lunes, 22 de abril de 2013

Sobre el periodismo actual, un primer acercamiento



10.- Sobre el periodismo actual, un primer acercamiento

El periodismo está en crisis, en una profunda y devastadora crisis, que trae como consecuencia que la profesión de periodista se encuentre entre las más castigadas por el desempleo. Las causas son diversas, aunque casi siempre se subraya sólo una, la revolución tecnológica que está obligando a cerrar innumerables medios, al tiempo que mantiene a los restantes casi en la más absoluta indigencia. Lo anterior es cierto, pero también lo es, de que gracias a internet, el gran mal para la prensa tradicional, se han abierto innumerables portales, que se quiera o no, han conseguido aportar más pluralidad al tratamiento de las noticias al tiempo que ha hecho posible que más voces salgan a escena. Yo, desde la ignorancia casi absoluta sobre el tema, soy sólo y desde muy joven un devorador de periódicos y también alguien que constantemente trata de estar informado, casi siempre a través de la radio, de todo lo que a mi alrededor va aconteciendo, estoy convencido que el problema es otro, que las nuevas tecnologías lo que han hecho es darle la puntilla a un determinado tipo de periodismo, pero también lo estoy de que no se ha sabido utilizar el potencial indudable que éstas poseen.
El otro día me sorprendió, porque me lo comentó quien me vende diariamente la prensa, el escaso número de ejemplares de periódicos, y cada día que pasa son menos, que realmente se venden, pero sobre todo me llamó la atención el perfil del público que aún los compra, entre los que apenas hay jóvenes, lo que debería de encender todas las alarmas, pues el problema que padece la prensa, y el periodismo en general, puede que no se deba tanto a la crisis en sí, como al escaso interés del contenido de los medios, y lo poco se que se han adecuado éstos a las circunstancias en que hoy vivimos.
Parece que los medios, y no me refiero sólo a la prensa escrita, están empeñados en hacer el mismo producto que hace cincuenta años, cuando afortunadamente todo o casi todo ha cambiado, sin comprender que hoy por hoy, su función esencial no puede ser, como diría aquél, la de ejercer de “notarios de la realidad”, la de sólo contar lo que pasa, pues las noticias, todo lo que sucede, ya las conoce, y con todo lujo de detalles, el que cada mañana se acerca al kiosco a comprar su periódico, o el que se sienta a las nueve a ver el telediario “estrella” de su cadena favorita. No, el público ya no quiere que le repitan y le vuelvan a repetir las noticias más destacadas de cada jornada, porque lo que necesita es algo más, que no es otra cosa que se profundice en esas noticias y a ser posible por profesionales con fundamentos y con firma propia, lo que si se llega a cabo significaría una transformación radical, pero muy necesaria, de parte del periodismo que se práctica en la actualidad, lo que podría hacerlo de nuevo atractivo.
No cabe duda, que aunque se observan cambios importantes, la prensa tradicional, un poco por inercia y un mucho por cabezonería se resiste a morir, creándose una situación de confusión entre lo que fue y lo que sin duda será, lo que se observa con bastante claridad en el fenómeno de las tertulias televisivas o radiofónicas, en donde se puede comprender con claridad que existe un nuevo y un viejo periodismo.
Una de las cuestiones que más llaman la atención, sobre todo en los últimos tiempos, es la excesiva ideologización en la que han caído los medios, y por consiguiente los periodistas más destacados de éstos, o si se prefiere la partidización de los mismos, siendo los periodistas, en muchos casos, los que más han trabajado en la construcción de las barricadas que hoy singularizan a nuestra vida pública. Este hecho, completamente lamentable, ha contribuido, y mucho, al aumento del desprestigio del periodismo, no siendo casual por tanto, que la de periodista y la de político sean las profesiones peor valoradas por la opinión pública. Si se puede hablar, como desde estas páginas he hecho, de los políticos funcionarios, también se puede hablar de los periodistas funcionarios, aquellos que no son más que meros portavoces asalariados de la agenda temática del medio en el que trabajan, que al haber perdido su autonomía, se pliegan por completo, y de forma acrítica, lo que les impide ver la realidad con ojos claros, a los dictados del medio que les paga. Y esto, como ocurre en el caso de los políticos, se observa con demasiada claridad, por lo que su credibilidad se encuentra bajo mínimo.
Hay algo peor que ver y escuchar a un político defendiendo lo indefendible, y es leer y escuchar a un periodista tergiversando los hechos para que estos coincidan con su opinión o con la del medio en la que trabaja, pues mientras esa actitud en el primero es hasta comprensible, al entrar dentro de sus parámetros laborales, en el segundo, en el del periodista, resulta incomprensible y siempre rechazable al estar en contra de todos los principios sobre los que debe basarse su profesión.
Está claro que todo se puede observar desde diferentes perspectivas, que cada hecho, que cada acontecimiento tiene o puede tener muchas lecturas, y que cada visión que se posea y que se muestre dependerá del posicionamiento ideológico desde el que se observe, lo que ante todo es positivo, pues ello da fe de la pluralidad y de la complejidad de nuestras sociedades, pero otra cosa muy distinta es intentar que todo, que absolutamente todo cuadre con los posicionamientos ideológicos que se posean y que nada se salgan de los mismos.
El periodista, el buen periodista, de forma independiente y sin imposiciones de ningún tipo, ni endógenas ni exógenas, debe mostrar los hechos y dar su opinión sobre lo que ve y sobre lo que le llega, apoyándose en sus postulados, sean estos los que sean, sabiendo que sólo así, sin confundir y sin engañar a nadie, podrá mantener su reputación y el de la profesión a la que se debe.

22.12.12

lunes, 11 de marzo de 2013

Sobre Sevilla, y 2

9.- Sobre Sevilla, y 2

            Creo que la decisión tomada por La Caixa sobre la ubicación del Caixaforum es lógica, al menos desde el punto de  vista empresarial, pues carece de sentido gastar una ingente suma económica en la restauración y en la adecuación de un edificio, por mucho valor histórico que posea, que para colmo nunca podrá ser de su propiedad, teniendo otro a su disposición que aún no tiene un uso definido. A La Caixa nadie le puede exigir nada, salvo darle las gracias por haberse quedado con Cajasol, por ese infumable marrón que nadie sabía qué hacer con él, pero sobre todo, al menos desde el plano cultural, por proponerse traer a esta ciudad un proyecto de la envergadura del Caixaforum, por lo que las críticas que ahora se escuchan desde las altas instancias de la ciudad y de la comunidad, sólo caben observarlas como lo que realmente son, meros gestos de cara a la galería, sobre todo cuando se comprende, que no han hecho nada, absolutamente nada para evitar los desmanes que se han llevado a cabo desde las cajas de ahorros andaluzas, lo que ha dejado a la comunidad y a las diferentes ciudades que la componen, sin un importante instrumento financiero al servicio de sus intereses. Por lo tanto, ahora no es el momento de rasgarse las vestiduras, sino el de aceptar las condiciones que la entidad catalana ponga sobre la mesa, pues que un Caixaforum pueda abrir las puertas en una ciudad tan maltratada históricamente como la nuestra, siempre será un motivo de satisfacción, y eso a pesar de que el lugar ideado para el mismo no sea el que más nos satisfaga.
            Sí, seamos ante todo realistas, que se instale un Caixaforum en Sevilla es ante todo un regalo, otro regalo de los muchos que ha recibido esta ciudad en los últimos tiempos, lo que después de asumirlo debería comenzar a preocuparnos, pues no podemos seguir siendo por más  tiempo una ciudad subvencionada que vive de las limosnas y de los golpes de gracia de los demás, ya que por ese camino evidentemente no se podrá alcanzar el futuro que todos deseamos.
            Partiendo de la base, de la demoledora base de que la Torre Pelli va a ser un monumento a la pérdida de la autonomía financiera de la ciudad, algo de una trascendencia absoluta, sobre todo cuando estoy convencido que el futuro estará en las ciudades, más que en los estados o que en las regiones, hay que comenzar, en lugar de seguir soñando con impulsos exógenos que de vez en cuando nos puedan empujar hacia delante, a trabajar en comprender dónde nos encontramos y hacia dónde podríamos encaminarnos con las fuerzas reales que poseemos. Sevilla es una ciudad eminentemente de servicios, dotada de un importante patrimonio histórico y humano, en donde el reducido tejido industrial existente es ante todo residual, contando además con un gran potencial agrícola gracias  a las fértiles tierras que la circundan; una ciudad bastante castigada por el desempleo y con unos niveles educativos y culturales por los suelos. Con estos datos, y con otros más que creo laterales, son con los que hay que contar para comenzar a desarrollar un proyecto de futuro, un proyecto de ciudad sostenible y a la vez creíble.
            Ante tal situación como por la que se está atravesando, lo difícil es ser mínimamente optimista, pues no sólo los indicadores con los que se cuentan, sino todas las sensaciones que uno va acumulando día tras día, invitan, se quiera o no a la inquietud y al desasosiego, pues en principio no parecen que los problemas que anegan nuestra realidad, puedan tener solución ni siquiera a medio plazo. Parece que una negra y pesada tormenta se ha posicionado sobre nuestras cabezas, ante la que sólo se puede esperar, o rezar, para que no estalle con estrépito sobre nosotros. El problema del desempleo, por mucho que nos digan, no tiene fácil solución, al ser ante todo estructural, ya que no se puede esperar que un aluvión de inversiones y de nuevas industrias vengan para solventarlo. No, hay que ser realistas y comprender que no se pueden esperar recetas milagrosas, impostadas, que vengan desde fuera, sino que hay que encontrar las soluciones, en el caso de que se puedan encontrar, en lo poco o en lo mucho que se pueda poseer.
            Pero a pesar de todo, y aunque Sevilla nunca haya sido una ciudad industrial, se podría decir, con un poco de voluntarismo, que se encuentra bien situada en la nueva era posindustrial en la que ha entrado Occidente, y que sacando fuerzas de lo que realmente tiene, eliminando de  una vez por todas esa ilusiones vanas que siempre han empañado su presente, podría, si realmente sabe o sabemos conjugarlas, enfrentarse con dignidad y con cierta esperanza a su propio futuro.
            El gran potencial de esta ciudad indudablemente es el turismo, y todas las actividades adyacentes al mismo, en el que hay que centrarse para sacar el mayor valor añadido posible. Está claro que ya cuenta, pues nos ha sido legado, con un patrimonio histórico y artístico de envergadura, y con unas festividades que los sevillanos, por su carácter, saben subrayar incluso de forma excesiva, pero hay que seguir trabajando, sobre todo desde las Instituciones Públicas, para aumentar el atractivo de la ciudad, para que ésta, durante todo el año, y no sólo en fechas concretas, se convierta en un foco de atracción para  a un importante número de visitantes. Después del fracaso del proyecto de La Encarnación, el famoso Parasol Metropol, que pudo haber sido diseñado para ser un centro  cultural de altura, y que debido a la estrecha visión de nuestros gobernantes se quedó sólo en ser un centro de ocio más, hay que seguir apostando, por ejemplo, por ese centro cultural y expositivo de vanguardia, por un lugar singular en donde pudiera tener cabida, todo lo que de interés, en el marco de las artes, acontezca en el mundo, con la intención de que Sevilla ocupe un lugar destacado en los circuitos culturales y artísticos existentes.
            De todas formas se podría conjugar, sin que se perturben, el atractivo que indudablemente posee  “la Sevilla eterna”, que al parecer tanto gusta, con lo más innovador que acontezca en el mundo de las artes, lo que con seguridad atraería a muchos interesados de diferentes extracciones culturales, pero para ello, haría falta un estrategia seria, rigurosa, que tenga claro que el objetivo sea situar a Sevilla entre las grandes ciudades culturales europeas.
            Pero para un proyecto de tal calibre haría falta dinero, importantes inversiones, que hoy por hoy difícilmente se podrán conseguir, además de, paralelamente, apostar por elevar significativamente los niveles culturales de la ciudad. En este contexto, la llegada del Caixaforum debe ser bienvenida, pero tal hecho no puede hacer olvidar a las Atarazanas, que pueden ser el marco idóneo para hacer posible lo que más arriba he descrito, sin que se caiga en la tentación, como ya he escuchado, con objeto de darle utilidad, de convertirla en algo tan cateto como el gran museo de la ciudad.
            Una pena, y esto lo pagaremos a buen seguro, que ya no poseamos ni tan siquiera con una Caja de Ahorros propia al servicio de ciudadanía, que apueste financieramente, y de forma decidida, por un concepto diferente y necesario de ciudad, por una Sevilla, por una nueva Sevilla que dé un paso hacia un nuevo estadio de su existencia. Repito, una pena.

15.12.12

lunes, 18 de febrero de 2013

Sobre Sevilla, 1

8.- Sobre Sevilla, 1

Desde un principio me posicioné, en la ardua polémica que se produjo, a favor de la construcción de la Torre Pelli, sobre todo porque no quería estar al lado de los defensores de “la Sevilla eterna”, de los que estimaban que una edificación de tales características no conjugaba con los valores estéticos de de esta mariana ciudad. Pero desde que salió a la luz el proyecto las cosas han cambiado bastante, lo que pone en duda la justificación del mismo en sí, y también, y no me importa reconocerlo, mi juicio sobre la ubicación y la necesidad real de esa enorme torre de cristal, que ciertamente, poco tiene que ver con lo que es y con lo que tiene que ser esta ciudad, lo que a mi pesar me sitúa junto a los sectores más rancios de la misma. Pero intentaré ir por partes, porque el tema posee demasiados recovecos que resultan necesarios delimitar.
Por supuesto que una ciudad como Sevilla no puede anclarse en el pasado, y que incluso en lo estético, con la construcción de edificios modernos y funcionales, siempre y cuando lo exijan las circunstancias, debe estar a la altura de los tiempos, pero creo que esas nuevas construcciones no deben dañar, ni contaminar el paisaje consolidado de la ciudad, de una ciudad que precisamente vive del mismo, ya que el turismo, como todo el mundo sabe, es la gran, por no decir la única gran industria de la ciudad.
Mi opinión comenzó a cambiar el otro día, cuando caminando con una amiga por la calle Monsalves en dirección al Museo, me sorprendió que sobre la techumbre de éste, sobresaliera el engendro que están construyendo en la Cartuja, lo que conseguía romper de forma estrepitosa con una de las estampas más hermosas que posee la ciudad. Me quedé pasmado, pues no esperaba que el impacto visual fuera tan brutal y desafortunado, lo que me hizo comprender que la ubicación elegida no era la más acertada para un edificio de esas características, al estimar que si realmente hacía falta su construcción, existían otros lugares más apropiados en todos los sentidos, lo que también me hizo pensar, en la megalomanía, muy propia de los tiempos en que se ideó, de sus promotores.
El promotor del edificio, que de forma aislada hay reconocer que es una maravilla, fue la Caja de ahorros de la ciudad, Cajasol, entidad que hoy por hoy, debido al desastre financiero en el que se ha visto sumida, ya no existe, al haber sido absorbida por La Caixa, al parecer momentos antes de que la quiebra, motivada en gran parte por sus desmanes inmobiliarios, llamara a su puerta. No sé bien, aunque creo que nadie lo sabe con seguridad, cuáles fueron los motivos que empujaron a la entidad financiera a embarcarse en un proyecto de tales características, pues si algo sobran en Sevilla son edificios de oficinas, encontrándose muchos de los cuales en la actualidad desocupados debido a la escasa actividad económica existente, y máxime cuando la propia Cajasol posee en la ciudad múltiples inmuebles emblemáticos, algunos de ellos completamente infrautilizados. Parece que se trata de otro de los múltiples desaciertos que han singularizado en los últimos tiempos a las actuaciones de las Cajas de ahorros, y no sólo a Cajasol, y que el objetivo no era otro que el de llevar a cabo un proyecto faraónico sin sentido dadas las circunstancias, un proyecto de desmesurado coste, que ahora no tendrá más remedio que digerirlo La Caixa, sobre todo si se tiene en cuenta, que mientras que se siguen levantando plantas y más plantas, se está llevando a cabo una importante reestructuración de su plantilla y el cierre de múltiples oficinas de la entidad, en fin, que todo parece indicar, que se trata de un desatino más, realizado por unos gestores, que como se ha demostrado, nunca han tenido los pies en la tierra.
Bien, como decía, La Caixa se ha encontrado con un enorme edificio sin terminar, cuya única decisión ente el mismo, no ha podido ser otra que la de finalizar su construcción, aunque aún no esté claro la función que pueda darle, ni tampoco, por supuesto, la rentabilidad que podrá encontrar en el mismo. Pero posiblemente pensado en esto, en la función y en la rentabilidad, la entidad financiera catalana ha dado un paso, creo que importante, y hasta cierto punto lógico dadas las circunstancias, que nos ha llenado de estupor a los que estábamos ilusionados con la inminente instalación de un Caixaforum en las Reales Atarazanas. Sí, la noticia saltó a la prensa hace una semana, La Caixa no reniega del proyecto, que tal y como están las cosas no es poco, pero descarta, al menos de momento, ubicarlo en las Atarazanas para instalarlo en el complejo de la Torre Pelli.
No pasa nada, dirán algunos, ya que lo importante es que el Caixaforum se instale en la capital de Andalucía, y no por ejemplo, como llegó a insinuarse, en Málaga, pero sí pasa, y mucho, sobre todo, porque ese proyecto hubiera podido darle valor a un edificio histórico, las Atarazanas, que en su día fueron los astilleros de la ciudad, que por sí sólo hubiera podido potenciar culturalmente al centro histórico de Sevilla, convirtiéndolo en un foco de atracción, gracias a ese edificio semiabandonado que desde hace años reclama, y a voz en grito, su rehabilitación.

14.12.12

miércoles, 23 de enero de 2013

Son necesarias ideas innovadoras

7.- Son necesarias estrategias innovadoras

La dureza de la crisis que estamos padeciendo nos tiene que obligar, a todos, a realizar un esfuerzo, que no puede consistir sólo en implementar y en soportar reformas y recortes, ya que lo importante, después de analizar y comprender dónde nos encontramos, y de al menos intuir hacia dónde podemos dirigirnos, es intentar articular estrategias tendentes a configurar un nuevo tipo de sociedad más acorde con los tiempos que nos han tocado en suerte. Son unos tiempos que observamos como nefastos, como corresponde a todo tramo final de una etapa, que nos deben empujar a que se lleve a cabo ese salto cualitativo por el que desde hace tiempo se viene suspirando, el que nos desplace de una vez por todas, y de verdad, de la sociedad industrial agonizante en la que vivimos, a la posindustrial. Se quiera o no, hemos estado viviendo en una época agonizante, o en todo caso en un periodo histórico fronterizo, en el que nos hemos dedicado a tirar los últimos cohetes que aún nos quedaban intactos, en un periodo al que no se podrá volver, ante el que toda nostalgia no significará más que intentar esconder la cabeza debajo del ala, en suma mera cobardía, pues en realidad lo que hay que hacer, aunque nos cueste trabajo sólo intentarlo, es mirar hacia adelante con objeto de buscar salidas imaginativas, pero sobre todo certeras, que nos empujen a abandonar el lugar en donde nos encontramos encallados, lo que sin duda no va a resultar fácil.
Sí, estamos encallados, pues ante la profunda recesión que estamos atravesando, que para muchos ya es una depresión en toda regla, se buscan recetas antiguas tendentes a recobrar un tiempo pasado que no volverá. Se habla de que hay que reducir los costes, que es necesario aumentar los ingresos con objeto de hacer nuestras economías más competitivas y rentables, de redimensionar la Administración, todo con la sana intención de que las aguas vuelvan a su cauce, aunque todos sabemos, o intuimos, que el mayor de los problemas, el del desempleo, al ser estructural, es imposible que pueda atajarse, pues en la actualidad ya no hacen falta tantos trabajadores en activo para mantener los niveles de producción que se necesitan. Pero en contrapartida, también se sabe, que sin unos niveles de empleo aceptables, es imposible mantener unos índices de consumo que puedan mantener al sistema, un sistema que se basa precisamente en eso, en el consumo. Los ingenieros y los teóricos sociales lo tienen difícil, aunque muchos de ellos comienzan a estar convencidos que resulta necesario reformas estructurales innovadoras que difícilmente podrán ser aceptadas en un principio, pero que sí pueden configurar el germen de un nuevo sistema de convivencia. No obstante, resulta extraño, que el poder real, de forma suicida, siga empeñado en publicitar que las fórmulas emanadas desde los cenáculos del liberalismo radical, son las únicas que nos podrán sacar del atolladero, cuando con seguridad saben, que si se llegan a implementar algún día, el conflicto social sería un hecho, siendo sus valedores los que más perderían si tal circunstancia se produjera.
De forma constante y reiterativa se nos viene indicando, y desde hace bastantes años, que al vivir en un mundo globalizado, tal como parece que ocurre en estos momentos, ya todos somos iguales, o de que vamos camino de serlo, y de esta gran mentira puede que provenga el gran error, ya que nuestras sociedades occidentales, no tienen nada que ver, por ejemplo, con la de los llamados países emergentes, que parece que ahora entran, muy orgullosos todos ellos, en la era industrial, mientras que nosotros, un poco aturdidos, hace tiempo que salimos de la misma sin haber encontrado aún el nuevo lugar que nos corresponde. La gran industria ya no tiene sentido, a no ser que se trate de una industria muy especializada, y no por mucho tiempo en los países industrializados y desarrollados de la Europa occidental, que a estas alturas no pueden competir en costes, en costes de mano de obra y de estructuras sociales, con esos otros países que poco a poco están saliendo del subdesarrollo, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que la única salida existente tenga que ser la de bajar nuestros niveles de vida, lo que a todas luces resultaría inviable, ya que tal hecho supondría un retroceso histórico sin sentido. El mundo, aunque hay que reconocer que eso sería lo ideal, nunca podrá ser homogéneo, pues siempre han existido y existirán desfases de desarrollo, por lo que en todo momento presentará importantes asimetrías, que aunque se quieran no podrán ser erradicadas.
No cabe duda que la salida fácil es esa, la de aplicar el proceso de “inflación interna”, que no es otra cosa que intentar rebajar los ingresos de la población, con objeto de que los precios de los productos y de los servicios sean más competitivos, pero tal estrategia no dejaría de ser más que un apaño, que apartaría a un lado, por temor a tocarlo, el problema de fondo, que no es otro que el de buscar una nueva función, o una nueva tarea para nuestras sociedades, que no puede ser la de competir con esas otras economías que posiblemente aún no haga las cosas mejor, pero sí más baratas.
Sí, hay que reconocer que nos encontramos ante una nueva etapa, y que a esta nueva etapa hay que llenarla de contenido, de unos nuevos contenidos capaces de aportar un valor añadido que al menos pueda mantener los actuales índices de calidad de vida y de desarrollo, además de consensuar unas nuevas estructuras administrativas, ecuánimes y sensatas, que mediante la redistribución y el control, imposibiliten volver, como muchos desean, a la ley de la selva.
Para ello, en una primera aproximación, estoy convencido que en lugar de bajar drásticamente el nivel de vida y la capacidad adquisitiva de las denominadas sociedades desarrolladas, hay que hacer precisamente lo contrario, potenciarlos, pues ya que la competencia va a resultar imposible, en todo lo referente a los productos manufacturados, es conveniente potenciar su evolución hacia un nuevo plano histórico, el posindustrial, en donde la calidad será el único marchamo identificativo, como puede ser el turismo, la investigación de alto nivel, la cultura, la agricultura ecológica, etc., actividades en la que estas sociedades pueden encontrar la función y la tarea histórica de la que ahora carecen, lo que paralelamente tiene que traer de la mano un cambio de paradigma ideológico, que subraye la excelencia, la calidad frente a la cantidad.

martes, 15 de enero de 2013

Sobre un artículo de César Molinas

6.- Sobre un artículo de César Molinas

Las credibilidad de la clase política española, y esto a nadie con “dos dedos de luces” le puede extrañar, se encuentra hoy por los suelos, siendo para muchos una de las diferentes variables que han provocado, o que han ayudado a generar la crisis que la sociedad española está padeciendo, crisis que se va a llevar por delante, en poco tiempo, la mayor parte de las conquistas sociales conseguidas en las últimas décadas. Los políticos dicen que no, que el origen de la crisis es exógeno, que estamos padeciendo los efectos de un desmesurado tsunami a consecuencia de un movimiento sísmico acaecido lejos de nuestras costas, admitiendo sólo el hecho de no haber detectado a tiempo las consecuencias que ese fenómeno iba a provocar, lo que les impidió afrontar con las medidas adecuadas, y en el momento oportuno, las secuelas del mismo. Pero parece que esa no es la cuestión, pues las acusaciones que hacia ellos se dirigen, lo que subrayan, es que ese devastador tsunami, lo que sencillamente ha hecho, es dejar al descubierto las carencias y la fragilidad de la estructura económica del país, en donde la denominada clase política si tiene responsabilidades, y muchas.
Se ha hablado y se seguirá hablando de su responsabilidad en, y ante la crisis, de la incapacidad que han demostrado para predecirla y para encararla, lo que para no pocos se debe a la deficiente cualificación de los propios políticos, de los políticos en general, para afrontar cuestiones de envergadura, acostumbrados como han estado, durante demasiado tiempo, a ejercer sus tareas con el viento a favor, pero sobre todo, por no haber sabido prever, que la nave que habían diseñado y fabricado, y de la que en buena medida se habían apoderado, iba a ser incapaz de soportar la más mínima marejada.
Para colmo la mayoría de los políticos “realmente existentes” son políticos funcionarios, sin voz propia, que se limitan a interpretar el papel que les asigna el Partido que les paga y al que pertenecen, sin que en ningún momento se salgan del guión que se les prepara, lo que no ayuda mucho, a favorecer la credibilidad de los mismos, llegando muchos a la conclusión, de que si todos dicen lo mismo, no hace falta que existan tantos, en donde hay que insertar el estado de opinión, cada día más generalizado, que afirma que hay que reducir el número de nuestros representantes. En lo anterior se encuentra uno de los graves problemas de nuestro sistema democrático, que se ha convertido en una partidocracia, en un sistema político gestionado por unos grandes partidos-empresas, que han monopolizado todo el escenario público, y colonizado territorios que en teoría debería corresponder a la sociedad civil, esenciales algunos de los cuales para el control de la actividad que llevan a cabo los propios políticos.
En este contexto de crisis de la política, o mejor dicho de los políticos, me he encontrado con un incendiario artículo de César Molinas, “Una teoría de la clase política”, en donde el autor acusa directamente a ésta, como tal, de ser la causante de la recesión económica que está padeciendo nuestro país, al haber creado las condiciones necesarias para que arraigara de la forma en que lo está haciendo, a diferencia de lo que está acaeciendo en otros países de nuestro entorno más inmediato. Siguiendo con el ejemplo esgrimido con anterioridad, el tsunami ha sido terrible, global, haciendo temblar a todas las economías del mundo occidental, pero en España, que hasta hace poco se enorgullecía del salto cualitativo que había en pocos años realizado, amenaza con convertirse en depresión generalizada, al haber arrasado con todo, dejando en evidencia nuestra realidad.
Para el autor del artículo, la clase política desde que se constituye como tal, sólo mira por sus intereses, que no siempre son los mismos que los intereses del país, de suerte, que el sistema productico que se ha potenciado en España, y no por casualidad, es el que beneficia directamente a los diferentes partidos-empresas, pero no, en ningún caso, el que necesitaba la economía de este país, pues en lugar de diseñarse un sistema sostenible y rentable a largo plazo, se optó por otro con rendimientos a corto pero inviable en el tiempo, como el que se sustentaba en la construcción, ya sea de viviendas o de infraestructuras. Para César Molinas, la clase política ante todo es extractiva, lo que quiere decir, que trata por todos los medios de conseguir rendimientos económicos para soportar las estructuras propias que ha creado, que cada día son más pesadas, y saca ese rendimiento de la propia sociedad, lo que la convierte en parasitaria de la misma. En lugar de un instrumento que con eficacia sirva a la ciudadanía, los partidos-empresas, sigue diciendo César Molinas, ante todo miran por su propio beneficio, lo que los aleja de la propia sociedad, pues resulta inaceptable, que el Partido Popular, por ejemplo, tenga que abonar veintitantos millones anuales de euros sólo en nóminas, cantidad que evidentemente sale, de una forma o de otra, de la propia sociedad a la que tiene y que dice servir. No parece fácil poder encontrar otra empresa, que tenga esos gastos estructurales sin producción y sin beneficio alguno, lo que demuestra a las claras, el despropósito al que se ha llegado.
Desde la óptica anterior, si se observan a los diferentes políticos, todos ellos profesionales de la política, que pululan por los medios de comunicación, ya sea interviniendo en tertulias o dando discursos, con facilidad dan la impresión de que en el fondo no son más agentes comerciales, de importantes empresas todos ellos, que lo que intentan es “vendernos la moto”, intentando, por supuesto, que no veamos los defectos de la que nos presentan, pero al mismo tiempo destacando los problemas de fabricación, al parecer evidente, de la que nos ofrece su competidor, actitud que ha llegado a cansar a una ciudadanía cada día más castigada, que observa cómo sus condiciones de vida, que creía garantizadas, empeoran por momentos.
El articulista también afirma, que en estos momentos difíciles, en los que hay que tomar decisiones importantes pero imprescindibles, la clase política se presenta como un obstáculo, confundiendo “reformas con ajustes”, limitándose sólo a ejercitar los segundos, a pesar de saber, que si no se realizan las reformas necesarias, todos los esfuerzos que se lleven a cabo resultarán vanos. Según él, esa actitud se debe a que gran parte de las reformas que hay que emprender, irían en detrimento de los propios partidos políticos, como por ejemplo la imprescindible reestructuración de las administraciones, lo que dejaría, si se realizara, a una gran cantidad de políticos en la calle, además de significar una merma efectiva de su poder real en la sociedad, por lo que prefieren esperar a “que escampe”, o lo que es lo mismo, a que una nueva coyuntura económica favorable devuelvan las aguas a su cauce.
Lo que dice César Molinas se acerca mucho a la realidad, pues la anunciada y siempre esperada reforma de la Administración, repleta de duplicidades y disfunciones, sólo se ha traducido en un alarmante goteo de despidos de interinos, que contablemente apenas representa nada, salvo aparentar que algo se está haciendo en las entidades públicas para reducir el coste de las mismas, es decir, para intentar vendernos el famoso “chocolate del loro”. Sí, porque lo que parece evidente, es que la clase política es el único sector social que no está sufriendo la crisis, lo que tampoco está bien visto por unos electores, que hacen lo posible para sortear las dificultades con las que cada día se encuentran.
La solución al tema que se plantea, según el autor, es la modificación del sistema electoral, pasar del sistema proporcional que ahora padecemos por otro mayoritario, con objeto de que los diferentes políticos, en lugar de rendir cuentas ante las cúpulas de sus partidos lo hagan directamente ante la ciudadanía que los votan, lo que les obligaría a mantener una actitud radicalmente diferente si en realidad desean mantener su puesto público. La opción elegida por el autor es una de las existentes, aunque estoy convencido de que no resultará fácil y que no podrá ser la única, ya que la ética y la estética del funcionario está bastante arraigada en nuestros políticos, pero de lo que sí estoy seguro, es de que hay que articular estrategias que acaben con eso que se denomina “la clase política”, y contra las mastodónticos centros de poder que hoy por hoy representan los partidos, que son los que han conseguido estrangular el prestigio de la política, lo que será complicado por el tremendo poder que acumulan en la actualidad, pero socialmente no se puede permitir, que hayan conseguido raptar a la política, y mostrar sólo a un sucedáneo de la misma, sin ningún valor, para la ciudadanía.

06.11.12



martes, 8 de enero de 2013

Sobre los sucesos del Madrid Arena

5.- Sobre los sucesos del Madrid Arena

Los sucesos que acaecieron en la madrugada del pasado jueves en el pabellón polideportivo Madrid Arena, donde una avalancha provocó la muerte de cuatro jóvenes, está provocando un tsunami informativo de gran envergadura, en donde las acusaciones de unos y los movimientos defensivos de los otros, está monopolizando el espacio de las tertulias políticas y las primeras páginas de los periódicos. No quiero entrar aquí en los temas vertebrales del debate, al no considerarme capacitado para hablar lo los mismos, pero sí me quiero detener en la rueda de prensa que ayer ofreció la alcaldesa de Madrid, en la que rodeada de sus hombres de confianza en el Ayuntamiento, y de un alto cargo de la Policía Nacional, trató con cierto voluntarismo de tirar todos los “balones fuera”, con la intención de no quedar dañada por los efectos del suceso. De esa rueda de prensa me quedaron varias cosas claras, que Madrid no merece tener una alcaldesa como la que tiene, cuyo único mérito, como pude certificar ayer, es la de ser la mujer de José María Aznar, y por otro lado, que los postulados ideológicos imperantes en estos momentos, consistentes en buena medida en traspasar competencias de lo público a lo privado, traerá consecuencias, todas ellas negativas, en poco tiempo.
Sobre Ana Botella por razones evidentes es mejor no hablar, pero de la justificación, ideológica por supuesto, detrás de la cual trataron de esconderse los responsables municipales, y que es reflejo de los tiempos en que vivimos, sí creo importante reflexionar, pues es conveniente no pasar de largo de lo que en principio puede parecer anecdótico, ya que en ello, casi siempre se asienta lo verdaderamente sustancial. Según dichos responsables, que no descartan si se han producido responsabilidades presentarse como acusación particular, ellos no tienen la culpa de nada, al haberse limitado a ceder a un particular, a una sociedad mercantil privada, por supuesto con ánimo de lucro, un espacio municipal para que en él se realizara una macro fiesta coincidiendo con algo tan español como la festividad de Halloween. También recalcaron, que dicha empresa se había comprometido a respetar todos los protocolos de seguridad que tales eventos exigen, por lo que el municipio poco podía hacer, aparte de cobrar la cantidad económica que el alquiler del espacio les aseguraba. Todo perfecto, al menos para el régimen de capitalismo avanzado hacia el que nos quieren conducir nuestros actuales gobernantes, que aspira a que exista una separación clara entre lo público y lo privado, en donde la única función de lo público, y siempre a posteriori, no puede, o no podría ser otra que la de exigir cuentas, judiciales o económicas, cuando se haya incumplido fehacientemente la legislación o los acuerdos pactados. Este es el nuevo régimen hacia el que nos encaminamos, en donde el poder público, lavándose las manos ante lo que suceda o pueda ocurrir, sólo podrá actuar, con la legislación en la mano, cuando los acontecimientos ya han sucedido, lo que modificará la función de la Administración, a la baja, tal como desean los liberales que desde la pureza ideológica tratan de reorganizar nuestras sociedades.
Este movimiento que se está produciendo, que en el fondo no es más que un golpe de estado silencioso contra lo que hasta ahora se ha denominado el Estado del bienestar, y ante el que pocos hacen algo, parte del supuesto axiomático de que la iniciativa privada todo lo hará mejor que la pública, lo que, por mucho que se publicite, es un grave error, como también lo es lo contrario, ya que ambos sectores en lugar de contraponerse tienen la obligación de complementarse entre sí. Lo privado sólo tiene sentido gracias a la rentabilidad, a los beneficios que la actividad que desarrolla pueda obtener, lo que supone que su labor necesariamente tiene que sustentarse en la existencia de un determinado margen de beneficio o de ganancia para el que la lleve a efecto, de suerte, que todo tiene que observarse desde esa perspectiva, por lo que es lógico, que ante la duda, se prefiera reducir costes, por muy esenciales que estos sean, ante la posibilidad de que se reduzca la rentabilidad. Aquí se puede encontrar la causa de lo ocurrido en Madrid, que la Empresa, para aumentar sus márgenes de beneficio, escatimó en servicios de seguridad, lo que desde el plano estrictamente mercantil parece lógico. Por el contrario, aunque a estas alturas parezca de Perogrullo, las Administraciones Públicas tienen o deben de buscar el bien de la ciudadanía, dejando para un segundo plano la propia rentabilidad.
Pero no hay que entrar en esta dicotomía, tal y como muchos desean, pues se quiera o no, esa es una cuestión completamente superada, ya que lo importante, en las alturas históricas en que nos encontramos, es trabajar por la interrelación entre ambas corrientes, partiendo de la base de que “la pureza”, que es una enfermedad de la adolescencia, y una dañina estrategia ideológica, que suele ocultar más de lo que publicita, es algo que entre todos, por cordura y por realismo, tenemos que erradicar.
Tal como ha sucedido en el origen de la actual crisis económica que padecemos, en donde al haberse abstenido la Administración del control de lo privado, las diferentes instituciones financieras, en su constante búsqueda del beneficio, traspasaron todas las líneas rojas que la prudencia aconsejaba, lo mismo ocurre y puede ocurrir cuando la sacrosanta iniciativa privada, en cualquiera de los ámbitos en que se desarrolle, no es vigilada y controlada exhaustivamente. El Estado no puede ejercer de árbitro a posteriori, cuando todos los desastres ya se han ocasionado, sino que tiene la obligación de estar siempre pendiente, vigilante, observando de cerca que se cumplan las diferentes reglamentaciones, y debe de estar en todo momento dispuesto a intervenir, cuando compruebe, por los motivos que sean, que la normativa se intenta sortear. La bondad del Estado no interventor es un mito, al demostrar la realidad de forma constante y fehaciente su inutilidad, prueba de lo anterior es lo que esta semana ha ocurrido en Madrid.

03.11.12

lunes, 10 de diciembre de 2012

Sobre las proclamas independentistas de Artur Mas

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4.- Sobre las proclamas independentistas de Artur Mas

El otro día escuché una entrevista que le hicieron a Artur Mas, en donde el líder nacionalista catalán dijo algo, que ha pasado completamente desapercibido, a pesar de que en esas palabras creo que se encuentra el núcleo de la cuestión, de la cuestión que en estos momentos mantiene en pie de guerra a todos los que, de una forma o de otra, participan en el debate político de este país, el tema de la posible secesión o independencia de Cataluña. Más o menos, el presidente del gobierno catalán dijo, en unos términos bastantes orteguianos, que el problema es que en estos momentos España carece de proyecto, mientras que Cataluña posee uno, uno ilusionante, el de la independencia, y que por eso, hoy por hoy, tal proceso resulta inevitable. No sé, no estoy seguro de que esto último sea cierto, pero de lo que sí estoy convencido, es que España, como nación, como país, se ha quedado sin proyecto de futuro, pues parece que de un tiempo a esta parte, vive a expensas de los vientos dominantes, que son de tal magnitud, que sólo parece que la conducirán al naufragio definitivo, y en donde el grito de “sálvese quien pueda”, entre tanto alboroto, es el único que llega a los oídos de los que estupefactos, contemplamos lo que está ocurriendo.
Con todo lo que está cayendo, para colmo, aparece en escena el tema de la independencia, que a pesar de haber tenido siempre un gran peso y raigambre en la sociedad catalana, sociedad que para colmo desde La Transición ha vivido un proceso de catalanización muy inteligente y de gran envergadura, que poco a poco ha ido anegando todas las esferas de la vida de dicha comunidad, ha sido instrumentalizado, está siendo instrumentalizado políticamente en estos momentos por unos políticos, que en buena medida tratan de ocultar con la bandera nacionalista, envolviéndose en ella, los graves problemas que están provocando sus políticas de recortes sociales. La jugada me parece magnífica, muy propia de los nacionalistas de todas las banderas, pues éstos, ante problemas de difícil solución, siempre optan por echarle la culpa a los mismos, a “los otros”, a unos otros que en esta ocasión sólo podía ser el Estado español, o España, y no por supuesto, porque ello significaría cavar su propia tumba, las políticas económicas que emanan de la Unión Europea, o la mala gestión económica realizada por los propios catalanes, pues no se puede olvidar, que disfrutan de unos niveles de competencias que son la envidia de cualquier otra región, o de cualquier otro Estado federado de los existentes en la actualidad.
No obstante, el problema catalán, por la propia singularidad del mismo, por la labor callada que han venido realizando los nacionalistas de todas las tendencias, algún día tenía que estallar, y como algunos vaticinábamos lo ha hecho en esta legislatura, posiblemente en el peor momento para España en su conjunto, pero en el mejor, pues la coyuntura le es propicia, para los propios nacionalistas. En el peor para España, porque como he dicho antes, el país se encuentra a la deriva, al haber perdido el rumbo, el norte hacia el que tiene que dirigirse, lo que le ha empujado hacia una difícil situación, del que pocos, muy pocos, observan una salida aceptable a medio plazo. Desde el advenimiento de la democracia los intereses de España han estado en todo momento articulados en torno al proyecto europeo que representaba la Unión Europea, de suerte, que el innegable crecimiento económico y de calidad de vida que ha conseguido en las últimas décadas, no cabe duda que se deben al alineamiento, a la apuesta radical que este país realizó, sin que nadie se opusiera a ello, posiblemente porque era la única salida factible, por el Estado Social Europeo, a las políticas de crecimiento y de solidaridad del mismo, pero en el momento en que éste se ha colapsado, y a la mala gestión que en muchos casos se ha realizado, España ha entrado en barrena, demostrando su dependencia, quedando hipotecada y amordazada en un callejón sin salida. Hasta hace poco aquí creíamos que “todo el monte era orégano”, y que en todo momento la Unión tiraría de nosotros, pues tanto para ella como para nosotros tal dinámica resultaba rentable, pero al haberse roto, en mil pedazos, el paradigma que hizo posible esa idea, todo se ha venido abajo, quedado nuestro país atrapado en una crisis económica de gran envergadura, a lo que se une el desplome de los postulados ideológicos sobre los que hasta la fecha se había sostenido, quedando, por tanto, a la deriva, sin fuerzas si quiera para poder levantar la cabeza para poder reinventarse.
Este es el problema actual de España, que la crisis que atraviesa todo lo que significaba el proyecto de la Unión Europea, todo lo que convirtió a ésta en un modelo a seguir, la ha dejado en la cuneta, extenuada, sólo a expensas de un milagro que difícilmente se podrá producir, sin fuerzas ni tan siquiera para mantener cohesionados a los diferentes territorios que hasta la fecha la conformaban, lo que puede suponer, a corto plazo, que tenga que refundarse como país, pues es posible, muy posible que tanto Cataluña como el País Vasco, opten democráticamente por separarse de ella para entablar su propio camino. Sí, porque toda la vitalidad de la que en estos momentos carece España, pueden encontrarlas esas dos comunidades en el proyecto de convertirse en naciones independientes, pues ambas, aunque se diga y se repita lo contrario, poseen un potencial suficiente para ello, sobre todo si logran insertarse sin problemas en la propia Unión. Posiblemente, por lo anterior, el tema haya que observarlo desde una perspectiva diferente, lo que creo que sería mucho más acertado, la que afirma que no es Cataluña la que se va, o el País Vasco, sino que es la propia España, al haber perdido su pulso vital, la que va a dejar que ambas comunidades nos abandonen, para dejarnos sumidos en nuestras preocupaciones de siempre.

25.10.12