para la ahora tan renombrada “Marca España”, sin que casi nadie comprenda que existen otras tareas más importantes, de consumo interno, que tiene la obligación de ejercer.
Hoy, cuando todo se desmorona, cuando la quiebra de los partidos políticos y de la política parece evidente, cuando la propia integridad del país se pone en duda, se echa en falta un centro neurálgico creíble, que en momentos como los actuales, en donde nada parece dotado de la estabilidad suficiente, sirva de contrapeso al movimiento que estamos observando y padeciendo de “sálvese quien pueda”, en el que cada particularismo se apoya en el que encuentra a su lado para no hundirse sólo. Pues bien, ese centro estabilizador, creíble y al mismo tiempo dotado de la estabilidad institucional basada precisamente en intentar conjugar a todos esos particularismos existentes, a toda la pluralidad que debe coexistir en toda sociedad moderna, en España debería de ser la Monarquía, o al menos para esa finalidad fue ideada, pero que también hubiera podido ser, si se hubiera optado por ello, la presidencia de una república. Una Monarquía que también, en estos momentos parece hacer agua por todas partes, careciendo debido a sus escándalos internos de margen de maniobra, y a ante la que nadie parece estar interesado por hacer nada que pueda evitar su hundimiento definitivo. Y el problema, aunque sólo sea para que quede algo sólido, es que hace falta algo creíble que al menos nos haga comprender que no todo es naufragio. En Italia, cuyo modelo político siempre se ha intentado evitar, la quiebra del sistema de partidos se contrarresta con la existencia de un Presidente de la República creíble y hasta cierto punto respetado, que en estos momentos es Napolitano, cuya sola existencia en el caos institucional existente, aporta cierta estabilidad. Por el contrario, aquí, ni la política, ni la monarquía, ni las empresas ni los sindicatos, consiguen aportar algo tan básico para un país como es la credibilidad o la estabilidad institucional.
Evidentemente no he querido realizar una defensa de la Monarquía, pues sus representantes parecen que desde hace años han estado viviendo en otro mundo, y cuyos errores de bulto, que en el fondo no son tan excesivos como a veces se nos presentan, tendrán que dirimir ante los tribunales de justicia o ante la opinión pública, ya que de lo que he tratado de hablar, es de que también lo que ha debido mantenerse estable se ha desmoronado, y que pocos son los interesados en que recobre su solidez cuando ellos mismos también se están hundiendo. La catarsis cada día parece más necesaria.

05.04.13

miércoles, 15 de mayo de 2013

Sobre el caso Barcenas


11.- Sobre el caso Bárcenas

Esta mañana me he levantado con una noticia escandalosa, noticia que si llegara a verificarse y si este país fuera serio, circunstancia sobre la que mantengo serias dudas, tendría que suponer “un antes y un después” en la forma de hacer y de entender la política a la que tan acostumbrada se encuentra nuestra clase política. Se trata de un nuevo caso de corrupción, que se quiera o no, afecta al corazón mismo de nuestro sistema democrático, pues según el diario “El Mundo”, durante demasiados años, la cúpula dirigente del Partido Popular ha estado recibiendo sobresueldos, en negro, de cinco, diez y quince mil euros mensuales, con la sana intención de que esos suplementos, que al parecer necesitaban quienes lo recibían para realizar correctamente sus funciones, no tributaran a la Hacienda Pública. Lo anterior habla a las claras de las irregularidades financieras de ese partido, y por extensión de toda la clase política de este país, pero hay que tener cuidado en no poner el foco de atención sólo en esas cantidades, aunque resulte bochornoso, ni en los destinatarios de las mismas, sino en la procedencia de ese dinero y en la forma en que ha sido extraído, lo que puede dejar al descubierto la podredumbre sobre la que se asienta el sistema.
El tema de los sobresueldos, de los sobre de dinero negro, que como suplementos a los salarios muchos trabajadores reciben mensualmente, o de forma periódica, es algo desgraciadamente habitual en nuestro país, lo que evidencia la importancia de la economía sumergida en el mismo. Ese dinero con que muchas empresas, por no decir todas, tratan de fidelizar o de premiar a sus mejores empleados, proviene generalmente de las ventas que realizan sin IVA, y que conforman el sustento de las denominadas contabilidades paralelas, que todas las empresas, sí, que todas las empresas llevan a cabo. Por ello, que alguien reciba sobres con dinero negro es algo que no llama, al menos demasiado, la atención en un país como España, considerándose incluso normal, pero que esos sobres lo reciban los políticos, todos ellos bien pagados con dinero público, provoca o puede provocar, en momentos en que importantes sectores sociales viven “con la soga al cuello”, la indignación y la vehemente repulsa de todos los que observan con interés lo que acontece en nuestra vida pública.
Si es verdad lo que dicen los titulares de ese “extraño” periódico, se podrá demostrar a las claras el grado de calidad, ya no tanto de nuestras instituciones democráticas, sino sobre todo, de la capacidad de nuestra sociedad para regenerarse del cáncer que hoy por hoy la corroe, el de la corrupción institucional, que es mucho más maligno que otros que ya ha padecido, como el del terrorismo, que todo indica que se ha podido erradicar, o el de los nacionalismos que hoy parecen poseer más vitalidad que nunca. La calidad de un sistema democrático, siempre en último extremo habrá que buscarla en la sociedad que lo sostiene, que es la que tiene que exigir a sus políticos, a sus representantes, lo que realmente desea, si que retire la mirada de lo que no quieren por las causas que sean encarar, o si por el contrario, que afronten con decisión todas aquellas cuestiones que le indigna y le llena de preocupación. El problema es que nuestra sociedad, desde hace tiempo parece que ha delegado sus funciones en manos de una clase política que hace y deshace a su antojo, desentendiéndose de todo aquello que se encuentra más allá del ámbito de su privacidad, lo que puede hacer comprender, debido a la dejación y a la despolitización que padece, parte de lo que está ocurriendo en este país desde hace años. Que políticos corruptos sigan siendo votados por la ciudadanía, consiguiendo incluso mayorías absolutas, como ocurrió en las pasadas elecciones autonómicas en la Comunidad Valenciana, dejan poco margen a la esperanza, y hace pensar, que en la cancha de juego de nuestra sociedad democrática sólo están presentes la clase política, los grupos mediáticos y la magistratura, destacando la ausencia en ella de la sociedad civil, que parece que se limita sólo, y desde la distancia, a observar boquiabierta lo que ocurre a su alrededor.
Lo curioso del tema, que me da la sensación que será ocultado por el mismo medio que lo ha alumbrado, gracias a la caída de algún alto cargo, es la indiferencia que he encontrado sobre el mismo en casi todos los que me rodean, lo que me lleva a pensar, en el desinterés existente hoy por hoy ante lo público, pero también, en el arraigado desprestigio del que goza la clase política, de la que se espera todos los desmanes, como si la misma no fueran más que una maldición que necesariamente se tenga que soportar. Sí, todo parece indicar que la salida de esta crisis no se saldará, como en un principio se esperaba, con una catarsis colectiva, sino que bastará con ciertos movimientos defensivos, y todos tendentes a la galería, que se realizarán desde el propio Partido Popular, en el que un sector del mismo se hará con el poder, dando la sensación ante la ciudadanía, aparte de que la ropa sucia siempre es mejor lavarla en casa, de que los problemas que hoy tanto se publicitan sólo consistían en pequeñas disfunciones que sin muchas dificultades han logrado ser corregidas. De esta forma, y espero equivocarme por el bien de todos, todo se silenciará gracias a un cierre de filas, y hasta la próxima, después de que diferentes analistas cercanos a la derecha en el poder escriban en sus columnas o hablen en las tertulias en las que participan, que la crisis ha servido para dejar constancia de la fortaleza del sistema de partidos, y por extensión, de nuestra democracia.

20.01.13

lunes, 22 de abril de 2013

Sobre el periodismo actual, un primer acercamiento



10.- Sobre el periodismo actual, un primer acercamiento

El periodismo está en crisis, en una profunda y devastadora crisis, que trae como consecuencia que la profesión de periodista se encuentre entre las más castigadas por el desempleo. Las causas son diversas, aunque casi siempre se subraya sólo una, la revolución tecnológica que está obligando a cerrar innumerables medios, al tiempo que mantiene a los restantes casi en la más absoluta indigencia. Lo anterior es cierto, pero también lo es, de que gracias a internet, el gran mal para la prensa tradicional, se han abierto innumerables portales, que se quiera o no, han conseguido aportar más pluralidad al tratamiento de las noticias al tiempo que ha hecho posible que más voces salgan a escena. Yo, desde la ignorancia casi absoluta sobre el tema, soy sólo y desde muy joven un devorador de periódicos y también alguien que constantemente trata de estar informado, casi siempre a través de la radio, de todo lo que a mi alrededor va aconteciendo, estoy convencido que el problema es otro, que las nuevas tecnologías lo que han hecho es darle la puntilla a un determinado tipo de periodismo, pero también lo estoy de que no se ha sabido utilizar el potencial indudable que éstas poseen.
El otro día me sorprendió, porque me lo comentó quien me vende diariamente la prensa, el escaso número de ejemplares de periódicos, y cada día que pasa son menos, que realmente se venden, pero sobre todo me llamó la atención el perfil del público que aún los compra, entre los que apenas hay jóvenes, lo que debería de encender todas las alarmas, pues el problema que padece la prensa, y el periodismo en general, puede que no se deba tanto a la crisis en sí, como al escaso interés del contenido de los medios, y lo poco se que se han adecuado éstos a las circunstancias en que hoy vivimos.
Parece que los medios, y no me refiero sólo a la prensa escrita, están empeñados en hacer el mismo producto que hace cincuenta años, cuando afortunadamente todo o casi todo ha cambiado, sin comprender que hoy por hoy, su función esencial no puede ser, como diría aquél, la de ejercer de “notarios de la realidad”, la de sólo contar lo que pasa, pues las noticias, todo lo que sucede, ya las conoce, y con todo lujo de detalles, el que cada mañana se acerca al kiosco a comprar su periódico, o el que se sienta a las nueve a ver el telediario “estrella” de su cadena favorita. No, el público ya no quiere que le repitan y le vuelvan a repetir las noticias más destacadas de cada jornada, porque lo que necesita es algo más, que no es otra cosa que se profundice en esas noticias y a ser posible por profesionales con fundamentos y con firma propia, lo que si se llega a cabo significaría una transformación radical, pero muy necesaria, de parte del periodismo que se práctica en la actualidad, lo que podría hacerlo de nuevo atractivo.
No cabe duda, que aunque se observan cambios importantes, la prensa tradicional, un poco por inercia y un mucho por cabezonería se resiste a morir, creándose una situación de confusión entre lo que fue y lo que sin duda será, lo que se observa con bastante claridad en el fenómeno de las tertulias televisivas o radiofónicas, en donde se puede comprender con claridad que existe un nuevo y un viejo periodismo.
Una de las cuestiones que más llaman la atención, sobre todo en los últimos tiempos, es la excesiva ideologización en la que han caído los medios, y por consiguiente los periodistas más destacados de éstos, o si se prefiere la partidización de los mismos, siendo los periodistas, en muchos casos, los que más han trabajado en la construcción de las barricadas que hoy singularizan a nuestra vida pública. Este hecho, completamente lamentable, ha contribuido, y mucho, al aumento del desprestigio del periodismo, no siendo casual por tanto, que la de periodista y la de político sean las profesiones peor valoradas por la opinión pública. Si se puede hablar, como desde estas páginas he hecho, de los políticos funcionarios, también se puede hablar de los periodistas funcionarios, aquellos que no son más que meros portavoces asalariados de la agenda temática del medio en el que trabajan, que al haber perdido su autonomía, se pliegan por completo, y de forma acrítica, lo que les impide ver la realidad con ojos claros, a los dictados del medio que les paga. Y esto, como ocurre en el caso de los políticos, se observa con demasiada claridad, por lo que su credibilidad se encuentra bajo mínimo.
Hay algo peor que ver y escuchar a un político defendiendo lo indefendible, y es leer y escuchar a un periodista tergiversando los hechos para que estos coincidan con su opinión o con la del medio en la que trabaja, pues mientras esa actitud en el primero es hasta comprensible, al entrar dentro de sus parámetros laborales, en el segundo, en el del periodista, resulta incomprensible y siempre rechazable al estar en contra de todos los principios sobre los que debe basarse su profesión.
Está claro que todo se puede observar desde diferentes perspectivas, que cada hecho, que cada acontecimiento tiene o puede tener muchas lecturas, y que cada visión que se posea y que se muestre dependerá del posicionamiento ideológico desde el que se observe, lo que ante todo es positivo, pues ello da fe de la pluralidad y de la complejidad de nuestras sociedades, pero otra cosa muy distinta es intentar que todo, que absolutamente todo cuadre con los posicionamientos ideológicos que se posean y que nada se salgan de los mismos.
El periodista, el buen periodista, de forma independiente y sin imposiciones de ningún tipo, ni endógenas ni exógenas, debe mostrar los hechos y dar su opinión sobre lo que ve y sobre lo que le llega, apoyándose en sus postulados, sean estos los que sean, sabiendo que sólo así, sin confundir y sin engañar a nadie, podrá mantener su reputación y el de la profesión a la que se debe.

22.12.12

lunes, 11 de marzo de 2013

Sobre Sevilla, y 2

9.- Sobre Sevilla, y 2

            Creo que la decisión tomada por La Caixa sobre la ubicación del Caixaforum es lógica, al menos desde el punto de  vista empresarial, pues carece de sentido gastar una ingente suma económica en la restauración y en la adecuación de un edificio, por mucho valor histórico que posea, que para colmo nunca podrá ser de su propiedad, teniendo otro a su disposición que aún no tiene un uso definido. A La Caixa nadie le puede exigir nada, salvo darle las gracias por haberse quedado con Cajasol, por ese infumable marrón que nadie sabía qué hacer con él, pero sobre todo, al menos desde el plano cultural, por proponerse traer a esta ciudad un proyecto de la envergadura del Caixaforum, por lo que las críticas que ahora se escuchan desde las altas instancias de la ciudad y de la comunidad, sólo caben observarlas como lo que realmente son, meros gestos de cara a la galería, sobre todo cuando se comprende, que no han hecho nada, absolutamente nada para evitar los desmanes que se han llevado a cabo desde las cajas de ahorros andaluzas, lo que ha dejado a la comunidad y a las diferentes ciudades que la componen, sin un importante instrumento financiero al servicio de sus intereses. Por lo tanto, ahora no es el momento de rasgarse las vestiduras, sino el de aceptar las condiciones que la entidad catalana ponga sobre la mesa, pues que un Caixaforum pueda abrir las puertas en una ciudad tan maltratada históricamente como la nuestra, siempre será un motivo de satisfacción, y eso a pesar de que el lugar ideado para el mismo no sea el que más nos satisfaga.
            Sí, seamos ante todo realistas, que se instale un Caixaforum en Sevilla es ante todo un regalo, otro regalo de los muchos que ha recibido esta ciudad en los últimos tiempos, lo que después de asumirlo debería comenzar a preocuparnos, pues no podemos seguir siendo por más  tiempo una ciudad subvencionada que vive de las limosnas y de los golpes de gracia de los demás, ya que por ese camino evidentemente no se podrá alcanzar el futuro que todos deseamos.
            Partiendo de la base, de la demoledora base de que la Torre Pelli va a ser un monumento a la pérdida de la autonomía financiera de la ciudad, algo de una trascendencia absoluta, sobre todo cuando estoy convencido que el futuro estará en las ciudades, más que en los estados o que en las regiones, hay que comenzar, en lugar de seguir soñando con impulsos exógenos que de vez en cuando nos puedan empujar hacia delante, a trabajar en comprender dónde nos encontramos y hacia dónde podríamos encaminarnos con las fuerzas reales que poseemos. Sevilla es una ciudad eminentemente de servicios, dotada de un importante patrimonio histórico y humano, en donde el reducido tejido industrial existente es ante todo residual, contando además con un gran potencial agrícola gracias  a las fértiles tierras que la circundan; una ciudad bastante castigada por el desempleo y con unos niveles educativos y culturales por los suelos. Con estos datos, y con otros más que creo laterales, son con los que hay que contar para comenzar a desarrollar un proyecto de futuro, un proyecto de ciudad sostenible y a la vez creíble.
            Ante tal situación como por la que se está atravesando, lo difícil es ser mínimamente optimista, pues no sólo los indicadores con los que se cuentan, sino todas las sensaciones que uno va acumulando día tras día, invitan, se quiera o no a la inquietud y al desasosiego, pues en principio no parecen que los problemas que anegan nuestra realidad, puedan tener solución ni siquiera a medio plazo. Parece que una negra y pesada tormenta se ha posicionado sobre nuestras cabezas, ante la que sólo se puede esperar, o rezar, para que no estalle con estrépito sobre nosotros. El problema del desempleo, por mucho que nos digan, no tiene fácil solución, al ser ante todo estructural, ya que no se puede esperar que un aluvión de inversiones y de nuevas industrias vengan para solventarlo. No, hay que ser realistas y comprender que no se pueden esperar recetas milagrosas, impostadas, que vengan desde fuera, sino que hay que encontrar las soluciones, en el caso de que se puedan encontrar, en lo poco o en lo mucho que se pueda poseer.
            Pero a pesar de todo, y aunque Sevilla nunca haya sido una ciudad industrial, se podría decir, con un poco de voluntarismo, que se encuentra bien situada en la nueva era posindustrial en la que ha entrado Occidente, y que sacando fuerzas de lo que realmente tiene, eliminando de  una vez por todas esa ilusiones vanas que siempre han empañado su presente, podría, si realmente sabe o sabemos conjugarlas, enfrentarse con dignidad y con cierta esperanza a su propio futuro.
            El gran potencial de esta ciudad indudablemente es el turismo, y todas las actividades adyacentes al mismo, en el que hay que centrarse para sacar el mayor valor añadido posible. Está claro que ya cuenta, pues nos ha sido legado, con un patrimonio histórico y artístico de envergadura, y con unas festividades que los sevillanos, por su carácter, saben subrayar incluso de forma excesiva, pero hay que seguir trabajando, sobre todo desde las Instituciones Públicas, para aumentar el atractivo de la ciudad, para que ésta, durante todo el año, y no sólo en fechas concretas, se convierta en un foco de atracción para  a un importante número de visitantes. Después del fracaso del proyecto de La Encarnación, el famoso Parasol Metropol, que pudo haber sido diseñado para ser un centro  cultural de altura, y que debido a la estrecha visión de nuestros gobernantes se quedó sólo en ser un centro de ocio más, hay que seguir apostando, por ejemplo, por ese centro cultural y expositivo de vanguardia, por un lugar singular en donde pudiera tener cabida, todo lo que de interés, en el marco de las artes, acontezca en el mundo, con la intención de que Sevilla ocupe un lugar destacado en los circuitos culturales y artísticos existentes.
            De todas formas se podría conjugar, sin que se perturben, el atractivo que indudablemente posee  “la Sevilla eterna”, que al parecer tanto gusta, con lo más innovador que acontezca en el mundo de las artes, lo que con seguridad atraería a muchos interesados de diferentes extracciones culturales, pero para ello, haría falta un estrategia seria, rigurosa, que tenga claro que el objetivo sea situar a Sevilla entre las grandes ciudades culturales europeas.
            Pero para un proyecto de tal calibre haría falta dinero, importantes inversiones, que hoy por hoy difícilmente se podrán conseguir, además de, paralelamente, apostar por elevar significativamente los niveles culturales de la ciudad. En este contexto, la llegada del Caixaforum debe ser bienvenida, pero tal hecho no puede hacer olvidar a las Atarazanas, que pueden ser el marco idóneo para hacer posible lo que más arriba he descrito, sin que se caiga en la tentación, como ya he escuchado, con objeto de darle utilidad, de convertirla en algo tan cateto como el gran museo de la ciudad.
            Una pena, y esto lo pagaremos a buen seguro, que ya no poseamos ni tan siquiera con una Caja de Ahorros propia al servicio de ciudadanía, que apueste financieramente, y de forma decidida, por un concepto diferente y necesario de ciudad, por una Sevilla, por una nueva Sevilla que dé un paso hacia un nuevo estadio de su existencia. Repito, una pena.

15.12.12

lunes, 18 de febrero de 2013

Sobre Sevilla, 1

8.- Sobre Sevilla, 1

Desde un principio me posicioné, en la ardua polémica que se produjo, a favor de la construcción de la Torre Pelli, sobre todo porque no quería estar al lado de los defensores de “la Sevilla eterna”, de los que estimaban que una edificación de tales características no conjugaba con los valores estéticos de de esta mariana ciudad. Pero desde que salió a la luz el proyecto las cosas han cambiado bastante, lo que pone en duda la justificación del mismo en sí, y también, y no me importa reconocerlo, mi juicio sobre la ubicación y la necesidad real de esa enorme torre de cristal, que ciertamente, poco tiene que ver con lo que es y con lo que tiene que ser esta ciudad, lo que a mi pesar me sitúa junto a los sectores más rancios de la misma. Pero intentaré ir por partes, porque el tema posee demasiados recovecos que resultan necesarios delimitar.
Por supuesto que una ciudad como Sevilla no puede anclarse en el pasado, y que incluso en lo estético, con la construcción de edificios modernos y funcionales, siempre y cuando lo exijan las circunstancias, debe estar a la altura de los tiempos, pero creo que esas nuevas construcciones no deben dañar, ni contaminar el paisaje consolidado de la ciudad, de una ciudad que precisamente vive del mismo, ya que el turismo, como todo el mundo sabe, es la gran, por no decir la única gran industria de la ciudad.
Mi opinión comenzó a cambiar el otro día, cuando caminando con una amiga por la calle Monsalves en dirección al Museo, me sorprendió que sobre la techumbre de éste, sobresaliera el engendro que están construyendo en la Cartuja, lo que conseguía romper de forma estrepitosa con una de las estampas más hermosas que posee la ciudad. Me quedé pasmado, pues no esperaba que el impacto visual fuera tan brutal y desafortunado, lo que me hizo comprender que la ubicación elegida no era la más acertada para un edificio de esas características, al estimar que si realmente hacía falta su construcción, existían otros lugares más apropiados en todos los sentidos, lo que también me hizo pensar, en la megalomanía, muy propia de los tiempos en que se ideó, de sus promotores.
El promotor del edificio, que de forma aislada hay reconocer que es una maravilla, fue la Caja de ahorros de la ciudad, Cajasol, entidad que hoy por hoy, debido al desastre financiero en el que se ha visto sumida, ya no existe, al haber sido absorbida por La Caixa, al parecer momentos antes de que la quiebra, motivada en gran parte por sus desmanes inmobiliarios, llamara a su puerta. No sé bien, aunque creo que nadie lo sabe con seguridad, cuáles fueron los motivos que empujaron a la entidad financiera a embarcarse en un proyecto de tales características, pues si algo sobran en Sevilla son edificios de oficinas, encontrándose muchos de los cuales en la actualidad desocupados debido a la escasa actividad económica existente, y máxime cuando la propia Cajasol posee en la ciudad múltiples inmuebles emblemáticos, algunos de ellos completamente infrautilizados. Parece que se trata de otro de los múltiples desaciertos que han singularizado en los últimos tiempos a las actuaciones de las Cajas de ahorros, y no sólo a Cajasol, y que el objetivo no era otro que el de llevar a cabo un proyecto faraónico sin sentido dadas las circunstancias, un proyecto de desmesurado coste, que ahora no tendrá más remedio que digerirlo La Caixa, sobre todo si se tiene en cuenta, que mientras que se siguen levantando plantas y más plantas, se está llevando a cabo una importante reestructuración de su plantilla y el cierre de múltiples oficinas de la entidad, en fin, que todo parece indicar, que se trata de un desatino más, realizado por unos gestores, que como se ha demostrado, nunca han tenido los pies en la tierra.
Bien, como decía, La Caixa se ha encontrado con un enorme edificio sin terminar, cuya única decisión ente el mismo, no ha podido ser otra que la de finalizar su construcción, aunque aún no esté claro la función que pueda darle, ni tampoco, por supuesto, la rentabilidad que podrá encontrar en el mismo. Pero posiblemente pensado en esto, en la función y en la rentabilidad, la entidad financiera catalana ha dado un paso, creo que importante, y hasta cierto punto lógico dadas las circunstancias, que nos ha llenado de estupor a los que estábamos ilusionados con la inminente instalación de un Caixaforum en las Reales Atarazanas. Sí, la noticia saltó a la prensa hace una semana, La Caixa no reniega del proyecto, que tal y como están las cosas no es poco, pero descarta, al menos de momento, ubicarlo en las Atarazanas para instalarlo en el complejo de la Torre Pelli.
No pasa nada, dirán algunos, ya que lo importante es que el Caixaforum se instale en la capital de Andalucía, y no por ejemplo, como llegó a insinuarse, en Málaga, pero sí pasa, y mucho, sobre todo, porque ese proyecto hubiera podido darle valor a un edificio histórico, las Atarazanas, que en su día fueron los astilleros de la ciudad, que por sí sólo hubiera podido potenciar culturalmente al centro histórico de Sevilla, convirtiéndolo en un foco de atracción, gracias a ese edificio semiabandonado que desde hace años reclama, y a voz en grito, su rehabilitación.

14.12.12

miércoles, 23 de enero de 2013

Son necesarias ideas innovadoras

7.- Son necesarias estrategias innovadoras

La dureza de la crisis que estamos padeciendo nos tiene que obligar, a todos, a realizar un esfuerzo, que no puede consistir sólo en implementar y en soportar reformas y recortes, ya que lo importante, después de analizar y comprender dónde nos encontramos, y de al menos intuir hacia dónde podemos dirigirnos, es intentar articular estrategias tendentes a configurar un nuevo tipo de sociedad más acorde con los tiempos que nos han tocado en suerte. Son unos tiempos que observamos como nefastos, como corresponde a todo tramo final de una etapa, que nos deben empujar a que se lleve a cabo ese salto cualitativo por el que desde hace tiempo se viene suspirando, el que nos desplace de una vez por todas, y de verdad, de la sociedad industrial agonizante en la que vivimos, a la posindustrial. Se quiera o no, hemos estado viviendo en una época agonizante, o en todo caso en un periodo histórico fronterizo, en el que nos hemos dedicado a tirar los últimos cohetes que aún nos quedaban intactos, en un periodo al que no se podrá volver, ante el que toda nostalgia no significará más que intentar esconder la cabeza debajo del ala, en suma mera cobardía, pues en realidad lo que hay que hacer, aunque nos cueste trabajo sólo intentarlo, es mirar hacia adelante con objeto de buscar salidas imaginativas, pero sobre todo certeras, que nos empujen a abandonar el lugar en donde nos encontramos encallados, lo que sin duda no va a resultar fácil.
Sí, estamos encallados, pues ante la profunda recesión que estamos atravesando, que para muchos ya es una depresión en toda regla, se buscan recetas antiguas tendentes a recobrar un tiempo pasado que no volverá. Se habla de que hay que reducir los costes, que es necesario aumentar los ingresos con objeto de hacer nuestras economías más competitivas y rentables, de redimensionar la Administración, todo con la sana intención de que las aguas vuelvan a su cauce, aunque todos sabemos, o intuimos, que el mayor de los problemas, el del desempleo, al ser estructural, es imposible que pueda atajarse, pues en la actualidad ya no hacen falta tantos trabajadores en activo para mantener los niveles de producción que se necesitan. Pero en contrapartida, también se sabe, que sin unos niveles de empleo aceptables, es imposible mantener unos índices de consumo que puedan mantener al sistema, un sistema que se basa precisamente en eso, en el consumo. Los ingenieros y los teóricos sociales lo tienen difícil, aunque muchos de ellos comienzan a estar convencidos que resulta necesario reformas estructurales innovadoras que difícilmente podrán ser aceptadas en un principio, pero que sí pueden configurar el germen de un nuevo sistema de convivencia. No obstante, resulta extraño, que el poder real, de forma suicida, siga empeñado en publicitar que las fórmulas emanadas desde los cenáculos del liberalismo radical, son las únicas que nos podrán sacar del atolladero, cuando con seguridad saben, que si se llegan a implementar algún día, el conflicto social sería un hecho, siendo sus valedores los que más perderían si tal circunstancia se produjera.
De forma constante y reiterativa se nos viene indicando, y desde hace bastantes años, que al vivir en un mundo globalizado, tal como parece que ocurre en estos momentos, ya todos somos iguales, o de que vamos camino de serlo, y de esta gran mentira puede que provenga el gran error, ya que nuestras sociedades occidentales, no tienen nada que ver, por ejemplo, con la de los llamados países emergentes, que parece que ahora entran, muy orgullosos todos ellos, en la era industrial, mientras que nosotros, un poco aturdidos, hace tiempo que salimos de la misma sin haber encontrado aún el nuevo lugar que nos corresponde. La gran industria ya no tiene sentido, a no ser que se trate de una industria muy especializada, y no por mucho tiempo en los países industrializados y desarrollados de la Europa occidental, que a estas alturas no pueden competir en costes, en costes de mano de obra y de estructuras sociales, con esos otros países que poco a poco están saliendo del subdesarrollo, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que la única salida existente tenga que ser la de bajar nuestros niveles de vida, lo que a todas luces resultaría inviable, ya que tal hecho supondría un retroceso histórico sin sentido. El mundo, aunque hay que reconocer que eso sería lo ideal, nunca podrá ser homogéneo, pues siempre han existido y existirán desfases de desarrollo, por lo que en todo momento presentará importantes asimetrías, que aunque se quieran no podrán ser erradicadas.
No cabe duda que la salida fácil es esa, la de aplicar el proceso de “inflación interna”, que no es otra cosa que intentar rebajar los ingresos de la población, con objeto de que los precios de los productos y de los servicios sean más competitivos, pero tal estrategia no dejaría de ser más que un apaño, que apartaría a un lado, por temor a tocarlo, el problema de fondo, que no es otro que el de buscar una nueva función, o una nueva tarea para nuestras sociedades, que no puede ser la de competir con esas otras economías que posiblemente aún no haga las cosas mejor, pero sí más baratas.
Sí, hay que reconocer que nos encontramos ante una nueva etapa, y que a esta nueva etapa hay que llenarla de contenido, de unos nuevos contenidos capaces de aportar un valor añadido que al menos pueda mantener los actuales índices de calidad de vida y de desarrollo, además de consensuar unas nuevas estructuras administrativas, ecuánimes y sensatas, que mediante la redistribución y el control, imposibiliten volver, como muchos desean, a la ley de la selva.
Para ello, en una primera aproximación, estoy convencido que en lugar de bajar drásticamente el nivel de vida y la capacidad adquisitiva de las denominadas sociedades desarrolladas, hay que hacer precisamente lo contrario, potenciarlos, pues ya que la competencia va a resultar imposible, en todo lo referente a los productos manufacturados, es conveniente potenciar su evolución hacia un nuevo plano histórico, el posindustrial, en donde la calidad será el único marchamo identificativo, como puede ser el turismo, la investigación de alto nivel, la cultura, la agricultura ecológica, etc., actividades en la que estas sociedades pueden encontrar la función y la tarea histórica de la que ahora carecen, lo que paralelamente tiene que traer de la mano un cambio de paradigma ideológico, que subraye la excelencia, la calidad frente a la cantidad.

martes, 15 de enero de 2013

Sobre un artículo de César Molinas

6.- Sobre un artículo de César Molinas

Las credibilidad de la clase política española, y esto a nadie con “dos dedos de luces” le puede extrañar, se encuentra hoy por los suelos, siendo para muchos una de las diferentes variables que han provocado, o que han ayudado a generar la crisis que la sociedad española está padeciendo, crisis que se va a llevar por delante, en poco tiempo, la mayor parte de las conquistas sociales conseguidas en las últimas décadas. Los políticos dicen que no, que el origen de la crisis es exógeno, que estamos padeciendo los efectos de un desmesurado tsunami a consecuencia de un movimiento sísmico acaecido lejos de nuestras costas, admitiendo sólo el hecho de no haber detectado a tiempo las consecuencias que ese fenómeno iba a provocar, lo que les impidió afrontar con las medidas adecuadas, y en el momento oportuno, las secuelas del mismo. Pero parece que esa no es la cuestión, pues las acusaciones que hacia ellos se dirigen, lo que subrayan, es que ese devastador tsunami, lo que sencillamente ha hecho, es dejar al descubierto las carencias y la fragilidad de la estructura económica del país, en donde la denominada clase política si tiene responsabilidades, y muchas.
Se ha hablado y se seguirá hablando de su responsabilidad en, y ante la crisis, de la incapacidad que han demostrado para predecirla y para encararla, lo que para no pocos se debe a la deficiente cualificación de los propios políticos, de los políticos en general, para afrontar cuestiones de envergadura, acostumbrados como han estado, durante demasiado tiempo, a ejercer sus tareas con el viento a favor, pero sobre todo, por no haber sabido prever, que la nave que habían diseñado y fabricado, y de la que en buena medida se habían apoderado, iba a ser incapaz de soportar la más mínima marejada.
Para colmo la mayoría de los políticos “realmente existentes” son políticos funcionarios, sin voz propia, que se limitan a interpretar el papel que les asigna el Partido que les paga y al que pertenecen, sin que en ningún momento se salgan del guión que se les prepara, lo que no ayuda mucho, a favorecer la credibilidad de los mismos, llegando muchos a la conclusión, de que si todos dicen lo mismo, no hace falta que existan tantos, en donde hay que insertar el estado de opinión, cada día más generalizado, que afirma que hay que reducir el número de nuestros representantes. En lo anterior se encuentra uno de los graves problemas de nuestro sistema democrático, que se ha convertido en una partidocracia, en un sistema político gestionado por unos grandes partidos-empresas, que han monopolizado todo el escenario público, y colonizado territorios que en teoría debería corresponder a la sociedad civil, esenciales algunos de los cuales para el control de la actividad que llevan a cabo los propios políticos.
En este contexto de crisis de la política, o mejor dicho de los políticos, me he encontrado con un incendiario artículo de César Molinas, “Una teoría de la clase política”, en donde el autor acusa directamente a ésta, como tal, de ser la causante de la recesión económica que está padeciendo nuestro país, al haber creado las condiciones necesarias para que arraigara de la forma en que lo está haciendo, a diferencia de lo que está acaeciendo en otros países de nuestro entorno más inmediato. Siguiendo con el ejemplo esgrimido con anterioridad, el tsunami ha sido terrible, global, haciendo temblar a todas las economías del mundo occidental, pero en España, que hasta hace poco se enorgullecía del salto cualitativo que había en pocos años realizado, amenaza con convertirse en depresión generalizada, al haber arrasado con todo, dejando en evidencia nuestra realidad.
Para el autor del artículo, la clase política desde que se constituye como tal, sólo mira por sus intereses, que no siempre son los mismos que los intereses del país, de suerte, que el sistema productico que se ha potenciado en España, y no por casualidad, es el que beneficia directamente a los diferentes partidos-empresas, pero no, en ningún caso, el que necesitaba la economía de este país, pues en lugar de diseñarse un sistema sostenible y rentable a largo plazo, se optó por otro con rendimientos a corto pero inviable en el tiempo, como el que se sustentaba en la construcción, ya sea de viviendas o de infraestructuras. Para César Molinas, la clase política ante todo es extractiva, lo que quiere decir, que trata por todos los medios de conseguir rendimientos económicos para soportar las estructuras propias que ha creado, que cada día son más pesadas, y saca ese rendimiento de la propia sociedad, lo que la convierte en parasitaria de la misma. En lugar de un instrumento que con eficacia sirva a la ciudadanía, los partidos-empresas, sigue diciendo César Molinas, ante todo miran por su propio beneficio, lo que los aleja de la propia sociedad, pues resulta inaceptable, que el Partido Popular, por ejemplo, tenga que abonar veintitantos millones anuales de euros sólo en nóminas, cantidad que evidentemente sale, de una forma o de otra, de la propia sociedad a la que tiene y que dice servir. No parece fácil poder encontrar otra empresa, que tenga esos gastos estructurales sin producción y sin beneficio alguno, lo que demuestra a las claras, el despropósito al que se ha llegado.
Desde la óptica anterior, si se observan a los diferentes políticos, todos ellos profesionales de la política, que pululan por los medios de comunicación, ya sea interviniendo en tertulias o dando discursos, con facilidad dan la impresión de que en el fondo no son más agentes comerciales, de importantes empresas todos ellos, que lo que intentan es “vendernos la moto”, intentando, por supuesto, que no veamos los defectos de la que nos presentan, pero al mismo tiempo destacando los problemas de fabricación, al parecer evidente, de la que nos ofrece su competidor, actitud que ha llegado a cansar a una ciudadanía cada día más castigada, que observa cómo sus condiciones de vida, que creía garantizadas, empeoran por momentos.
El articulista también afirma, que en estos momentos difíciles, en los que hay que tomar decisiones importantes pero imprescindibles, la clase política se presenta como un obstáculo, confundiendo “reformas con ajustes”, limitándose sólo a ejercitar los segundos, a pesar de saber, que si no se realizan las reformas necesarias, todos los esfuerzos que se lleven a cabo resultarán vanos. Según él, esa actitud se debe a que gran parte de las reformas que hay que emprender, irían en detrimento de los propios partidos políticos, como por ejemplo la imprescindible reestructuración de las administraciones, lo que dejaría, si se realizara, a una gran cantidad de políticos en la calle, además de significar una merma efectiva de su poder real en la sociedad, por lo que prefieren esperar a “que escampe”, o lo que es lo mismo, a que una nueva coyuntura económica favorable devuelvan las aguas a su cauce.
Lo que dice César Molinas se acerca mucho a la realidad, pues la anunciada y siempre esperada reforma de la Administración, repleta de duplicidades y disfunciones, sólo se ha traducido en un alarmante goteo de despidos de interinos, que contablemente apenas representa nada, salvo aparentar que algo se está haciendo en las entidades públicas para reducir el coste de las mismas, es decir, para intentar vendernos el famoso “chocolate del loro”. Sí, porque lo que parece evidente, es que la clase política es el único sector social que no está sufriendo la crisis, lo que tampoco está bien visto por unos electores, que hacen lo posible para sortear las dificultades con las que cada día se encuentran.
La solución al tema que se plantea, según el autor, es la modificación del sistema electoral, pasar del sistema proporcional que ahora padecemos por otro mayoritario, con objeto de que los diferentes políticos, en lugar de rendir cuentas ante las cúpulas de sus partidos lo hagan directamente ante la ciudadanía que los votan, lo que les obligaría a mantener una actitud radicalmente diferente si en realidad desean mantener su puesto público. La opción elegida por el autor es una de las existentes, aunque estoy convencido de que no resultará fácil y que no podrá ser la única, ya que la ética y la estética del funcionario está bastante arraigada en nuestros políticos, pero de lo que sí estoy seguro, es de que hay que articular estrategias que acaben con eso que se denomina “la clase política”, y contra las mastodónticos centros de poder que hoy por hoy representan los partidos, que son los que han conseguido estrangular el prestigio de la política, lo que será complicado por el tremendo poder que acumulan en la actualidad, pero socialmente no se puede permitir, que hayan conseguido raptar a la política, y mostrar sólo a un sucedáneo de la misma, sin ningún valor, para la ciudadanía.

06.11.12