lunes, 10 de diciembre de 2012

Sobre las proclamas independentistas de Artur Mas

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4.- Sobre las proclamas independentistas de Artur Mas

El otro día escuché una entrevista que le hicieron a Artur Mas, en donde el líder nacionalista catalán dijo algo, que ha pasado completamente desapercibido, a pesar de que en esas palabras creo que se encuentra el núcleo de la cuestión, de la cuestión que en estos momentos mantiene en pie de guerra a todos los que, de una forma o de otra, participan en el debate político de este país, el tema de la posible secesión o independencia de Cataluña. Más o menos, el presidente del gobierno catalán dijo, en unos términos bastantes orteguianos, que el problema es que en estos momentos España carece de proyecto, mientras que Cataluña posee uno, uno ilusionante, el de la independencia, y que por eso, hoy por hoy, tal proceso resulta inevitable. No sé, no estoy seguro de que esto último sea cierto, pero de lo que sí estoy convencido, es que España, como nación, como país, se ha quedado sin proyecto de futuro, pues parece que de un tiempo a esta parte, vive a expensas de los vientos dominantes, que son de tal magnitud, que sólo parece que la conducirán al naufragio definitivo, y en donde el grito de “sálvese quien pueda”, entre tanto alboroto, es el único que llega a los oídos de los que estupefactos, contemplamos lo que está ocurriendo.
Con todo lo que está cayendo, para colmo, aparece en escena el tema de la independencia, que a pesar de haber tenido siempre un gran peso y raigambre en la sociedad catalana, sociedad que para colmo desde La Transición ha vivido un proceso de catalanización muy inteligente y de gran envergadura, que poco a poco ha ido anegando todas las esferas de la vida de dicha comunidad, ha sido instrumentalizado, está siendo instrumentalizado políticamente en estos momentos por unos políticos, que en buena medida tratan de ocultar con la bandera nacionalista, envolviéndose en ella, los graves problemas que están provocando sus políticas de recortes sociales. La jugada me parece magnífica, muy propia de los nacionalistas de todas las banderas, pues éstos, ante problemas de difícil solución, siempre optan por echarle la culpa a los mismos, a “los otros”, a unos otros que en esta ocasión sólo podía ser el Estado español, o España, y no por supuesto, porque ello significaría cavar su propia tumba, las políticas económicas que emanan de la Unión Europea, o la mala gestión económica realizada por los propios catalanes, pues no se puede olvidar, que disfrutan de unos niveles de competencias que son la envidia de cualquier otra región, o de cualquier otro Estado federado de los existentes en la actualidad.
No obstante, el problema catalán, por la propia singularidad del mismo, por la labor callada que han venido realizando los nacionalistas de todas las tendencias, algún día tenía que estallar, y como algunos vaticinábamos lo ha hecho en esta legislatura, posiblemente en el peor momento para España en su conjunto, pero en el mejor, pues la coyuntura le es propicia, para los propios nacionalistas. En el peor para España, porque como he dicho antes, el país se encuentra a la deriva, al haber perdido el rumbo, el norte hacia el que tiene que dirigirse, lo que le ha empujado hacia una difícil situación, del que pocos, muy pocos, observan una salida aceptable a medio plazo. Desde el advenimiento de la democracia los intereses de España han estado en todo momento articulados en torno al proyecto europeo que representaba la Unión Europea, de suerte, que el innegable crecimiento económico y de calidad de vida que ha conseguido en las últimas décadas, no cabe duda que se deben al alineamiento, a la apuesta radical que este país realizó, sin que nadie se opusiera a ello, posiblemente porque era la única salida factible, por el Estado Social Europeo, a las políticas de crecimiento y de solidaridad del mismo, pero en el momento en que éste se ha colapsado, y a la mala gestión que en muchos casos se ha realizado, España ha entrado en barrena, demostrando su dependencia, quedando hipotecada y amordazada en un callejón sin salida. Hasta hace poco aquí creíamos que “todo el monte era orégano”, y que en todo momento la Unión tiraría de nosotros, pues tanto para ella como para nosotros tal dinámica resultaba rentable, pero al haberse roto, en mil pedazos, el paradigma que hizo posible esa idea, todo se ha venido abajo, quedado nuestro país atrapado en una crisis económica de gran envergadura, a lo que se une el desplome de los postulados ideológicos sobre los que hasta la fecha se había sostenido, quedando, por tanto, a la deriva, sin fuerzas si quiera para poder levantar la cabeza para poder reinventarse.
Este es el problema actual de España, que la crisis que atraviesa todo lo que significaba el proyecto de la Unión Europea, todo lo que convirtió a ésta en un modelo a seguir, la ha dejado en la cuneta, extenuada, sólo a expensas de un milagro que difícilmente se podrá producir, sin fuerzas ni tan siquiera para mantener cohesionados a los diferentes territorios que hasta la fecha la conformaban, lo que puede suponer, a corto plazo, que tenga que refundarse como país, pues es posible, muy posible que tanto Cataluña como el País Vasco, opten democráticamente por separarse de ella para entablar su propio camino. Sí, porque toda la vitalidad de la que en estos momentos carece España, pueden encontrarlas esas dos comunidades en el proyecto de convertirse en naciones independientes, pues ambas, aunque se diga y se repita lo contrario, poseen un potencial suficiente para ello, sobre todo si logran insertarse sin problemas en la propia Unión. Posiblemente, por lo anterior, el tema haya que observarlo desde una perspectiva diferente, lo que creo que sería mucho más acertado, la que afirma que no es Cataluña la que se va, o el País Vasco, sino que es la propia España, al haber perdido su pulso vital, la que va a dejar que ambas comunidades nos abandonen, para dejarnos sumidos en nuestras preocupaciones de siempre.

25.10.12

lunes, 3 de diciembre de 2012

Sobre la crisis y los empresarios

3.- Sobre los empresarios y la crisis

La crisis es una cruel realidad. Me paso horas delante del televisor o escuchando la radio, además de leyendo múltiples artículos en la prensa, para intentar comprender las causas y para conocer los devastadores efectos de la recesión o de la depresión que estamos padeciendo, pero desde donde mejor se puede observar y calibrar lo que realmente está acaeciendo es en la calle, contactando con los que de verdad, y en sus propias carnes, la sufren y la soportan. Como me ocurrió hace unos meses en Pino Montano, ayer me encontré con otra cara de la realidad a la que no se le está prestando la atención que merece, posiblemente porque no se quiere llamar a las cosas por su nombre, y es la nefasta actitud empresarial, la funesta cualificación de una parte muy importante, sí, muy importante de la clase empresarial realmente existente. En Sevilla no abundan los grandes empresarios, como tampoco abundan las grandes empresas, sosteniéndose históricamente el tejido productivo de la ciudad en lo que ahora se llaman los pequeños emprendedores, que poco a poco, una vez pinchada la burbuja financiera en la que durante un periodo bastante prolongado todos hemos vivido, se están dedicando a cerrar sus empresas, en muchos casos meros chiringuitos, dejando a una ingente multitud de trabajadores en el desempleo.
Con lo anterior no quiero decir, aunque la actitud de muchos de ellos haya sido delictiva, al menos socialmente, que todos han obrado con mala voluntad, no, lo que quiero decir, es que para la mayoría de ellos ser empresario no es otra cosa que ganar dinero, y que los empleados que han necesitado tener, no han sido más que meros instrumentos para obtener dicho fin, importándoles muy poco las circunstancias en las que vivían y en las que han quedado una vez que se han desprendido de ellos. El problema es que nunca han comprendido el papel social que un empresario debe ejercer, posiblemente porque nadie le ha explicado la función social que los mismo tienen que realizar, pero lo cierto es, como ahora se está demostrando, que no han estado a la altura mínima exigida, siendo ellos responsables en muchos casos, por su falta de previsión, por la manera suicida de gestionar sus empresas, de la terrorífica situación por la que estamos atravesando.
Lo anterior viene a cuento, porque ayer estuve en el bar en donde habitualmente paro cuando voy al centro, y el encargado, al que me une cierta amistad, ya sin tapujos, me comentó la situación que estaba atravesando él y sus compañeros, situación que le iba a empujar a abandonar su puesto de trabajo, en el que ya lleva más de cinco años, para buscar otro en el que al menos le paguen todos los meses. Tan mal lo está pasando este hombre, y sus compañeros, que además de llevar más de tres meses sin poder pagar la hipoteca, con todo lo que este hecho trae consigo, ha tenido incluso que vender los anillos de boda, el suyo y también el de su mujer, para poder comer.
Se puede comprender que un empresario no le pague a sus trabajadores porque las ventas no vayan bien, por problemas puntuales de falta de liquidez, pero si se observa que el negocio funciona, que la recaudación, a pesar de la crisis, se sigue manteniendo de forma aceptable, hay que comprender que algo falla cuando los empleados llevan meses sin poder cobrar. El problema del bar del que hablo, desde mi punto de vista uno de los mejores del centro de Sevilla, sobre todo por su relación calidad precio, es que mientras todo fue bien, es decir cuando la caja que se hacía diariamente era muy superior a lo esperado, no había ningún problema, pero que desde el momento en que la recaudación volvió a la normalidad, a ese treinta por ciento menos que la realidad imponía, aparecieron todas las carencias de la gestión que se estaba llevando a cabo.
Aquí, como en todos los casos parecidos, y tengo alguno muy cercano, el problema no ha radicado en los trabajadores, ni en la crisis económica, ni tampoco en la política económica del gobierno, sino en la nefasta actitud de unos empresarios que no han sabido hacer sostenibles sus negocios, al estar siempre pensando en el día a día, o mejor dicho, en cuánto dinero se podían llevar a sus casas cada día, en lugar de comprender, realizando las previsiones y las provisiones adecuadas, que no siempre, por aquello de los ciclos, se podía vivir en el régimen de bonanza económica en el que se había estado viviendo.

27.09.12


viernes, 23 de noviembre de 2012

Sobre la diada

Sobre la Diada

Ayer se produjo un acontecimiento político de gran envergadura, que sin duda provocará importantes consecuencias a medio plazo, ya que en el Día Nacional de Cataluña, cerca, según todas las fuentes, de un millón de ciudadanos, salieron a las calles de Barcelona para pedir la independencia de Cataluña, sí, directamente la independencia de Cataluña. Sabía, como todos los que estaba medianamente informados sobre el tema, que la concentración sería todo un éxito, y que supondría un antes y un después en la vida política de esa comunidad y de las relaciones de la misma con el Estado español. La masiva manifestación de ayer, por tanto, supuso un hecho histórico, uno de los pocos acontecimientos a los que hemos podido asistir, aunque algunos desde la distancia, en unos tiempos en que lo volátil, en que lo meramente coyuntural monopoliza las primeras páginas de los medios de comunicación. A las nueve, ya sabiendo que la convocatoria había sido un rotundo éxito, me senté delante del televisor con la intención de ver las imágenes y el tratamiento que de la misma daba la televisión pública. En un principio no podía creer lo que veía, ya que la noticia, la más importante desde mi punto de vista en mucho tiempo, era relegada a un quinto lugar en el sumario del telediario estrella de la primera cadena, que encabezaba una visita protocolaria que el primer ministro finlandés había realizado a La Moncloa. Desde un principio comprendí que tal hecho certificaba los nuevos aires que el Partido Popular le había aportado a la televisión pública, que como los cangrejos, dando un paso hacia atrás, se había vuelto a convertir en un medio al servicio de los intereses gubernamentales, pero también, la importancia que ese mismo gobierno le otorgaba al hecho en sí, lo que le obligó a esconder la noticia, o lo que es lo mismo, a no darle la importancia, de cara a la opinión pública, que esa noticia en realidad tenía.
Hace algún tiempo escribí, cuando el Partido Popular llegó con mayoría absoluta al gobierno, que el grave problema al que tendría que enfrentarse el nuevo ejecutivo, además de a los efectos provocados por la crisis económica, sería el ansia separatista con el que el nacionalismo catalán, de forma muy inteligente, estaba impregnando a la sociedad catalana, ya que no veía a ese gobierno capacitado, por su estilo político, por su excesivo nacionalismo españolista, para lidiar con la sutileza necesaria con la denominada “cuestión catalana”, al estar seguro que un problema de tal calibre, que con tanta delicadeza había que sobrellevar, le estallaría entre las manos creando un problema aún mayor del que se encontró. Al parecer y observando lo que ocurrió ayer, si no se toman las medidas adecuadas, y esas medidas necesariamente tienen que ser políticas, “el problema catalán” está a punto de entrar en un nuevo estadio, empujado por la crisis económica que hunde a España, y también a la propia Cataluña, del que difícilmente se podrá volver atrás.
Hay que reconocer que el tema no es fácil, al ser de una complejidad extrema, al conjugarse en él una serie de variables, políticas, sentimentales, económicas, que obligan, o deberían de obligar, a implementar diferentes estrategias al mismo tiempo, con objeto de encontrar el punto de apoyo común, a partir del cual poder articular un nuevo statu quo. Sí, el tema es complejo, sabiéndose sólo a ciencia cierta que hay que afrontarlo, pero que hay que afrontarlo con mucho cuidado, meditando todos los pasos, todos, ya que cualquier error podría resultar fatal. Hay otra cuestión que también se presenta con claridad, y ésta en buena medida hay que achacársela a la crisis económica que estamos atravesando, y es que España para los catalanes, o al menos para un importante número de ellos, ya no representa el futuro, sino un importante lastre del hay que desprenderse. Este hecho, o esta sensación, que puede ser falsa o no, hay que imputársela al nacionalismo, que en lugar de afrontar sus propios problemas, de aceptar su incapacidad para buscar salidas propias a la crisis que ahoga a su comunidad, culpa a España de haber generado dichos problemas.
Posiblemente como ayer mismo dijo un importante, e interesante líder independentista, ya no existe marcha atrás y la independencia de Cataluña, la constitución de un nuevo Estado catalán resulta a estas alturas inevitable. Yo estoy con él, al no creer que en estos momentos se pueda hacer nada por evitarlo, si como parece que ocurre, una amplia mayoría de ciudadanos catalanes apuestan por ella, y que el nuevo marco de la Comunidad Europea puede potenciar y alentar dichos postulados, al igual, aunque es posible que en mayor medida, la debilidad que padece en la actualidad el Estado español. Lo único que puede parar el proceso, lo único, y no eternamente, es la dependencia económica que Cataluña aún padece de España, ya que su industria en buena medida, vive de las ventas que realiza a lo que todavía se llama España.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Julio Anguita vs Santiago Carrillo

ACERCAMIENTOS
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Julio Anguita vs Santiago Carrillo

Ayer de forma casual, me encontré con unos amigos con los que estuve hablando un buen rato sobre temas que iban cambiando con gran rapidez, lo que era consecuencia lógica del tiempo que hacía que no nos veíamos. Sabíamos que íbamos a estar pocos momentos juntos y queríamos, como siempre ocurre en estos casos, dejar nuestra posición, la de ellos y la mía, lo suficientemente enmarcada, para que quedara constancia de donde nos encontrábamos. Casi al final de la conversación, cuando ya habíamos hablado de casi todo lo que se habla en estos casos, de la familia, del trabajo, de la crisis…, uno de ellos me dijo que acababa de leer una entrevista que le habían realizado a Julio Anguita, del que no tenía noticias desde hacía mucho tiempo, con la que se había vuelto a emocionar, como a menudo le ocurría cuando el antiguo alcalde de Córdoba estaba en plena forma y contaba con un puñado de años menos. Sí, le comente que yo también, una semana antes, había presenciado una entrevista con el viejo dirigente izquierdista en televisión, entrevista que me había llamado la atención, al haber comprobado una vez más, que a pesar de los años y de los achaques, “los viejos rockeros nunca mueren”. Y era verdad, me sorprendió Julio Anguita, cuyo aspecto cada día se parecía más al de un fraile franciscano, manteniendo para colmo su ya legendaria y mesiánica lucidez, lo que siempre le había aportado, y le sigue aportando un cierto atractivo que aún consigue enamorar a muchos, como por ejemplo a mi amigo.
Sí, Julio Anguita sigue enamorando a muchos, porque cuando habla sus palabras son luminosas, claras, precisas, cuadrando en ellas todo a la perfección, observándose desde las mismas un panorama mucho más diáfano y comprensible, y esto, en los tiempos en que vivimos, consigue llamar poderosamente la atención. Llama la atención porque en un mundo, en una realidad como la actual, en donde cada día que pasa todo se torna más gris, más embarullado, es de agradecer que de vez en cuando aparezca alguien para recomendarnos con tranquilidad, sin dudas y sin levantar la voz, el camino por el que necesariamente tenemos que transitar.
Es curioso, por lo contradictorio que resulta, que a pesar de los medios con los que se cuenta, de la cantidad de información que cotidianamente maneja el hombre de nuestro tiempo, da la sensación de que éste, cada día que pasa se haya más perdido, encontrándose sin saber a ciencia cierta si defender estos planteamientos con los que acaba de tropezar o aquellos otros que los contradicen, pues la diversidad, la pluralidad extrema en la que vive, paradójicamente, ha logrado desubicarlo y desorientarlo. Hace falta mucho tiempo en la actualidad para descodificar la ingente y contradictoria información que llega, casi toda ella repleta de mensajes implícitos nada gratuitos, por lo que mantener una opinión sólida y fundamentada en una realidad tan líquida como la actual, es en sí una heroicidad que exige un esfuerzo que no todo el mundo, y resulta lógico, está dispuesto a realizar. Ante tal realidad, algunos se refugian acríticamente en cuatro o cinco ideas que creen irrebatibles, sean cuales sean éstas, mientras que la mayoría prefiere no pronunciarse, al ser conscientes que nadan en ese territorio de nadie, que para colmo se encuentra superpoblado, en donde se asienta el vacuo y siempre socorrido “pensamiento mayoritario”.
Por lo anterior, hoy se echa en falta y se aplauden a rabiar todos aquellos discursos que con rotundidad le “llame pan al pan y al vino vino”, aquellos que, sin mostrar duda alguna, y al ser posible con cierta amenidad, digan en cada momento lo que hay que decir, dejando claro una vez más aquello que tanta falta nos hace oír, que incluso en unos tiempos como los actuales, “dos más dos siguen siendo cuatro”. En esta situación que consigue desestabilizar a muchos, aparecen figuras como la de Julio Anguita, siempre predicando y afirmando (él siempre afirma), al tiempo que recuerda las ideas fundamentales que en ningún momento hay que olvidar. Escuchar a Anguita reconforta, aporta fuerzas, sobre todo a aquellos que se encuentran cerca de su pensamiento político, espanta dudas, pero al mismo tiempo se observa algo en él, que al menos a algunos nos llena de preocupación. Resulta preocupante porque Julio Anguita es un político, un político y no un ideólogo, dos actividades, que aunque muchos crean que se encuentran íntimamente unidas son radicalmente diferentes, de suerte, que de forma constante entran en colisión. Julio Anguita es un ideólogo que se “metió” un día a político, como hubiera podido hacerse militar o sacerdote (actividades ambas que también cuadran con su perfil), dedicándose a predicar su doctrina por las calles y por las plazas, al grito de que lo importante es tener un programa, como si con cuatro o con veinte postulados concatenados, en una sociedad como la nuestra, en la complejidad de las mismas, todo estuviera solucionado. El problema de Anguita es que es un creyente, alguien que sólo con mucha dificultad puede llegar a comprender que existe otra verdad que la suya, lo que consigue descalificarlo como político.
Un político de verdad es, tiene que ser necesariamente diferente, lo que no quiere decir que tenga que carecer de ideología, pero lo que está claro es no puede estar enamorado de ella, pues tal hecho le incapacitaría para su labor. El político de raza, el político necesario, el que se aleja por igual del político ideólogo como del político funcionario, es el que sabe que de vez en cuando hay que bajarse de la tribuna, del estrado, para enfrentarse de tú a tú con los que piensan de forma distinta, al estar convencido que sólo poniendo sobre la mesa todas las formas de entender la realidad, se podrá llegar a acuerdos que consigan abrir caminos consensuados por los que sea posible que todos puedan adentrarse para desarrollar sus vidas sin demasiados problemas. Sí, la misión del político es la de encontrar el consenso, a sabiendas que tal hecho implica, dejar parte de los postulados que se poseen en el camino, en aras de acuerdos beneficiosos para el conjunto de la comunidad, algo que para los fundamentalistas de cualquier filiación resulta abominable. La ambición de todo fundamentalista es la de conseguir implantar íntegramente su concepción ideológica, mientras que la del político de raza es la de llegar a acuerdos que le permitan tener que abandonar el menor número posible de postulados, con objeto de llegar a un entendimiento que posibilite un marco social aceptable para todos.
La luminosidad de Julio Anguita, que con tanta facilidad suele enamorar a todos los que embobados escuchan sus proclamas, incluso a aquellos que se sitúan en posicionamientos diferentes a los suyos, y que nunca han servido para otra cosa que para eso, para seducir a los que necesitan ser seducidos, contracta con las tonalidades ensombrecidas y grisácea que siempre han acompañado a Santiago Carrillo, que desgraciadamente ha fallecido hace unos días. Carrillo sí ha sido un político de raza, un político inteligente y no un político enamorado de sus dioses y de sus creencias, al ser alguien que comprendió, aunque fuera un poco tarde, que existían diferentes formas de ver y de entender la realidad, y que el hecho de ser político, de querer ser político, le obligaba a intentar, en la medida de lo posible, entenderse con los representantes de las opciones ideológicas diferentes a la suya.
En España sobran políticos funcionarios, haciendo falta más políticos de raza, más políticos que desde la inteligencia, como en su momento hizo Carrillo, tengan la altura suficiente como para desde la misma ver algo más que sus propios hombros. Afortunadamente, si se exceptúa a Anguita, que por mucho que últimamente se esté moviendo ya está completamente amortizado, en este país no abundan los políticos ideólogos, aquellos que parecen que tienen como única función real la de fomentar el populismo, aunque con toda seguridad existe una elevada demanda de ellos. Espero que no reaparezcan, pues ante todo son peligrosos.

Lunes, 24 de septiembre de 2012

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Sobre el nuevo poder de los economistas

ACERCAMIENTOS
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Sobre el nuevo poder de los economistas

Ayer en una tertulia radiofónica, en la que intervenían dos afamados economistas, uno, Santiago Niño-Becerra, dijo algo que me sorprendió y que hasta cierto punto consiguió alarmarme. Según él, arriesgando demasiado, en el futuro próximo la política tendrá que subordinarse a la economía, lo que le dejará muy poco margen de maniobra. A pesar de que las afirmaciones que el citado economista dejó en las ondas pueden exasperar, no cabe duda que son una lectura realista de la actual situación, lectura que agradará, pero que sobre todo tranquilizará a gran parte de la población, y no sólo a los especialistas en esa “ciencia” que tantos admiradores está encontrando en los últimos tiempos. Sí, muchos son los que piensan que la economía es la actividad que puede volver a poner las cosas en su sitio, al tiempo que es la única que puede echar a los políticos del “templo sagrado”, siendo ella, y los economistas por supuesto, la que se debe encargar, de forma aséptica, sumando, cuadrando y analizando balances de forma constante de la gestión de nuestras cada día más complejas sociedades, algo para lo que los políticos, siempre demasiado imaginativos, como una vez más ha quedado demostrado, se encuentran incapacitados. Según Niño-Becerra son los economistas los que deben poner los límites, límites que ningún político podrá saltarse, proceso que está comenzando a llevarse a cabo en Europa a raíz de la crisis que está desquebrajando al viejo continente. Lo anterior podría, no cabe duda, salvaguardarnos del aventurismo de algunos políticos que irresponsablemente pudieran, con sus acciones de cara siempre a la galería, llevar a nuestras sociedades a la ruina, y crear unos cauces homologados sobre los que poder circular sin contratiempos y con todas las garantías.
Magnífico, pues tal planteamiento político, sí porque en el fondo lo anterior no es más que otro planteamiento político, sería el que más nos acercase al “fin de la historia” del que hace unos años hablaba Fujuyama. Efectivamente por que el fin de la historia es un estadio en el que cualquier avance social resultaría imposible, entre otras razones, porque en principio ya no haría falta, porque se tendría la sensación de que se habría llegado a la meta siempre soñada. El problema es que la economía, aunque en estos tiempos enmarañados parezca lo contrario, no es una ciencia inocua y neutral, por mucho que los propios economistas, y lo que hoy llaman los mercados, se empeñen en hacernos creer, sino una herramienta, un utensilio ideado para organizar el tipo de sistema económico que libremente elija cada sociedad, de suerte, que los economistas en todo momento deben, como técnicos que son, y esto nunca hay que olvidarlo, ponerse al servicio de las sociedades a las que pertenecen, y no como ocurre en la actualidad, cuando de forma extraña, es ella la que aspira a dirigir y a gestionar el presente y el futuro de nuestras sociedades.
El prestigio del que goza la economía, se apoya en la escasa credibilidad que padece en la actualidad la política, siendo un clamor, que ante los destrozos que ha provocado la crisis financiera, a la que los políticos no han sabido hacer frente, se exija sobre todo una buena gestión de lo existente y para ello nadie mejor que los economistas, que en más ocasiones de las necesarias se presentan, además de cómo gente sensata, como meros contables avezados, lo que no tiene nada que ver con la realidad, pues desde hace demasiado tiempo, abandonando su labor original, se dedican a publicitar postulados ideológicos, sobre todo determinados postulados ideológicos y no otros, que según la mayoría de ellos son los únicos viables, y a intentar materializarlos a toda costa. Es curioso, pero de un tiempo a esta parte, los economistas, se parecen más a hombres de acción que de estudios, posiblemente para también estar ellos a la altura de los tiempos, de unos tiempos en donde nadie se encuentra donde debería encontrarse.
Sí, la economía se ha sublevado a la función tradicional que se le reservaba, con objeto de jugar un papel que no le corresponde, lo que en absoluto es gratuito. Con el papel predominante que se está atribuyendo, a lo que se apuesta desde determinados círculos, todos ellos muy poderosos, es a desactivar la política, o para ser más precisos, determinadas formas de entender la política.
El denominado “pensamiento único” a lo que aspira, a los que siempre ha aspirado, es a que la historia se pare, a reivindicar que el sistema político existente es el único posible, y que todo intento de mejorarlo, a no ser que se trabaje para aligerarlo aún más, resulta absurdo. Por ello, porque sabe que para su propósito es esencial, su objetivo es desprestigiar a la política, a la verdadera política, la que no cesa de proponer alternativas a lo existente, con la intención de convertirla en una mera actividad burocrática cuya única función real, sería la de mantener la apariencia democrática, pero siempre subordinada al discurso dominante de “los que saben hacer las cosas”, que son los mismos que aplauden, a rabiar, el papel equilibrado y siempre sensato de los buenos economistas, de los economistas de orden, que son los que siempre vigilarán que las aguas no se salgan del cauce por donde tiene que transitar.
El gran triunfo de los que detentan el poder real, ha sido el de haber convencido a casi todos, de que a pesar de las dificultades existentes, nos encontramos en un estadio histórico insuperable, y que es imposible avanzar más, de suerte, que para mantenerlo, sería necesario determinadas actuaciones, todas ellas tendentes a hacerlo más operativo, es decir menos pesado. ¿Pero cómo es posible que alguien crea, a no ser que se comprenda la labor de esa “lluvia fina” que durante años ha venido cayendo de forma constante, que vivimos en el mejor de los mundos posibles? ¿Cómo se puede pensar, tal y como están las cosas, que es imposible avanzar hacia una sociedad mejor, más justa y más equilibrada? Pues ha sido posible, gracias a una estrategia deliberada y devastadora de gran alcance, mediante la que se nos ha obligado a “comulgar con ruedas de molinos”, y en las que se nos ha hecho, u obligado a comprender que lo negro era blanco, mientras que lo que parecía blanco en realidad era negro. Las dos piedras básicas de esta estrategia, aunque no las únicas, han sido la “dessocialización” y la despolitización de nuestras sociedades, y también por supuesto, la criminalización de la política. Mientras que lo primero ha conseguido que la sociedad se observe sólo como una mera suma de individuos, ni tan siquiera de ciudadanos, la segunda ha hecho inviable cualquier tipo de proyecto colectivo que vaya más allá de lo único que al parecer puede llegar a preocupar, que las cosas funcionen de la forma más correcta posible. Ante tal panorama, es comprensible que los economistas tomen el poder sin encontrar demasiadas resistencias.

Miércoles, 4 de julio de 2012



martes, 10 de julio de 2012

Sobre las cajas de ahorros

ACERCAMIENTOS
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Sobre las Cajas de Ahorros

En primer lugar tengo que dejar claro que mis conocimientos sobre economía son escasos, los suficientes, no obstante, como para andar con dificultad por casa y para no comprender lo que está sucediendo. Sí, la verdad es que apenas entiendo nada de lo que desde hace algún tiempo viene ocurriendo en el plano económico, que es el ángulo desde el que se observa con mayor nitidez cómo se está desmoronando el edificio que tanto costó levantar, ese edificio que de forma ilusa creímos imperecedero. Ahora, demasiado tarde por supuesto, al parecer se ha llegado al convencimiento, de que la causa última de la crisis que padecemos no proviene del Estado del bienestar, del elevado coste que supone su mantenimiento, sino de la mala salud de nuestro sistema financiero, sobre el que apenas se había actuado, contractando con la ligereza con que se han recortado, porque al parecer era de extrema necesidad, algunos derechos y servicios sociales que difícilmente podremos volver a disfrutar. Cierto, ahora parece, que por fin se ha descubierto “la pólvora”, la causa de todos los males, el maléfico virus que nos mantiene en el deplorable estado en que aún nos encontramos, que no es otro que el sistema financiero, ese mismo que hasta hace poco era elogiado por su fiabilidad y por su solvencia por todos. Pero en estos momentos en que todo el mundo rebosa alegría, porque por fin se ha descubierto al “asesino”, es conveniente que se comprenda algo que es de Perogrullo, que las entidades financieras en nuestro país, al igual que en cualquier otro lugar, son sólo instrumentos que dependiendo de cómo se utilicen, provocarán unos efectos u otros, por lo que los verdaderos culpables del desaguisado que se ha producido no son éstas, sino los que la han dirigido y los que la pusieron al servicio de sus intereses.
De la banca no quiero hablar, pues ella, a pesar de ser también responsable directo del criminal e irresponsable calentamiento de la economía que hemos padecido, siempre ha tenido una función y una justificación, la de ganar dinero, y cuando más mejor, con objeto de poder ofrecerle a sus accionistas unos resultados siempre mejores que los anteriores. De lo que deseo hablar es de las cajas de ahorros, los auténticos bancos de los pobres como se decía de ellas cuando fueron fundadas, que a pesar de la enorme musculatura que hasta hace poco han poseído, están en trance de desaparición, con todo lo que ello va a suponer socialmente. Hay que tener en cuenta, aunque a veces nos quieran “vender la moto”, que la desaparición de un banco, no es lo mismo que la desaparición de una caja de ahorros, pues éstas siempre se han asentado en un lugar concreto, tejiéndose a partir de ellas, importantes mallas de intereses y de interrelaciones, que casi siempre podían palparse por parte de la ciudadanía. Tampoco, al menos antes de esta vorágine que ha logrado confundirlo todo, la función y los objetivos de un banco eran los mismos que los de una caja de ahorros, ya que éstas siempre ha tenido una función más social que estrictamente financiera, dedicándose más a la microeconomía que a la gran economía, es decir a financiar pequeños proyectos, empresariales o privados, además de subvencionar actuaciones sociales que siempre han carecido de rentabilidad. Se podría decir, por tanto, que hasta hace poco los bancos y las cajas de ahorros poseían sus propios mercados particulares, sus caladeros propios de negocios, especializándose en los mismos, lo que también complementaban a dichas entidades. Otra de las características que singularizaban a las cajas era su estructura organizativa, pues casi todas tenían una implantación provincial, al tiempo que dependían de los ayuntamientos y de las diputaciones, lo que las obligaba a centrarse en una realidad muy concreta, lo que a su vez le creaba grandes vínculos con la población, ya que ésta sabía, que si alguien subvencionaba a fondo perdido los gastos de mantenimiento del “Hogar del pensionista” del pueblo, o la ruinosa pero atractiva “Obra cultural”, no era precisamente ninguno de los grandes bancos del país, sino la pequeña caja de ahorros, esa que tenía una oficina, con apenas dos empleados, en cada esquina mínimamente transitada de la población. Precisamente por esto, por su cercanía y porque eran sentida como “algo propio”, las cajas conseguían un pasivo muy barato, proveniente del ahorro de la ciudadanía, basado en las cartillas de ahorro y en las antiguas y familiares cuentas a plazo fijo, lo que para colmo le proporcionaba una clientela de una fiabilidad envidiable.
Pero en poco tiempo todo cambió. De golpe, se comenzó a hablar de rentabilidad, de la escasa rentabilidad que pese a su potencial tenían las cajas de ahorros en comparación con la gran banca, y de la excesiva politización de dichas entidades. Estas acusaciones, que nunca he llegado a entender bien, y que tampoco he sabido a ciencia cierta de dónde provenían, aunque imagino que desde los sectores que deseaban desembarcar en ellas, es decir desde donde se pregonaba la necesidad de su privatización, iban en contra de la propia filosofía de las cajas, ya que aspiraban a que las cajas se convirtieran en otra cosa, posiblemente en algo mejor, sí, pero en otra cosa. Y no comprendía nada, porque la razón de ser de las cajas siempre ha sido evidente. Para colmo nunca he creído que la rentabilidad de una empresa tenga que ser mayor, si por los métodos que sean, aumenta su volumen de negocio, no, porque se puede dar el caso de que sea menos rentable por muchos millones más que dicha empresa llegue a facturar al año. Pero las cajas de ahorros eran rentables, tanto económica como socialmente. Se dedicaban al negocio meramente financiero, a vender dinero, sobre todo a particulares, a subvencionar proyectos sociales promovidos por ayuntamientos y diputaciones y a mantener una “Obra social” gracias al hecho de que estatutariamente no repartían beneficios. En suma, las cajas de ahorros eran muy rentables, al menos hasta que a alguien se le ocurrió la feliz idea de que tenían que cambiar la orientación de su negocio, para entrometerse en el territorio que tradicionalmente le había pertenecido a la banca, lo que la ha llevado a la situación en la que se encuentran.
Llegó un momento, que a sus responsables, casi todos políticos o elegidos directamente por políticos, se les iluminó la mente, y creyeron conveniente que esas cajas, que esos modestos instrumentos financieros que tenían a su disposición, muy válidos para la función que hasta la fecha ejercían, podían convertirse en los vehículos que hicieran posible sus proyectos políticos, al tiempo que, aprovechando el auge económico, apostar por nuevas áreas de negocios que no dominaban, pero que en principio podían aportar grandes beneficios. Se potenció la fusión entre cajas, según decían para aumentar la capitalización de las mismas, para así afrontar inversiones de mayor envergadura, lo que posibilitó que las cajas comenzaran a apostar fuerte por las grandes empresas y por dudosos proyectos y promociones inmobiliarias, pero en contrapartida no se modificaron sus estructuras internas ni se invirtió en la profesionalización de sus cargos, lo que a la larga, cuando la coyuntura se convirtió en negativa, ha sido la causa que ha provocado la práctica desaparición de las mismas.
Ahora, a partir de ahora, con todo lo que se han criticado, es cuando la sociedad va a echar de menos a las cajas de ahorros, y va a comprender las grandes diferencias que existen entre una caja y un banco. Ésta, la desaparición de las cajas, va a ser otra de las muchas cosas que vamos a dejar en el camino, y que con seguridad lamentaremos mucho, más de lo que ahora podemos imaginar.

Sábado, 19 de mayo de 2012



jueves, 28 de junio de 2012

Sobre la crisis económica (y 2)

ACERCAMIENTOS
(acb.019)

Sobre la crisis económica (y 2)

Estoy convencido que el grave error de los socialistas no ha sido su forma de gestionar la crisis, que al fin y al cabo, con matices de cara a la galería, es la misma que la que está llevando a cabo el actual gobierno, o que hubiera sido la misma si le hubieran dejado más tiempo en el poder, sino su forma de comportarse ante lo público. El Partido Socialista no ha sabido y no ha querido hacer una pedagogía de lo público, al igual que tampoco ha subrayado, en sus diferentes mandatos, la importancia de la austeridad, dando a entender con su comportamiento, que el Estado era un lugar en donde se puede medrar y que la riqueza es una virtud a la que todos tenemos que aspirar. El Partido Socialista, como dije hace poco, ha querido, desprendiéndose de sus señas de identidad, ser sólo un Partido más, un Partido al uso, cuyo objetivo no era otro que la toma del poder y su mantenimiento en el mismo, lo que le ha originado gran número de enemigos incluso dentro de las filas de la propia izquierda.
Pero en estos momentos difíciles, en el que los mercados exigen y exigen, es importante saber qué es lo que hay que hacer, pues no basta, como se está demostrando, que se haga sólo lo que esos mercados demanden, ya que los intereses de los mismos no coinciden, ni de lejos, con los intereses de la ciudadanía. Hay que tener la cabeza fría y mantener en todo momento presente qué es lo que se desea, y cuáles son las posibilidades reales de hacerlo posible. Indudablemente, como un inteligente y bien informado observador dice continuamente, no hay dinero, y que por eso hay que vender de forma constante tanta deuda pública, ya que el Estado carece de liquidez incluso para pagar las pensiones. Cierto, no hay dinero, por lo que es fundamental aligerar el gasto, pero hay que tener presente, que esos recortes en inversiones y en cuenta corriente que hay necesariamente que llevar a cabo, no pueden asfixiar definitivamente a la economía, ya que entonces es cuando nos estaremos condenando de cara al futuro. Se están realizando todos los recortes posibles y algunos más, y pese a ellos, como no se observan mejoras, la prima de riesgo sigue subiendo y subiendo, al tiempo que la desconfianza por “la marca España” se acrecienta, no ya porque el pulso sea débil sino porque es casi inexistente. La dinámica que se está llevando a cabo es infernal, pues cuando más avanza la desconfianza mayores son los recortes, y contra mayores son los recortes, menor es el crecimiento.
Así, por tanto, no se puede continuar, pues con este ritmo que nos imponen, la deuda y los intereses que ella genera, crecerá y crecerá, aumentando los beneficios de los especuladores y obligando al país a que sea rescatado definitivamente por la Unión Europea, lo que aparte de poner en riesgo el futuro del euro, pues con seguridad después caerá Italia, tendrá consecuencias sociales de gran calado.
Ante tal situación hay cuestiones que no llego a entender, como por ejemplo, la de que el propio capitalismo avanzado tire piedras sobre su propio tejado, estrangulando el consumo de un país, un consumo que siempre ha sido el corazón del propio sistema, en beneficio de unos intereses a corto plazo, que sin duda, que sin duda se le volverán en su contra a la vuelta de la esquina, ni tampoco, la necesidad que tiene por desestabilizar sociedades, hasta hace poco completamente asentadas, que no dudaban convencidas de beber en su mano. No cabe duda, que este capitalismo, que este nuevo capitalismo conducido y capitaneado por el sector más radical del liberalismo, a pesar de creérselas todas consigo, dando muestra de una autoestima suicida, aunque en principio gane todas las batallas, caerá víctima de su propia prepotencia.
Pero ahora lo importante es saber si es posible salir de la actual situación, si existen estrategias, por muy alambicadas que éstas sean, que puedan posibilitar que el actual panorama se modifique, con objeto de que se consiga retomar una senda de crecimiento sostenible y aceptable que devuelva la confianza a unas sociedades cada día más alicaídas. Quiero ser optimista, no porque crea que una movilización ciudadana pueda forzar al sistema para que éste modifique su rumbo, ni porque estime que los políticos, sabedores de los problemas que padecen sus representados, se coaliguen entre sí, con la intención de proponer nuevas alternativas que puedan conducir a una nueva etapa, no, soy optimista porque creo que el capitalismo, si aún le queda algo de lucidez, no llegará a suicidarse.
Sí, soy optimista, porque creo, porque estoy convencido que el capital no especulativo, el que se basa y desea seguir basándose en sus prácticas tradicionales y para el que es esencial la cohesión y la solidez de las sociedades sobre las que se asienta, no tendrá más remedio que recobrar la cordura, imponiéndoles a los políticos la necesidad, la urgente necesidad, posiblemente a última hora, de dar un golpe de timón. Un golpe de timón que será esencialmente político, y que deberá sustentarse sobre dos vectores, el aplazamiento de la deuda existente y una importante inyección de circulante.
En el caso español, que es posiblemente el más preocupante, la atención hay que centrarla hoy en el sistema bancario, un sistema, que en contra de lo que se nos había vendido, y debido esencialmente a los efectos de la burbuja inmobiliaria, se encuentra a un paso de la bancarrota, lo que le impide poner dinero en la calle para alentar una actividad económica normal. Siempre, al menos desde que se realizó la reestructuración bancaria después de la transición, a cargo evidentemente del erario público, se ha repetido en todos los escenarios, siempre con orgullo, que la banca española era un modelo a seguir, que su solidez y su soltura estaba demostrada y que no existía ningún peligro de que el tsunami de la crisis financiera global acabara con ella. Pero no, como se ha demostrado el sistema bancario español se encuentra extremadamente debilitado, debido sobre todo, a sus suicidas prácticas inmobiliarias, que lo mantiene con una deuda colosal, de suerte, que la abultada deuda privada existente en nuestro país, deuda que según los expertos es el grave problema del mismo, se encuentra “bancarizada”, es decir, en poder de la banca. Una banca que muestra unos balances ficticios, ya que su oceánico activo inmobiliario no se encuentra actualizado, y que de vez en cuando, cuando consigue algo de liquidez, por ejemplo del Banco Central Europeo, no tiene más remedio, entre otras razones porque le resulta rentable, que acudir al rescate de la deuda del Estado.
Como apunté con anterioridad, para hacer frente a la deuda que padece el Estado, a la deuda y a los intereses que genera ésta, que comparativamente no es tan elevada como cotidianamente se repite, es fundamental que la sociedad recobre su pulso económico normal, pero para que esto sea posible, es esencial que la banca cumpla con su función. Pero desde hace ya bastante tiempo, ese círculo virtuoso se encuentra encasquillado, precisamente por falta de liquidez.
En fin, y resumiendo, para que pueda salir el país del oscuro pozo en el que se encuentra, es esencial, imprescindible que se produzcan varios hechos, todos ellos dificultosos, pero no imposibles. Que exista una voluntad política, a nivel europeo, de parar la especulación que en estos momentos sacude a la deuda soberana española, que sólo será posible si el BCE compra masivamente esa deuda cuando salgan a los mercados, y que esa misma entidad, inyecte el dinero necesario para reflotar al sistema bancario español, con objeto de que éste inyecte el circulante necesario que nuestra sociedad necesita para comenzar a respirar. Paralelamente, ya a nivel doméstico, es fundamental que se lleve a cabo unos acuerdos políticos de envergadura, una especie de nuevos “Pactos de la Moncloa”, gracias al cual, y de forma consensuada, se afronte con la adecuación de la estructura del Estado y del sistema productivo español, a las necesidades que exigen la actual coyuntura.

Sábado, 14 de abril de 2012