lunes, 13 de enero de 2014

Sobre la elección de Susana Díaz, y 2

18.- Sobre la elección de Susana Díaz, y 2

            Pese a todo, como dije anteriormente, en principio no creo que Susana Díaz sea la  persona más adecuada para liderar el proceso de transformación que el Partido Socialista necesita, pero también comprendo que este Partido, carece de en estos momentos de figuras de prestigio con el suficiente peso para afrontar esta nueva etapa que obligatoriamente tiene que inaugurar, prueba de ello es la elección de la propia Susana Díaz, pero sobre todo las escasas y débiles alternativas que se han presentado para hacerle frente, lo que también habla a las claras del escaso debate de ideas, y este hecho sí resulta preocupante, que existen en su seno. Precisamente este es el motivo, y espero estar equivocado, por el que no creo que Susana Díaz sea la opción que en estos momentos tan difíciles para la sociedad española necesita la formación socialista, pues esa candidata no aporta nada nuevo, ni ideas nuevas, ni un nuevo programa o proyecto adaptado a los tiempos que vivimos para logra ilusionar tanto a su militancia como a la ciudadanía que dice estar dispuesta a representar. Da la sensación, que todos los movimientos que se están produciendo en Andalucía, en el seno del Partido Socialista andaluz, y que se exigen desde todos los ángulos que también se  lleven a cabo en ese mismo Partido a nivel estatal, están más  encaminados a seguir manteniendo el poder en el primer caso, o en constituirse como una alternativa de poder creíble en el segundo, que en renovar el perdido discurso socialdemócrata de la formación, lo que demuestra que si de algo adolece  ese Partido, es de personas que se dediquen a reflexionar, con objeto de abrir un debate profundo sobre las líneas ideológicas a seguir, lo que de ser cierto demostraría, que es una formación volcada íntegramente en la gobernación, o en la conquista del poder para poder gobernar, hecho que en una organización política de izquierdas resulta preocupante.
            No cabe duda que el proceso interno que se ha producido, que ha logrado abrirle las puertas a Susana Díaz para competir con cierta ventaja por la Presidencia de la Junta, hubiera podido desarrollarse de otra forma, pues puede dar la sensación de que todo sólo haya consistido en una escenografía, en una estrategias para ocultar lo evidente, que la candidata ha sido nombrada a dedo, después de haberse dado algunos rodeos de cara a la galería, por parte de la omnímoda dirección del partido, además de, que el Partido Socialista en estos momentos carece de un proyecto, de un nuevo discurso, para presentarse como alternativa de sí mismo.
            La profunda crisis que padecen los partidos políticos, sólo podrá superarse, cuando éstos le demuestren a la ciudadanía que son instrumentos útiles, y no sólo un peso muerto siempre pendientes de sus espureos intereses internos, que necesariamente tiene la obligación de soportar. Para ello, para lograr tal objetivo los partidos tienen una largo recorrido ante sí, pero un paso fundamental sería, que con cierto voluntarismo, trataran de abrirse a esa ciudadanía a la que constantemente le piden su apoyo, para dejar de ser esas corporaciones cerradas, gestionadas férreamente, y de forma vertical, por unos equipos directivos que a lo único que aspiran es a mantenerse en el poder de esas organizaciones. Abrirse a la sociedad significa, no abrir las puertas de sus cedes para que la ciudanía se afilie a ellos de forma masiva, sino tender puentes para atenuar las distancias que se han creado, con la intención de que las necesidades de la población sean atendidas, escuchadas y posteriormente articuladas políticamente, lo que sólo se podrá conseguir, si los partidos en lugar de dedicarse exclusivamente a la lucha política, esa que se lleva a cabo en la estratosfera política, se propusieran seriamente bajar a tierra con objeto de empaparse de esa cotidianidad que a tantos preocupa y anega, y de la que ellos tratan de escapar por todos los medios.
            Por lo anterior, en momentos tan difíciles, en los que la crisis económica tantos estragos está provocando, en el que tantos derechos que se creían consolidados en tan poco tiempo se han volatilizado, y en donde la credibilidad de la política hace aguas por todas partes, estoy convencido, que el Partido Socialista ha desperdiciado una gran oportunidad para acercarse a esa ciudadanía que tanto está padeciendo, al haberse enrocado en un proceso interno, desde mi punto de vista completamente amañado, que no ha tenido ninguna repercusión social real. Nadie sabe nada, si es que lo tiene, del programa sobre el que teóricamente se ha apoyado Susana Díaz, de las modificaciones que pudiera realizar a la práctica política que se está llevando a cabo, pues todo se ha limitado a un “movimiento de palacio”, en donde ni la ciudadanía ni los problemas de ésta en ningún momento han tenido cabida.
            Se podría decir, claro está, que lo que ha pasado es lo que tenía que ocurrir, que se trataban de problemas internos, organizativos del Partido Socialista, y que al igual que ocurre en cualquier empresa privada, tenían que resolverse de puertas para adentro. Pero un partido político no es una empresa privada, ya que son instituciones sociales que tienen que mirar, al menos para eso están constituidos, por los intereses de la sociedad, al sostenerse para colmo son dinero público.
            Es difícil comprender la cerrazón de los partidos políticos, pues lo que ha sucedido en el Partido Socialista hace poco también ha ocurrido en Izquierda Unida, al no querer aceptar con hechos y no sólo con palabras, que tienen la obligación de abrirse a la sociedad, unirse a ella y no limitarse sólo a intentar liderarla desde el exterior. Lo anterior sólo podría entenderse por el interés de las diferentes cúpulas de los partidos por mantener, contra vientos y mareas, un status quo del que sólo consiguen beneficiarse los profesionales de la política.

22.07.13


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Sobre la elección de Susana Díaz, 1

17.- Sobre la elección de Susana Díaz, 1



Hace unos días, la noticia que todos esperábamos como inevitable saltó a las cabeceras de todos los medios de comunicación, pues Susana Díaz, la persona señalada por el Presidente de la Junta, y por el aparato del Partido Socialista, no sólo había conseguido el número de avales necesarios, sino que sus competidores no lo habían podido obtener, lo que certificaba, que sin necesidad de realizar primarias, la actual Consejera de Presidencia será la candidata a las próximas elecciones, liderando a la formación socialista, para convertirse, si todo sale como esperan, en la primera Presidenta de la Junta de Andalucía. Desde un principio, la candidatura de Susana Díaz fue atacada desde todos los ángulos, sobre todo y como era de esperar desde la derecha mediática, que veía en ella a una representante del aparato del partido, acusándola incluso, como si este hecho fuera delictivo, de que toda su trayectoria profesional había transcurrido dentro del mismo, lo que significaba, según sus críticos, que al ser sólo una mera funcionaria del Partido, no estaba cualificada para gobernar una comunidad como la andaluza. También han salido a la palestra, entre otros datos biográficos, todos encaminados a desacreditarla, el hecho de que tardó doce años, doce, en terminar los estudios de derecho, algo que para algunos, sin preocuparse de las circunstancias, resulta incomprensible. Evidentemente quiero pensar, aunque personalmente no creo que sea la candidata más idónea, que la cúpula dirigente de los socialistas andaluces saben, o creen saber bien lo que hacen, y que han visto en esta joven socialista, que pese a su edad lleva muchos años en primera línea de la actividad política, a la persona más adecuada para coger el timón con objeto de renovar y aportar nuevos bríos a una formación política, que los muchos años consecutivos en el poder han conseguido erosionar parte de la credibilidad que antes poseía. No tengo dudas, por tanto, que la imagen caricaturesca y ofensiva, que de ella diariamente se dibuja en los medios, y que desgraciadamente de forma acrítica está calando en la ciudadanía, no corresponde ni mucho menos a la realidad, pues se diga lo que se diga, no cualquiera, por muy bien apoyado o apoyada que se encuentre, puede llegar al cargo que en estos momentos ocupa Susana Díaz, y al que con anterioridad ocupó, el de responsable de organización de un partido como el socialista, y mucho menos en Andalucía, su feudo tradicionalmente más importante. Lo anterior no quiere decir ni mucho menos, que el cambio del que tanto se habla en el Partido, y que muchos desean que abandere Susana Díaz, sea el cambio que la sociedad necesita y que ésta les exige a los socialistas, que sigue siendo la referencia política, a pesar de los pesares, de importantes sectores sociales.

Desde hace mucho tiempo, somos bastantes los que opinamos que el Partido Socialista, formación fundamental en el entramado político existente, necesita una profunda renovación, renovación que aunque no llegue a suponer una catarsis, éstas en política casi siempre resultan peligrosas, debería sin duda ser radical. En este partido existe una generación, ya completamente amortizada, que está ejerciendo de “tapón”, impidiendo que nuevos militantes, con ideas que se adecuen mejor a los tiempos que vivimos, tomen con decisión las riendas de esa formación, que consigan aportar una imagen nueva, una imagen que en lugar de quedarse sólo en ello, sólo en una nueva imagen electoral, traiga de la mano nuevas formas de entender y de comprender la política, con la intención de que ésta vuelva a convertirse en ese instrumento de transformación y de buena gestión que nunca debió dejar de ser. El Presidente Griñán, posiblemente agobiado por la situación por la que atraviesa su formación política, de la que constantemente surgen casos de corrupción y de nepotismo, ha dado un paso hacia delante, con toda seguridad empujado por las circunstancias, pero que estoy convencido, ya que todos “los delfines” acaban revolviéndose contra los que en su momento lo acariciaron, va a suponer la apertura de una nueva etapa, al menos dentro del Partido Socialista andaluz. Una nueva etapa que puede, según todo parece indicar, que sea, al menos en un principio, sólo un gesto cosmético, en la que se moverán sin duda algunas piezas, pero que la pesada estructura del Partido, hará posible que éstas no sean esenciales, con objeto de que nada cambie en lo fundamental.

De un tiempo a esta parte, se tiene consciencia generalizada de que los partidos políticos son una parte importante de los problemas por los que atraviesa el país, por lo que la credibilidad de los mismos, a pesar de que siguen ocupando y controlando casi todas las esferas del poder, se encuentra bajo mínimo, lo que de forma independiente a las críticas que se les debe realizar, sin escatimar pólvora en ello, debe preocupar, y mucho, a los que aún seguimos interesados por eso que antes se llamaba “lo social”. Por ello, todo movimiento reformista que se produzca en los mismos, por mínimo que puedan parecer, deben ser analizados y tenidos en cuenta, al tiempo que es necesario interpretar las diferentes voces, en favor y en contra, que esos movimientos van provocando, pues uno de los graves problemas que padecemos en la actualidad, es que demasiados agentes se ven “obligados” a dar su opinión desde sus publicitadas tribunas, sin que quienes las escuchan o las lean, posean los fundamentos ni el tiempo necesario para analizarlas y contextualizarlas, lo que provoca que opiniones sesgadas y a todas luces interesadas, sean asumidas por la ciudadanía como verdades objetivas. Por ello es necesario, con los datos con los que se cuentan, intentar abrir un hueco por mínimo que sea, para intentar comprender, desde la posición que se ocupe, lo que realmente está ocurriendo, aunque sólo sea para que opiniones ajenas, casi siempre interesadas y en muchas ocasiones mercenarias, no sean las que gobiernen nuestras opiniones.



20.07.13

jueves, 21 de noviembre de 2013

Anotaciones sobre el cierre de la Television Pública griega, y 2

16.- Anotaciones sobre el cierre de la Televisión Pública griega, y 2
 
A pesar de que pueda parecer un contrasentido, no tengo ningún inconveniente en afirmar, después de decir que no pasaría absolutamente nada si desaparecieran del mapa audiovisual, o si se cerraran tal y como ha ocurrido en Grecia las diferentes televisiones públicas, que socialmente resultan necesario su existencia, pero eso sí, con un formato y con unos contenidos radicalmente diferentes de los que hoy en día poseen. Unas televisiones públicas que aspiren a algo más que a entretener, desde la banalidad, a una audiencia que se conforma, de forma acrítica y sin pedir nunca demasiado, con la programación con la que se encuentran, con una programación intercambiable, porque es similar, con la que ofrecen las restantes televisiones generalistas privadas. Sí, estoy convencido que es necesario la existencia de una Televisión Pública, que en lugar de dedicarse a competir con las privadas tenga una función diferente, la del servicio público, la de sin caer en el aburrimiento, aborde aquellos otros temas, que en principio, carecerían de la audiencia necesaria para que se interesen por ellos las otras emisoras, que evidentemente tienen siempre que estar pendientes de sus cuentas de resultados, y por tanto, del número de espectadores que cada día sintonicen su programación. Parece evidente que la lucha por la audiencia, despiadada siempre, ha dejado demasiados huecos sin cubrir, lo que convierte a la pluralidad real existente, esa de la que tanto se enorgullecen nuestros políticos, en una pluralidad disfuncional, en la que, a pesar del amplio abanico de posibilidades que teóricamente se ofrece, al final sólo se puede elegir lo mismo, aunque el pelaje de la apariencia trate de ocultar la realidad.
Pero no se trata sólo de ocupar los amplios y cada día más escandalosos huecos que van dejando sin atender los diferentes medios de comunicación, al no interesarse por ellos debido a su escasa rentabilidad, sino llevar a cabo una pedagogía que intente inocular una serie de valores sociales, o comunitarios, al tiempo que compensar los desequilibrios, por no decir los estragos, que las implacables dinámicas del mercado están provocando. El Estado tiene la obligación, a la par que proteger a la iniciativa privada, de tratar de evitar, mediante diferentes acciones, que esa iniciativa privada, siempre pendiente de sus legítimos intereses, provoque acusadas asimetrías que puedan afectar al correcto funcionamiento de “la nave social”. La Televisión Pública, dado su innegable poder, puede convertirse en el instrumento adecuado para que desde el Estado, se puedan introducir los correctivos necesarios, para que por ejemplo, todo aquello que no sea en principio rentable económicamente, o que pueda resultar poco rentable, siga teniendo un protagonismo, o para potenciar mediante una programación adecuada, valores y contenidos esenciales para la propia salud democrática, como la actitud crítica, que poco a poco va quedando difuminada, domesticada y menguada debido a la criminal, sí, a la criminal estandarización cultural que desde hace tiempo venimos padeciendo.
Aunque sólo sea por lo anterior, la necesidad de una Televisión Pública solvente, independiente e intervencionista resulta evidente, pues el protagonismo desmesurado que muestran determinados actores públicos, que no se cansan de demostrar su inmenso poder, sobre todo aquellos vinculados a los intereses espureos del capital, están configurando un nuevo tipo de sociedad en la que se están imponiendo una serie de valores, gracias a los cuales, amplios sectores de la misma, están quedando apartados de los centros de poder, convirtiéndose en meros oyentes o en simples espectadores de lo que ocurre a su alrededor. La apolitización y la “monoculturalización” extrema que se está implantando, debido al discurso hegemónico que afirma que sólo existe una forma de entender lo social, y que es el grave problema al que nuestras sociedades avanzadas se enfrentan, sólo puede ser contestado desde la diversidad real, desde los arraigados y trabajados fundamentos sobre los que tienen que apoyarse las diferentes opciones existentes, que tienen que ser favorecidas desde un poder público que controle con objetividad las normas del juego democrático, que en muchas ocasiones, para evitar que queden neutralizadas, debe pasar por favorecer a aquellas opciones minoritarias que cuentan con escaso margen de maniobra.
En este escenario, con objeto de evitar el predominio absoluto de opciones ideológicas concretas, o lo que es lo mismo de determinadas opciones culturales que aspiren a controlar de forma omnímoda todo el entramado social, tiene un papel esencial “lo público”, que, por ejemplo, desde los medios de comunicación que controle, en un momento histórico en el que la comunicación es esencial, se dedique a “distribuir el juego”, con la intención de intentar evitar que se atrofie definitivamente el cuerpo social que soporta y hace creíble al propio sistema democrático.
Dicho lo cual sólo me queda por decir, que las televisiones públicas actuales, tal y como están concebidas, carecen de sentido ya que están controladas, al ser entendidas como vectores estratégicos por los poderes dominantes, pero también, que la existencia de dichos medios públicos si están controlados democráticamente, son esenciales, si a lo que aspiran es a mantener y a sostener unas sociedades libres, plurales y por supuesto democráticas.

23.06.13




viernes, 18 de octubre de 2013

Anotaciones sobre el cierre de la televisión publica griega, 1

15.- Anotaciones sobre el cierre de la Televisión Pública griega, 1

Hace unas semanas, saltó a las primeras páginas de los medios de comunicación, que el gobierno griego, en su inducida estrategia por recortar el gasto público, de la noche a la mañana había decretado el cierre de la televisión estatal griega, decisión que había dejado a tres mil trabajadores en la calle. Evidentemente la noticia tuvo una gran repercusión, pues cierto corporativismo, lógico por otra parte, se apoderó de la clase periodística, escuchándose lo de siempre, “que una voz se había apagado”, o que “la medida había supuesto, en unos momentos en que la información, de que la información verás resulta imprescindible, un duro ataque a contra la libertad de prensa”. No sé el tipo de televisión que hacía esa cadena pública, aunque observando la que se hace en España no tengo más remedio que temerme lo peor, por lo que en principio, no me preocupa tanto el cierre de esa emisora como el número de trabajadores que han quedado desempleados, pero al hilo de lo ocurrido, creo necesario que se abra un debate sobre la necesidad o no, de que siga existiendo medios de comunicación públicos, y de la función, en el caso de que se apueste por su existencia, que dichos medios deben de tener.
De forma independiente al posicionamiento político que se mantenga, parece que existe una coincidencia generalizada sobre la necesidad de volver a la austeridad, después de un periodo de tiempo, en el que gracias a la bonanza económica de la que se ha disfrutado, el despilfarro ha sido, como se ha podido verificar, una de las constantes sobre las que se ha sostenido tanto la Administración Pública como las prácticas políticas que se han desarrollado. Un despilfarro, que ahora que los tiempos han cambiado, pone en jaque, casi en jaque mate, al propio sistema político que nos define, por la sencilla razón de que ya no se pueden seguir pagando las abultadas facturas que exige su mantenimiento, lo que obliga, lo que está obligando a que se lleve a cabo unas series de políticas de adelgazamiento, que están poniendo en cuarentena muchas de las funciones, y de los cometidos, que hasta la fecha han venido realizando nuestras administraciones, de suerte, y se es consciente de ello, que de esa reestructuración dependerá la viabilidad futura del Estado del bienestar, al menos tal y como se ha venido entendiendo hasta ahora. Se tiene claro, muy claro, cuales tienen que ser los pilares sobre los que tiene que sostenerse, que no son otros que la educación, la sanidad y los sistemas sociales de cohesión, por lo que en aras de su fortalecimiento, es comprensible que funciones que hasta ahora se asociaban al mismo tengan que ser privatizadas, o lo que es lo mismo, que tengan que pasar a manos de la propia sociedad, pues sus elevados costes, están dificultando la financiación pública de otros servicios, estos sí esenciales, que la propia sociedad tiene la obligación de salvaguardar e incluso potenciar en beneficio de todos y muy especialmente de los sectores menos favorecidos.
Resulta evidente, que entre esas prioridades esenciales no se encuentra el mantenimiento de una televisión pública, cuyo objetivo primordial sea el de ejercer de portavoz del gobierno de turno, al tiempo que el de publicitar sus políticas, además de competir de forma desleal, al ser mantenida por los presupuestos públicos, gracias al mantenimiento de una programación banal, contra las restantes televisiones privadas existentes.
Debido a su influencia, a su poder, es difícil que en un país como España, la Televisión Pública quede al margen de la lucha partidaria, lo que la convierte en el gran botín a conseguir, prueba de ello, es que cualquier administración que se precie, y me niego a creer que sólo de forma gratuita y filantrópica, cuenta con su propia televisión, ya sea central, autonómica o local, que en lugar de estar ideadas para prestar un servicio público o comunitario, como sería deseable, son ante todo, instrumentos en manos de los partidos políticos que la controlan, instrumentos para colmo pagados por el erario público, que aparte de ofrecer una información siempre sesgada y en múltiples ocasiones claramente manipulada, no consiguen aportar nada nuevo, o interesante, a la oferta televisiva existente. No, la Televisión Pública, tal como se presenta no tiene sentido que siga siendo soportada por el dinero de los contribuyentes, sobre todo, cuando existen otras necesidades más apremiantes que atender, no valiendo el argumento, tan socorrido a veces, de que al cerrarlas quedarían en la calle gran número de trabajadores, pues cada día, y nadie parece preocuparse por ellos, ingresan en las filas del desempleo muchos ciudadanos que no han tenido la suerte de pertenecer a ningún ente público, al tiempo que quedan sin cobertura social, por diversos motivos, otros tantos.
Sí, es esncial que se sea riguroso con los recortes, y no creo que las televisiones públicas, tal como hoy en día están concebidas, al igual que ocurre con otros organismos públicos, tengan que salvarse de los tijeretazos que tanto se están prodigando en estos difíciles tiempos que nos han tocado vivir, sobre todo cuando no pasaría absolutamente nada, y esto lo sabemos todos, si dejaran de emitir, ya que en la parrilla televisiva existen alternativas suficientes para que su ausencia no llegue a notarse, cosa que con facilidad se puede demostrar, comparando la programación que ofrece la Televisión Pública, con las que llevan a cabo las privadas. Pero lo anterior, aunque pueda resultar contradictorio, no quiere decir, que la existencia de una televisión púbica no sea necesaria, ya que socialmente su existencia sería incluso hasta recomendable.

21.06.13

lunes, 9 de septiembre de 2013

Sobre la sociedad y las instituciones

14.- Sobre la sociedad y las instituciones

Se puede decir ya con toda seguridad, de forma independiente a los factores externos que han generado la crisis económica que hoy padecemos, que los controles democráticos, que se articularon en torno a las instituciones existentes, ideados para salvaguardar al sistema, han fallado de forma estrepitosa, lo que ha hecho posible que los efectos de la misma, que hubieran podido controlarse con relativa facilidad si todo hubiera funcionado correctamente, se hayan multiplicado de forma exponencial hasta llegar a poner en peligro al propio sistema democrático, por no hablar ya de la sociedad a la que éste ampara. Sí, todo hubiera podido quedar bajo control en un tiempo razonable y con unos costes asumibles, pero las primeras oleadas de la crisis dejaron al descubierto que gran parte de los cortafuegos construidos se encontraban dañados, o lo que es lo mismo, que no estaban funcionado correctamente, lo que ha permitido que los destrozos sean muy superiores a los imaginados incluso por los analistas más pesimistas. Por ello, ahora esta sociedad tiene que enfrentarse a dos problemas, a las consecuencias directas de la crisis, como el elevado número de desempleados que a causa de ella han quedado en la cuneta, y la institucional, que se quiera o no, va a tener que obligar a que se tenga que realizar una profunda reflexión sobre la función que debe realizar cada institución, además, y esto es extremadamente importante, de la forma en que cada una de ella se tiene que gobernar, pues el problema que ha ocurrido es que dichas instituciones no han sido gestionadas adecuadamente.
En principio las culpas recaen, todas, en la clase política de este país, que sin problemas de consciencia, se ha dedicado a colonizar en beneficio propio, y de forma depredatoria, todas y cada una de las instituciones que ha ido encontrado a su paso, actitud que ha conseguido esterilizar dichas instituciones para las diferentes funciones que tenían que desempeñar, lo que ha impedido que saltaran las alarmas en el momento en que tuvieron que saltar. Ante este hecho, fehaciente y sobradamente acreditado, algunos echamos de menos la existencia de una sociedad civil potente, capacitada gracias a su militancia y a su compromiso para controlar a esa clase política en dos frentes, el de obligarla a cumplir con sus deber, y en el de supervisar que no se dedique a ocupar espacios sociales que no le corresponden, como aquellos ideados para verificar las actuaciones de la propia clase política. Pero esa sociedad civil desde hace tiempo se encuentra neutralizada, desactivada, retirada a sus ámbitos privados, sin interés alguno por asomarse a la plaza pública, y de este hecho, todo hay que decirlo, tiene la culpa la propia clase política, que en lugar de llevar a cabo una pedagogía tendente a politizar la sociedad, se ha dedicado de forma sistemática a hacer todo lo contrario, con objeto de que la política quedara sólo en sus manos, alejando a la sociedad de la misma.
Soy de los que opinan que parte de lo ocurrido, se debe a la desafección de la ciudadanía hacia la política, y no me refiero a la política partidista, que ha dejado las manos libres a los partidos y a sus funcionarios para hacerse cargo de todos los puestos de mando de nuestras sociedades, sin que se comprendiera, que los partidos, en primer lugar siempre tienden a mirar por sus intereses, dejando para un segundo lugar, o para un tercero, todas aquellas cuestiones por las que dicen trabajar. El paisaje después de la batalla resulta demoledor, dejando al descubierto cómo la instrumentalización de las instituciones, por parte de los diferentes partidos, para lo único que ha servido ha sido para debilitar al sistema, sin que ello haya supuesto la quiebra de dichas formaciones, que siguen gobernando como si nada, como si absolutamente nada hubiera ocurrido. Estoy completamente convencido que gran parte de lo que estamos padeciendo, como la quiebra real de parte del sistema financiero y el excesivo endeudamiento familiar, se debe precisamente a la dejadez mostrada por los organismos de control, en este caso el Banco de España, que de forma criminal prefirió mirar hacia otro lado, en lugar de alertar sobre lo que estaba ocurriendo. Por ello, como se ha demostrado, dejar la política sólo en manos de los políticos es una estrategia suicida, pues los representantes políticos que controlan las diferentes instituciones tienen que ser controlados, y en corto, por la propia sociedad civil, lo que tiene que obligar a ésta a tener que realizar un esfuerzo que en la mayoría de las ocasiones no está dispuesta a realizar.
Evidentemente, como dice Ruíz Soroa, no contamos en España con reservas de ciudadanía para que pueda realizarse ese control de los partidos y de sus aparatos, pero hasta que esto no ocurra, y esto hay que tenerlo presente, todo el poder quedará en manos de esos mismos partidos, ya que entre ellos ocultarán lo que tengan que ocultar y dejarán al descubierto sólo aquello que deseen enseñar. La aspiración de Ruíz Soroa de una democracia sin ciudadanía, de un sistema democrático sólo sustentado por la vigilancia que se realicen entre sí las diferentes instituciones se precipita hacia el idealismo más absoluto, pues mientras el escenario público esté controlado por los partidos políticos, esas instituciones cerraran los ojos ante todo lo que ocurra que no les convenga a quienes las controlan.
La regeneración democrática que tanto se necesita y que tanto se proclama, o se realiza desde un compromiso social a gran escala, en donde la movilización social sea una realidad, o sólo se quedará en una estrategia de cara a la galería diseñada por aquellos que aspiran, a pesar de sus tremendos errores, a seguir manteniéndose en el poder.

17.05.15

lunes, 8 de julio de 2013

Sobre "Los escraques"

13.- Sobre “Los escraques”



Desde no hace mucho, se viene observando un nuevo fenómeno, el de “los escraques”, que está provocando una gran polvareda, que apunta en último extremo a un mayor control de los políticos electos por parte de la ciudadanía, de unos políticos que hasta hace unos meses sólo creían estar sujetos a la disciplina de sus propios partidos. “Los escraques” son concentraciones que se realizan delante de los domicilios particulares de cargos electos concretos, que aspiran a recordarles a éstos, que existe un problema y que tienen la obligación de afrontarlo. Los que se manifiestan en contra de estas acciones, que son muchos, estiman que la función de los mismos no es otra que la de intentar influir, mediante la presión, sobre los políticos con objeto de que éstos se alineen a favor de la tesis que defienden, recordándoles dichas acciones a las que los nacionalsocialistas alemanes llevaron a cabo contra los judíos, por lo que están convencidos que lo que en realidad están llevando a cabo esos grupos, a los que califican de extrema izquierda, no es otra cosa que una coacción ilícita, y por supuesto antidemocrática, contra los genuinos representantes de la soberanía popular, que siempre deben actuar sin influencias de ningún tipo. Por lo anterior, cuando el número de “escraques” aumenta, la polémica sobre los mismos está anegando los medios de comunicación, con encendidas opiniones a favor y en contra de los mismos.

El movimiento de “los escraques” ha salido a la palestra de la mano de los desahucios masivos que se están llevando a cabo por parte de las entidades financieras, muchas de ellas salvadas de la quiebra gracias al erario público, que está poniendo en la calle a muchas familias que no han podido hacer frente a sus obligaciones hipotecarias. Este es un tema, el de los desahucios, que está calando hondo en la opinión pública, que observa como los grandes damnificados por la crisis se quedan a la intemperie, sin posibilidad alguna de poder levantar cabeza a largo plazo, mientras que los que la han provocado, reciben ayudas y más ayudas de las instituciones públicas, para que sigan realizando su labor como si nada hubiera pasado. No cabe duda que en un mundo tan mediático como en el que vivimos, la aparición de este fenómeno en las primeras páginas de los medios, se debe a la labor de las diferentes plataformas antidesahucios que se han articulado a lo largo y ancho de todo el territorio nacional, subrayando un problema, mediante manifestaciones y concentraciones, que hubiera quedado eclipsado por otras cuestiones de la actualidad, y contabilizándose como una causa lógica e inevitable de la catastrófica crisis que padecemos. De suerte, que sin esa inesperada y hasta cierto punto insólita presión popular, no se hubieran llegado a tomar las aún tímidas medidas, tanto judiciales como legislativas que se han realizado en los últimos meses para paliar, en lo posible, las consecuencias reales que el desempleo masivo está provocando entre los afectados por el mismo, que entre otras cosas, les impide poder pagar el techo bajo el que duermen.

Pero aquí no quiero entrar en la crisis hipotecaria ni en los efectos de la misma, que creo ya bastante conocidos por todos, sino en dos cuestiones que me llaman la atención, el de la movilización de un sector de la ciudadanía ante “lo inevitable”, y como consecuencia de ella, al control que los representantes públicos van a tener que soportar por parte de esa “ciudadanía militante”, que está convencida que sus representantes tienen la obligación de velar por ella, por sus problemas, y no por los intereses de las formaciones políticas a las que pertenecen, o a espureos intereses que nadie sabe a quiénes benefician en último extremo.

Sí, hay que reconocer que algo está cambiando en esta sociedad, y todo se debe a la crisis, a los devastadores efectos de la tan cacareada crisis que estamos padeciendo, que ha conseguido tirar por tierra el escaso prestigio que aún atesoraban los políticos, y que ha puesto en pie de guerra a determinados colectivos, que sin miedo se han apoderado de las calles. Hasta ahora, a los políticos, a los políticos profesionales, se les dejaba en paz, al estimarse tácitamente que no eran más que funcionarios de los partidos empresas a los que pertenecían, y que como consecuencia, sólo tenían y podían hacer lo que desde sus cúpulas directivas se les ordenaba, pasando inadvertidos y como por encima de una ciudadanía que sólo se limitaba, sin conocerlos, a votarlos o no, no a ellos sino a los partidos de los que son funcionarios, en las diferentes convocatorias electorales ante las que se les citaba. Pero ahora, de forma curiosa, gracias en buena medida a “los escraques” los focos se ponen ante ellos, obligándoles a sentir, como comúnmente se dice, el aliento de los electores sobre su cogote, lo que modifica, y de forma radical, la forma que hasta la fecha han tenido de entender la política, lo que les hace comprender, o les tendrían que hacer comprender, que ante quienes tienen que rendir cuentas es ante esa ciudadanía a las que tienen que representar y no sólo ante el staff de su formación política.

No cabe duda que todo lo que está sucediendo se debe a la aún embrionaria movilización popular que se está llevando a cabo, a la politización de la sociedad, que es la que le “complica la vida” a esos políticos, que evidentemente antes vivían mejor que cuando esa misma ciudadanía apenas reparaba en ellos y les dejaba hacer libremente. Por ello, por mucho que digan, los grandes beneficiados de una ciudadanía apática, siempre ha sido la propia clase política, que no en vano en todo momento ha potenciado una sociedad despolitizada, antes que una ciudadanía vigorosa, siempre encima de lo que realmente le interesa, informada, crítica y deseosa de fiscalizar la labor de sus representantes. Espero, que poco a poco, el tejido social de nuestra sociedad siga tensándose, pues ello redundará en una mejor clase política, que a su vez, sin duda alguna, hará posible una mejor gestión de los asuntos públicos.



16.04.13

lunes, 3 de junio de 2013

Sobre la monarquía

 
12.-

Sobre la monarquía

No deja de llamarme la atención la excesiva repercusión mediática que está provocando la imputación de la Infanta Cristina por “el caso Nóos”, pues a pesar de que todos intuíamos lo que podía pasar, o de lo que con seguridad tendría que pasar, ya que su actitud en el mismo en ningún momento ha sido de recibo, me ha sorprendido encontrarme con un tsunami de tal envergadura. Posiblemente se ha debido, al hecho de que hasta hace poco, la Casa Real era intocable en este país, manteniéndose al margen del escrutinio de los medios de comunicación, que son los que han levantado la liebre del mal hacer de algunos miembros de tal real familia. Lo que ha pasado tenía que pasar, pues al verse visto salvaguardados, se habían creído que podían hacer de su “capa un sayo”, y que en consecuencia se encontraban “más allá del bien y del mal”, incurriendo en liberalidades que estimaban que jamás se les tendría en cuenta. Ni que decir tiene que la culpa es de ellos, pero también, y esto hay que subrayarlo, del escaso control democrático que ha existido, como ha ocurrido en tantas otras cuestiones que nos han conducido a la difícil situación en la que en estos momentos nos encontramos. Lo mismo, o más de lo mismo ha ocurrido con los partidos políticos, con esas mastodónticas estructuras, que como grandes sabandijas, se han adherido a nuestro cuerpo social apoderándose de parte de su vitalidad. Si algo parece claro a estas alturas, es que la hasta hace poco modélica Transición Política a la Democracia ha sido un fracaso, pues apoyándose en la idea, en principio comprensible, de fortalecer a unas instituciones muy débiles, se crearon los instrumentos necesarios, para que una parte esencial del sistema, como la propia Corona o los Partidos Políticos quedaran en buena medida al margen de la fiscalización democrática, y claro, “de aquéllos polvos, estos lodos”.
Aunque se está dando una gran cobertura al tema de la Casa Real, no creo que la importancia de lo que ha ocurrido en la misma, o desde la misma, sea para tanto, entre otras razones porque la trascendencia de los actos de la Corona es muy relativa, aunque evidentemente puede provocar cierto y comprensible morbo, o ser utilizado el tema para canalizar hacia él parte del descontento existente. Es posible, por tanto, que los problemas por los que está pasando la institución monárquica se estén instrumentalizando para ocultar o aparta de la primera línea de fuego otros problemas que sí tienen una importancia radical, como la cuestión de la incapacidad y de la rapacidad de la clase política de este bendito país, que sin duda, es la causante de la mayor parte de los problemas que nos están embargando.
Desde mi punto de vista, a nuestra clase política hay que acusarla en primer lugar de la escasa labor pedagógica que ha realizado, tanto en lo referente a la creación de una cultura democrática, como a la articulación de una sociedad que se asentara sobre valores cívicos, críticos y sostenibles, posiblemente porque así evitarían en el tiempo un control exhaustivo sobre ella, y potenciar por el contrario una sociedad dependiente y anémica, exactamente aquello que le interesaba a los poderes antiguamente llamados fácticos que son los que desde un primer momento han controlado a esa clase política. En fin, un despropósito.
La denominada clase política, desde hace un tiempo en jaque por los medios de comunicación y por la judicatura, parece que ha encontrado, de forma momentánea, un tema que le sustituya en la cabecera de la crónica de sucesos de los medios, ocultando que gran parte de los odios y de la críticas que hoy en día se dirigen a la Monarquía, tienen su origen en la dejación ejercida voluntariamente por la propia clase política, y olvidando, que al abrir las puertas de lo que hasta hace poco era una institución hermética, se está dejando que se ataque, cada día que pasa con una munición de mayor calibre, y creo que irresponsablemente, al teórico centro institucional del sistema. Son ya pocos los que dudan, al menos en su fuero interno, que el modelo elegido para llevar a cabo la Transición Política si no ha supuesto un fracaso absoluto, sí tenía una fecha de caducidad que no se ha respetado, lo que ha provocado que a las primeras de cambio, en el momento en que la coyuntura se ha vuelto adversa, todo haya estallado por los aires, pues las zonas de sombras que propició como necesarias, apoyadas por la insensata despolitización impuesta a la sociedad, ha provocado focos de corrupción inaceptables en un país moderno, como muchos creíamos que era España hasta hace poco.
Cuando digo que se está dejando que se ataque de forma irresponsable a la institución monárquica, evidentemente no quiero decir que la clase política tenga que neutralizar las críticas que con razón se están realizando, sino por el contrario, que tiene la obligación de liderar esas críticas con objeto de fortalecer a dicha institución, para impedir que la Corona, a la que tanto alaban en público pero a la que tan poco se respeta, se desmorone como lo está haciendo, sólo para que gracias a ella se pueda desviar, repito que irresponsablemente, las fuertes críticas que la propia clase política está recibiendo desde hace algún tiempo. El problema, o la cuestión, es que en un país tan extraño como España, pocos comprenden, y lo digo desde mi republicanismo, el poder moderador, estabilizador, pero sobre todo vertebrador que puede llevar a cabo una monarquía moderna que se asiente sobre el respeto a la norma y sobre la transparencia que exige todo sistema democrático. Sí, parece que en este país todos hemos tomado a la monarquía como algo meramente anecdótico, como una especie de exótica guinda impuesta, cuya única finalidad, es la de ejercer las funciones de relaciones públicas para la ahora tan renombrada “Marca España”, sin que casi nadie comprenda que existen otras tareas más importantes, de consumo interno, que tiene la obligación de ejercer.
Hoy, cuando todo se desmorona, cuando la quiebra de los partidos políticos y de la política parece evidente, cuando la propia integridad del país se pone en duda, se echa en falta un centro neurálgico creíble, que en momentos como los actuales, en donde nada parece dotado de la estabilidad suficiente, sirva de contrapeso al movimiento que estamos observando y padeciendo de “sálvese quien pueda”, en el que cada particularismo se apoya en el que encuentra a su lado para no hundirse sólo. Pues bien, ese centro estabilizador, creíble y al mismo tiempo dotado de la estabilidad institucional basada precisamente en intentar conjugar a todos esos particularismos existentes, a toda la pluralidad que debe coexistir en toda sociedad moderna, en España debería de ser la Monarquía, o al menos para esa finalidad fue ideada, pero que también hubiera podido ser, si se hubiera optado por ello, la presidencia de una república. Una Monarquía que también, en estos momentos parece hacer agua por todas partes, careciendo debido a sus escándalos internos de margen de maniobra, y a ante la que nadie parece estar interesado por hacer nada que pueda evitar su hundimiento definitivo. Y el problema, aunque sólo sea para que quede algo sólido, es que hace falta algo creíble que al menos nos haga comprender que no todo es naufragio. En Italia, cuyo modelo político siempre se ha intentado evitar, la quiebra del sistema de partidos se contrarresta con la existencia de un Presidente de la República creíble y hasta cierto punto respetado, que en estos momentos es Napolitano, cuya sola existencia en el caos institucional existente, aporta cierta estabilidad. Por el contrario, aquí, ni la política, ni la monarquía, ni las empresas ni los sindicatos, consiguen aportar algo tan básico para un país como es la credibilidad o la estabilidad institucional.
Evidentemente no he querido realizar una defensa de la Monarquía, pues sus representantes parecen que desde hace años han estado viviendo en otro mundo, y cuyos errores de bulto, que en el fondo no son tan excesivos como a veces se nos presentan, tendrán que dirimir ante los tribunales de justicia o ante la opinión pública, ya que de lo que he tratado de hablar, es de que también lo que ha debido mantenerse estable se ha desmoronado, y que pocos son los interesados en que recobre su solidez cuando ellos mismos también se están hundiendo. La catarsis cada día parece más necesaria.

05.04.13