martes, 4 de octubre de 2011

Contra la única alternativa posible


ACERCAMIENTOS

(av.09)

Contra la única alternativa posible

De un tiempo a esta parte, desde todos los ángulos, se nos dice que lo que se esconde detrás de la gran crisis que asola a todo el mundo desarrollado, esa que puede cambiar, según comenta Felipe González, las relaciones de poder existentes y nuestra forma de vida, es el hecho de que Occidente ha vivido muy por encima de sus posibilidades reales. También se nos dice, que para mantener ese estilo de vida, todos, las empresas, las familias y hasta el mismísimo Estado se han tenido que endeudar hasta las cejas, lo que ha provocado el grave problema de liquidez existente. Por ello, para el ex presidente del gobierno, lograr una estabilidad presupuestaria es “la condición necesaria para garantizar, a medio y a largo plazo, un crecimiento económico sostenido”, aunque reconoce, “que es un disparate el pretendido déficit cero”, lo que observa como una propuesta sectaria. Lo mismo suelen decir, ante el primer micrófono que se encuentran los actuales líderes socialistas, que han pactado con la oposición, introducir en la constitución un imperativo que prohíba superar un determinado déficit presupuestario, aunque ello vaya a suponer una urgente modificación de la hasta ahora sacrosanta carta magna española. Me parecen coherente, en principio tales comentarios, pues nadie en sus cabales puede creer que es mejor vivir con deudas que al abrigo de una economía saneada. El problema, es qué se puede hacer a estas alturas para sanear la economía, qué se puede hacer ahora para equilibrar la actual situación, que es algo de lo que se habla poco, aunque parece que para ello sólo existe un camino, el de la reducción del gasto, lo que significaría indudablemente una merma de los servicios prestados por el Estado. Y aquí viene el problema, porque incluso los socialistas sólo ven viable esta opción, no planteándose ni tan siquiera la posibilidad de aumentar los ingresos, lo que supondría en principio un incremento de los impuestos. No. Al parecer existe un extraño consenso que dice que los impuestos no deben aumentar, ya que de hecho, lo que se tiene que hacer es todo lo contrario, por lo que la única solución que queda es la de gastar menos, lo que abriría las puertas, a medio plazo, se quiera o no, al desmantelamiento de buena parte del Estado del bienestar. Lo anterior no significa otra cosa, que para pagar todo lo que se ha gastado sólo existe una opción, que Occidente modifique su estilo de vida, sin que nadie aspire, ni tan siquiera, a buscar alternativas diferentes a las propuestas. No cabe duda que la actual situación es insostenible, y que hay que buscar las soluciones necesarias para neutralizarla, pero siempre teniendo en cuenta que el problema no es mañana, sino hoy. Creo que la única solución para superar la actual coyuntura, tiene que pasar necesariamente por un gran pacto social, que haga posible una reducción del gasto, sobre todo del superfluo, de aquel del que se puede prescindir, pero siempre acompañado por un importante aumento de los ingresos, que debe provenir tanto del control exhaustivo del fraude fiscal, como de un aumento de la presión tributaria sobre los que más tienen.

Domingo, 4 de septiembre de 2011

Más sobre la crisis


ACERCAMIENTOS

(av.08)

Más sobre la crisis

La importante crisis que sacude a los países desarrollados, evidentemente supone, se diga lo que se diga, un ataque frontal al estilo de vida occidental, y más concretamente contra el denominado Estado del bienestar. Parece que el capital, apoyándose en las contradicciones que desde hace tiempo viene padeciendo ese mundo, ha optado por darle el golpe definitivo, y parece también, que en esta ocasión no encontrará resistencias. Las causas de la crisis hay que encontrarlas en la explosión de la enorme burbuja financiera que el propio primer mundo ha ido creando con los años, todo potenciado por la globalización incontrolada que padecemos y por la voracidad de unos mercados de capitales insaciables que en todo momento han vivido de espalda a la propia sociedad. Pero el auténtico núcleo duro que lo ha provocado todo, la madre de todas las causas, es que Occidente ha estado viviendo durante demasiados años muy por encima de sus posibilidades, lo que le ha obligado a endeudarse hasta unos niveles incomprensibles, hasta que ha llegado el momento en que esa deuda le ha explotado entre las manos. El problema, y aquí tienen la culpa los diferentes gobiernos, que en muchas ocasiones y con razón hablan de que la crisis es global y que por eso no se le puede achacar nada, es que no han sabido, teniendo como tienen especialistas en la materia, preverla, y lo que es mucho más grave, intentar sortearla o gestionarla de una manera adecuada, con objeto de que lesionara lo menos posible los intereses de sus ciudadanos. ¿Pero qué podían hacer? Evidentemente poco, pues el sistema se basa en el consumo, en un consumo en muchas ocasiones compulsivo, de suerte, que si se para éste, todo se viene abajo. Pero a un gobierno siempre hay que pedirle más, mucho más, sobre todo si teóricamente es de izquierdas, que seguir los deseos de los mercados y de las necesidades primarias de la ciudadanía, ya que a un gobierno también hay que exigirle planificación y pedagogía. Planificación para prever el futuro, dependiendo de las circunstancias existentes y de las variables que vayan convergiendo, y para desarrollar las directrices que haya que aplicar, y no como ha sucedido, no sólo en España, para dar conformidad a unas dinámicas que cualquier observador podía calificar como negativas, por muy avaladas que se encuentren por todos los organismos financieros internacionales, al presentarse como las únicas posibles. Pero también un gobierno, sobre todo si se autodefine como de izquierdas, tiene la obligación de intentar educar a la ciudadanía, para intentar al menos hacerle comprender, por ejemplo, “que todo el monte no es orégano”, y que existen otras formas de vida que contraponer a la caracterizada por ese consumismo compulsivo que ha llegado a anegarlo todo. Y en estos dos aspectos es donde han fallado nuestros gobiernos, que se han dejado llevar de forma acrítica por los vientos dominantes, sin pensar que esos vientos, como así ha sido, podían cambiar de forma repentina. Esos gobiernos, pero también la banca y los organismo internacionales, que cuando vieron llegar el tsunami de la crisis, en lugar de enfrentarse a él, al creer que se trataba sólo de un mero espejismo, se dedicaron a mirar hacia otro lado y a decir que de ellos no era la culpa. Pero repito, ¿Qué se podía hacer realmente? Pues posiblemente todo lo contrario de lo que se ha hecho, ya que al no existir en teoría alternativas a lo existente, y al observarse que la ciudadanía no se revelaba contra lo que estaba aconteciendo, las actuaciones no han sido otras que las dictadas por los grandes gurú financieros, que siguen teniendo el calificativo de infalibles, a pesar de que se han equivocado en todo, y que por ello, son en parte responsables de lo que está acaeciendo.

Los efectos de la crisis están siendo diferentes dependiendo del país, en España por ejemplo, en donde el endeudamiento público es mucho menor del que soportan los países de su entorno más inmediato, posiblemente porque ha seguido al pié de la letra los mandatos impuestos por la Unión Europea, el problema se concentra en el endeudamiento privado, en familias y en empresas, lo que ha provocado una importante caída del consumo y por consiguiente un considerable aumento del desempleo. Desde los sacrosantos oráculos internacionales, se proclama que para solventar y superar la crisis es imprescindible disminuir el gasto público, lo que en realidad significa que lo que hay que hacer es desmantelar el gasto social, o lo que es lo mismo, el Estado del bienestar. No se puede olvidar nunca, ni tan siquiera en estos momentos críticos, que esa ha sido la gran consigna del liberalismo más radical, lo que al menos debería de llamar la atención, pues la ideología que ha provocado la crisis, es la única que se siente legitimada para aportar recetas contra la misma.

Con toda seguridad, tal y como están las cosas, no cabe duda que los estados tienen que reducir sus gastos, sobre todo aquellos que sean innecesarios y que no afecten directamente a las necesidades de la ciudadanía, pero también, y esto casi nunca se subraya, entre otras cosas porque se dice que no es popular y que ahuyentaría las inversiones, que obligatoriamente tienen también que aumentar sus ingresos, lo que sólo se puede producir incrementando las tasas y los impuestos, los impuestos de los que más tienen.

Lo que parece claro es que Occidente, tendrá que modificar su singular forma de vida, pues los países llamados emergentes lo han convertido, hoy por hoy, en una región mucho menos competitiva, en lo económico, de lo que él mismo se cree, lo que significa, que tal y como están las cosas, ya no va a poder seguir pagando la abultada factura que su estilo de vida le acarrea. La cuestión, por tanto, es saber lo que hay que hacer a partir de ahora, si abandonar o echar por la borda todas las estructuras sociales que lo diferenciaban para abrazar el liberalismo del “sálvese quien pueda”, que al parecer es la única alternativa posible, o por el contrario, intentar aprovechar la crisis para poder reinventarse.

Jueves, 18 de agosto de 2011

viernes, 11 de marzo de 2011

Sobre la revuelta de Egipto (y II)


ACERCAMIENTOS
(acb.009)

Sobre la revuelta de Egipto (y II)

Se ha hablado, y mucho, de las causas que han provocado la revuelta, así como del estancamiento de un régimen, que ni siquiera era capaz de aportar perspectivas viables de futuro a su población, y al hecho de que ésta, gracias a los instrumentos que la propia globalización ponía en sus manos, en donde internet y las redes sociales han tenido un peso decisivo, tomó consciencia de la situación en la que vivía bajo ese régimen. Se ha comentado en un artículo sí, y en otro también, que la juventud, que es el sector social mayoritario en toda la región, no podía aguantar por más tiempo la situación, y que ha sido ella, la que se ha lanzado a la calle exigiendo soluciones a sus problemas, pero se ha hablado poco, de lo limitada que eran sus aspiraciones, lo que en otro contexto histórico diferente hubiera llamado mucho más la atención. Creo que este hecho se debe a que la cultura que emana de la globalización, evidentemente nada revolucionaria, es la que ha alentado la revuelta, exigiendo un cambio en la forma de gobernar en lugar de una transformación radical del sistema, lo que queda demostrado con la solución, que al parecer ha contentado a todos, que se ha aportado al problema.
Sí, la revuelta se neutraliza en el momento en que el ejército mueve ficha, no afortunadamente contra los manifestantes, sino contra el que hasta ese momento había sido su máximo representante, el presidente de la república, y haciéndose cargo la cúpula militar del poder después de prometer elecciones libres para dentro de unos meses, en un proceso que ella mima supervisará, según sus declaraciones, para velar por la limpieza de dicha transición a la democracia. Ante tal hecho, los manifestantes vuelven a sus casas con la sensación, de haber obligado a que la historia diera un paso hacia delante, al tiempo que las cancillerías de todo el mundo, sobre todo la israelí y la estadounidense, después de algunos días de zozobra, pudieron descansar tranquilas con una sonrisa en el rostro, con el convencimiento, que la famosa receta de Lampedusa, siempre es la mejor solución ante cualquier conflicto que se presente.
Sí, el ejército que siempre ha sido la columna vertebral del régimen, como dije al principio, se ha dado un golpe de estado a sí mismo con el beneplácito de las potencias que siempre lo han financiado, pero no al estilo del portugués, en la famosa e inolvidable revolución de los claveles, en donde las nuevas generaciones de militares se alzaron, cansados de las condiciones en las que tenían que llevar a cabo su labor, contra sus instalados y reaccionarios altos mandos, sino con un estilo sibilino, haciendo desaparecer a su máximo dirigente hasta ese momento, con objeto de que la alargada sombra y el desprestigio de éste, no acabara contaminándolos a ellos también. De todas formas, la toma del poder de la cúpula militar no es más que lo mismo, lo que se puede constatar en el hecho, que Tantaui, el responsable del ejército, alguien que siempre ha sido tildado como reaccionario, por la fidelidad a quien ha depuesto era calificado como “el perrito de Mubarak”. Por ello, creo que si alguien ha actuado de forma inteligente en este proceso, evaluando todas las variables y escuchando todos los consejos, sin mancharse las manos hasta el último momento, sobre todo porque la situación siempre estuvo controlada, ha sido el ejército, que indudablemente pase lo que pase se mantendrá en el poder, con toda seguridad siguiendo el modelo turco, o lo que es lo mismo, como el valedor de un sistema que se sustenta en él y sobre los intereses que representa.
Lo que parece claro es que a medio plazo nada cambiará en Egipto, al menos nada esencial, pues se instaurará un sistema democrático, gestionado con toda seguridad por personalidades recicladas del antiguo régimen y vigilado atentamente, para que nada se salga de cauce por los militares. Pero también con seguridad, el desencanto se apoderará de los que con tanta alegría aplaudieron la marcha de Mubarak, cuando comprueben lo poco que ha cambiado su realidad. Este hecho, al que se une la inexistencia de una oposición articulada y un posible estancamiento de la economía egipcia, que necesita unos índices de crecimiento elevados para sacar de la pobreza a su población, puede que le abra las puertas a un sector moderado de “Los hermanos musulmanes”, que a imagen y semejanza de sus correligionarios turcos, podrían hacerse en un periodo relativamente breve de tiempo con el poder, aduciendo que ellos son los únicos que pueden aportar las soluciones que necesita la población, lo que tampoco debería alarmar a nadie.
El problema no es que Egipto deje de ser ese país artificialmente estable que asegure los siempre frágiles equilibrios de aquella estratégica zona, no, ya que lo que realmente debería preocupar, sobre todo en Occidente, es que el país del Nilo, siga siendo un lugar insostenible, en donde el régimen que allí se instaure, sea incapaz de mantener y de ofrecer oportunidades reales de futuro a sus ciudadanos, lo que tarde o temprano lo convertirá en un polvorín, si no se solventan las contradicciones en las que se encuentra sumido. Pero para que todo cambie, para que todo cambie a mejor, hacen falta reformas radicales, que nunca se podrán articular, si el camino elegido es el que alumbran en estos momentos los militares y que con tanto ardor aplaude la comunidad internacional.

Martes, 18 de febrero 2011

martes, 1 de marzo de 2011

Sobre la revuelta de Egipto (1)



Acercamientos

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Sobre la revuelta de Egipto (I)


Desde un principio la denominada “revolución egipcia”, por su singularidad me llamó poderosamente la atención, al existir varios elementos que no llegaban a cuadrarme, pero su resolución, que todos observan y festejan como un grandioso éxito, algunos incluso han llegado decir que se trata de un hito histórico a la altura del desmoronamiento del bloque soviético, me ha llenado de dudas, al tiempo que me ha hecho comprender, que en realidad, poco más se podía esperar. Evidentemente no esperaba que se produjera la revolución del proletariado, la auténtica, pero tampoco que se quedara en un golpe del estado del ejército contra sí mismo, con objeto de que todo se mantuviera tal y como estaba, con una única intención de que nada cambiara en la estructura del poder real de aquel país.
Cuando comenzaron a llegar noticias de lo que estaba acaeciendo en Egipto, hubo dos cuestiones que desde un principio me sorprendieron, el escaso número de manifestantes que protestaban en la denominada “Plaza de la liberación”, y la magnífica opinión, que al parecer, dichos manifestantes tenían de ejército, a lo que se unía, lo que desde mi punto de vista ha sido un elemento esencial para que todo acabara como ha acabado, el impresionante despliegue que los medios de comunicación han llevado a cabo, para informar de todo lo que ocurría, o de todo lo que pudiera ocurrir en aquel lugar. Intentaré ir por partes. Egipto cuenta con ochenta millones de habitantes, mientras que su populosa capital acoge a la mitad de dicha población, lo que quiere decir, que las concentraciones en la famosa plaza cairota, a todas luces eran minoritarias, ya que en muy pocas ocasiones, por lo que se ha observado gracias a las cámaras de las diferentes televisiones, llegaron a ser ciertamente multitudinarias, de suerte, que antes de la caída de Mubarak, se dijera lo que se dijera, nunca se pudo contabilizar, a pesar de los deseos de los diferentes reporteros que hasta allí habían llegado desde todas las partes del mundo, la mítica cantidad de un millón de manifestantes (en una ciudad, repito, de cuarenta millones de habitantes). El régimen egipcio, que en todo momento, y esto hay que repetirlo hasta la saciedad, ha estado apoyado por Occidente, ha sido siempre un régimen represivo, un régimen militar, que además de apañar las elecciones de opereta que de vez en cuando organizaba, se dedicaba a reprimir con mano de hierro, a todos aquellos, que por una causa o por otra, se atrevían a criticarlo. Por ello no llegaba a comprender que los manifestantes, al igual que el grueso de la población egipcia que había preferido quedarse en sus casas, respetaran tanto a su ejército, del que al parecer se sentían orgullosos, que para colmo, además de no haber ganado nunca una guerra, era el sostén del régimen contra el que se manifestaban. Ese ejército del que algunos siguen elogiando su papel en el conflicto, hubiera podido desmantelar en poco tiempo lo que estaba ocurriendo, como sin duda hubieran deseado sus altos mandos, pero pronto comprendieron que existía un pequeño problema, el espectacular despliegue que los medios de comunicación, sobre todo occidentales, habían desplegado en la zona, que hubieran desprestigiado al régimen, y de forma absoluta, si hubiera intervenido violentamente contra los que allí se daban cita, sobre todo de cara a la opinión pública de los países que lo sostienen económicamente. Es decir, los manifestantes que se aglutinaban en la ya famosa plaza, que nunca fueron tanto como se nos ha querido hacer entender, estaban salvaguardados, no ya por los vehículos blindados que estaban apostados frente a ellos, sino por el elevado número de reporteros, que con cámaras al hombro, cubrían la información para un mundo siempre sediento de noticias impactantes.
Otro tema que tampoco llegaba a asimilar, eran las reivindicaciones de los manifestantes, que se limitaban a poco más que a exigir la necesidad de que saliera del poder el octogenario presidente Hosni Mubarak, y al desmantelamiento del aparato represivo del régimen, lo que también me pareció desde un principio un objetivo bastante pobre, sobre todo si se tiene en cuenta, o se comprende, que la realidad social egipcia, resulta, al menos para la para la mayoría de su población, a todas luces insoportable. ¿A qué se debía tal hecho? Alguien me comentó que todo estaba motivado por la muerte de las ideologías, algo que evidentemente tarde o temprano lamentaríamos, y que ha dejado a la población, y no sólo por supuesto a la egipcia, sin estructuras teóricas y sin objetivos concretos que alcanzar, aunque creo, que el hecho no es que hayan muerto todas las ideologías, sino que una ideología determinada, el liberalismo radical, también llamado neoliberalismo, se ha encargado de enterrar, a todas las que en un momento determinado pudieran hacerle sombra, por lo que en estos momentos, sus postulados, sus códigos éticos, son los que sin duda alguna, gobiernan sin encontrar oposición alguna, el mundo globalizado en que vivimos. Los postulados básicos de esa ideología dominante, al menos los que publicita, son los de una sociedad abierta en la que cada cual pueda tener acceso, mediante su esfuerzo a un mundo mejor, para lo que es fundamental eliminar cualquier tipo de restricciones, y en donde la libertad, la libertad individual, es su consigna y su bandera a seguir. En principio no hay nada que objetar a tales postulados, que siempre tendrán que ser observado como básicos en cualquier sociedad democrática, pero el problema radica, en que esa ideología sólo se queda en eso, en hablar de libertad, sin profundizar en el hecho de que la libertad es una consecuencia, la consecuencia de una serie de factores y no algo que cae un día del cielo y desde lo que hay necesariamente que partir, como se suele afirmar en casi todos los mentideros. Para ellos, por ejemplo, en el momento en que caiga el régimen autoritario de Egipto, es decir cuando la libertad encuentre acomodo por primera vez en aquellas tierras, la realidad de la ciudadanía de aquel país cambiará por completo. Con toda seguridad, cuando el régimen se desmorone definitivamente se producirán importantes cambios, pero pocas transformaciones se llevaran a cabo que afecten a una mejora en la calidad de vida de los egipcios, y ello se deberá, entre otras cuestiones, a que la estructura económica del país seguirá siendo la misma. Sí, se podrá acceder a mucha más información, a participar en elecciones libres en las que se podrá votar a candidaturas que antes estaban prohibidas, e incluso el poder se encontrará en el mejor de los casos más fiscalizado, pero en el fondo nada cambiará, ya que la presión de la ideología dominante, con todos sus valores, tal como ocurre en los países occidentales, impondrá inevitablemente sus pautas.

Martes, 15 de febrero de 2011

miércoles, 23 de febrero de 2011

Sobre la necesidad de un debate


ACERCAMIENTOS
(acb.007)

Sobre la necesidad de un debate


Después de mucho tiempo, y creo que ya iba siendo hora, me encuentro con un artículo en donde además de los inevitables análisis de la situación, se señala hacia un lugar concreto hacia el que poder comenzar a caminar. Como he repetido últimamente en varias ocasiones, ha llegado el momento de aportar alternativas, pues todos sabemos, con mayor o menor conocimiento, las causas que han posibilitado que nos encontremos donde nos encontramos. Parece que la izquierda, tan crítica siempre, se encuentra sobrada de analistas, de individuos y de colectivos que no dudan en señalar las causas que han motivado la gran crisis que padecemos, pero parece evidente que en sus filas, no existen muchos elementos capaces, desde una perspectiva nítidamente de izquierda, de aportar soluciones viables a los múltiples problemas que padecen nuestras sociedades. Por eso, cualquier aportación, por mínima que sea, siempre debe ser bienvenida, pues seguro que en ella se podrá hallar algo aprovechable, tanto para la elaboración del nuevo relato que tanto necesita la izquierda, como para solventar algún que otro problema que afecta a la sociedad en la que vivimos.
Para Jordi Guillot, que es vicepresidente de Iniciativa por Cataluña, hablar de izquierda hoy en España es hablar de federalismo y de ecologismo, y que sólo desde esos posicionamientos se podrá afrontar la doble crisis existente, la económica y la que afecta a lo colectivo. Pero el problema para él, se encuentra en el hecho de que la izquierda está difusa, es decir, que no sabe cómo actuar al encontrarse perdida, por lo que resulta necesario, antes que nada, que se reorganice y si es preciso que se reinvente, por lo que apuesta por la creación de una gran fundación a nivel nacional, aunque él dice estatal, desde la que poder articular un debate que imponga las bases sobre las que debe asentarse esa nueva izquierda necesaria.
Estoy convencido que la desorientación que padece hoy la izquierda, que es cierta, es consecuencia de la crisis que padece, crisis que evidentemente hay que solventar, si desde ella se desea atajar las otras crisis existentes. Sí, en primer lugar la izquierda debe solucionar sus problemas internos, para con posterioridad, intentar aportar las alternativas que observe necesarias para sacar a nuestras sociedades del callejón sin salida, sin salidas aparentes en las que se encuentran, o para modificar la demencial y asocial trayectoria de las mismas. Para que vuelva a tener peso, la izquierda debe hacerse con un nuevo discurso que la cohesione, ya que en estos momentos si por algo se caracteriza, es por carecer de un eje vertebrador que la unifique en su diversidad, presentándose ante la sociedad como un disparatado coro de voces, que sin credibilidad, lo único que consigue es subrayar los discursos políticos que se le oponen, que en contrapartida, y más que por los desméritos de esa izquierda que por los propios, logran presentarse como creíbles y realistas, descalificando todo lo que se salga de los parámetros que la propia izquierda con dificultad va dibujando. Por ello, es esencial aunque tenga que dejarlo todo momentáneamente a un lado, que se dedique a trabajar con ahínco en la elaboración de un nuevo discurso, de una nueva narración que ante todo sea realista, que le sirva, además de para recuperar la credibilidad perdida, que es fundamental, para que su voz se convierta de nuevo en la referencia de importantes sectores sociales, que hoy por hoy, por desgracia, se encuentran desbordados y encadenados a discursos que van en contra de sus propios intereses. Por este motivo veo interesante la propuesta de crear un foro de debate, que perfectamente se puede presentar en forma de fundación, que a todos los niveles se dedique a idear y a preparar los cimientos sobre los que debe levantarse el nuevo edificio de la izquierda, y observo también importante, como propone el autor, que queden excluido de ese foro las organizaciones de la izquierda existente, para que con libertad puedan expresarse en él, sólo individuos con nombres y apellidos, que son los que el dirigente de Iniciativa identifica con la izquierda difusa. Con lo medios existentes en la actualidad, ese foro se puede constituir sin que suponga un esfuerzo para nadie, necesitándose sólo un moderador que coordine las diferentes propuestas y que trate de evitar que todo quede empantanado, como muy a menudo suele ocurrir, por la acumulación de cuestiones preliminares, laterales, pero sobre todo carentes de sentido.
La aportación anterior, la de articular esa fundación de debate, gracias a la cual se pueda dar una nueva oportunidad para que la izquierda pueda refundarse, es lo que más me ha interesado del artículo de Jordi Guillot, ya que su contribución a ese futuro debate, el de que la izquierda debe, al menos en este país, que al parecer es especial, asentarse sobre dos pilares, el del federalismo y sobre el del ecologismo, me provocan importantes dudas.
Ni que decir tiene, que en ese teórico debate tendrán cabida todas las opiniones, todas, pero también todas las posibles críticas a las diferentes propuestas vertidas en el mismo. Guillot, es un representante cualificado de una opción política determinada, la de la izquierda catalanista, por lo que su apuesta federalista y ecologista no deja de ser coherente, pero me da la sensación, de que el federalismo, dadas las circunstancias, es un concepto que ya puede estar desfasado. Desde mi punto de vista, hablar de federalismo es lo mismo que hablar de nacionalismo, o de patria chica, y si se quiere de provincianismo; es un término que atañe más a la derecha que a la izquierda, siendo uno de los lastres, en un mundo globalizado, de los que la nueva izquierda tendrá que desprenderse a la mayor brevedad posible, para apostar por el concepto mucho más amplio de ciudadanía, que se quiera o no, debe asentarse en lo local, en las ciudades y en las zonas de influencia de las grandes urbes. Las ciudades, y más concretamente las grandes ciudades, serán el eje sobre el que se articulen las sociedades futuras, y esos ámbitos serán, lejos de las abstracciones nacionalistas, donde en mi opinión, tendrá que batirse el cobre la izquierda futura. Hay que tener una visión amplia, y comprender que es fundamental acabar con los ídolos creados por la derecha y apostar por nuevas formas de convivencia, que para colmo ya existen, que aporten más, sin coartar, al ciudadano de nuestro tiempo.
Sobre el ecologismo poco tengo que decir, ya que trabajar por un mundo sostenible es una exigencia que la propia realidad demanda, pero no me gusta que bajo ese término tan manoseado se esconda, porque avergüenza poner sobre la mesa determinados temas, otras cuestiones que son esenciales para la izquierda. Cuando se habla de la necesidad de crear un mundo sostenible en lo social, ¿de qué se está hablando?, imagino de que la justicia sea un imperativo inexcusable en nuestras sociedades. Pues bien, al igual que a determinada izquierda, a la moderna, precisamente a la que pertenece el autor del presente artículo, se le llena la boca cuando habla de libertad, tampoco la izquierda de siempre tendría que avergonzarse cuando hable de justicia y de igualdad, ya que estos términos sí representan, y siempre han representado lo que en último extremo han justificado la existencia de la propia izquierda. En lugar, para terminar, de decir que la nueva izquierda que hay que reinventar debería basarse en el binomio federalismo y ecologismo, mejor sería decir, que las cuatro patas que tienen que sostener a ese nuevo proyecto, deberían de ser los derechos de la ciudadanía, la justicia, la igualdad y por supuesto la lucha por la sostenibilidad del planeta.

Viernes, 10 de septiembre de 2010

sábado, 11 de septiembre de 2010

La crisis y la socialdemocracia


ACERCAMIENTOS

(acb.006)

La crisis y la socialdemocracia

Las fuertes medidas de ajustes dictadas por el gobierno de Rodríguez Zapatero, merced a las cuales han quedado congeladas gran parte de las políticas sociales, que eran a falta de otras de mayor calado las que singularizaban su mandato, parece que definitivamente, según se observa y se escucha en la calle, han logrando hundir la credibilidad del ejecutivo, y también la de su partido, que sin ningún tipo de disidencia interna, lo que resulta sorprendente, en todo momento las ha respaldado. De entre todas las medidas que se plantean llevar a cabo, con toda seguridad las que más impacto han ocasionado, aunque estoy convencido que no son las más importantes pese a su impopularidad, es la disminución de los salarios de los funcionarios y la congelación de las pensiones, algo inimaginable sobre todo para un gobierno teóricamente de izquierdas. No quiero entrar aquí si la gravedad de la crisis que estamos padeciendo aconseja, u obliga a coger con decisión el toro por los cuernos, que creo que sí, sino subrayar que las decisiones tomadas, que con toda seguridad son las más fáciles y las menos imaginativas de todas las que se hubieran podido tomar, ponen de manifiesto las dificultades a las que se enfrenta la socialdemocracia, que perdida, no se atreve, por cobardía, posiblemente por su apego al poder, a aplicar los discursos y las políticas, que hasta hace no tantos años, la convertían en la formación política preferida de las clases populares.

La realidad es innegable, la crisis económica global está haciendo estragos, dejando sin trabajo a millones de ciudadanos y precarizando las condiciones laborales de los que aún, y no se sabe hasta cuando, conservan a duras penas el que poseen, por lo que efectivamente hace falta un recorte del gasto, y la búsqueda de nuevos yacimientos de ingresos, que puedan posibilitar una inversión pública que en primer lugar salvaguarde, mediante subsidios dignos, a los que se han quedado sin ingresos al perder sus trabajos, para seguidamente fomentar la demanda interna que posibilite el consumo y por consiguiente la reactivación económica. Para lo anterior hace falta efectivamente dinero, dinero para poder inyectar en la propia sociedad, por lo que resulta un contrasentido, un enorme contrasentido, dictar políticas que vayan en el sentido contrario, como la de detraer liquidez a los funcionarios o la de disminuir la capacidad adquisitiva, mediante la no actualización de las pensiones, lo que unido al recorte del gasto público en todos los sectores, provocará con toda seguridad una recesión de la que difícilmente se podrá salir a corto plazo. Por supuesto que hay que recortar el gasto, y de forma drástica, pero sólo allí donde ese gasto resulte superfluo, pero nunca, en donde ese recorte pueda afectar al mantenimiento y a la creación de nuevos empleos.

El problema, es que el Partido Socialista, como las restantes organizaciones socialdemócratas en el poder, en lugar, como se confiaba, de realizar una política netamente socialdemócrata, consistente en potenciar la demanda desde el Estado, se está limitando a aplicar las recetas que le llega desde los cenáculos neoliberales, consistentes en reducir el gasto, todo el gasto, y en restringir la intervención del Estado, a no ser, por supuesto, que quien necesite ayuda sea el sistema financiero. Este y no otro es el problema de la socialdemocracia, que está haciendo el trabajo que no le corresponde, y lo que la está empujando hacia un callejón sin salida, en donde lo único que conseguirá será ganarse el descrédito de sus seguidores y su incapacitación para gobernar durante años, y todo, seamos realista, por su patológico apego al poder, que le obliga a comulgar con ruedas de molinos, en lugar de plantarse y decir no, lo que le evita tener que enfrentarse al poder real, el que controla los mercados y los flujos financieros, a pesar de que sabe que nunca se debe gobernar por gobernar, sino para llevar a cabo un programa político determinado, tenga éste las repercusiones que pudieran llegar a tener.

La socialdemocracia ha perdido el norte, olvidando la función que tradicionalmente la justificaba, que no era otra que la de intentar, mediante normas, controlar el carácter caótico y expansivo del capital, para convertirse en formaciones políticas que a lo único que aspiran, y por eso cada día desean parecerse más a ellas, es a turnarse en el poder con las formaciones de la derecha tradicional, en un turnismo insípido y por supuesto nada traumático, que está consiguiendo, y esa es la esperanza de muchos, una norteamericanización de la vida política, en donde sólo ligeros matices, ya que en todo lo demás están de acuerdo, separan y diferencia a los dos partidos que se deben alternar en el poder.

Dije antes, que me había sorprendido mucho, que después de las políticas restrictivas planteadas, no se hubieran producido disidencias importantes en el partido que aún lidera Rodríguez Zapatero, lo que habla a las claras, de lo que hoy es el partido de los socialdemócratas españoles, una organización repleta de cargos electos y asignados, de funcionarios que viven por y para el partido, en el que no existe el más mínimo debate interno, como si la única política que se pudiera llevar a cabo, es la auspiciada por los que ocupan la cúspide de la organización.

La cuestión, es que en las circunstancias actuales, es fundamental, posiblemente más que nunca, la existencia de la socialdemocracia, pues a pesar de los pesares, es la única formación con capacidad para intentar controlar políticamente al capital, y de obligarlo a volver a su lugar habitual, o lo que es lo mismo, a subordinarlo a las necesidades de la ciudadanía. Lo que ocurre, es que para ello, la socialdemocracia tiene que reconvertirse, refundarse por entero, para refugiándose o apoyándose en el Estado, aplicar políticas redistributivas que hagan comprender a todos, que para que este mundo sea sostenible, para que no explote en mil pedazos la sociedad en la que vivimos, es fundamental realizar un notable esfuerzo para cohesionarla, y evitar seguir como hasta ahora, permitiendo que todos sigan marchando al darwiniano ritmo del “sálvese quien pueda”.

Jueves, 27 de mayo de 2010

miércoles, 23 de junio de 2010

A pesar de todo aún no hay salida


ACERCAMIENTOS
(acb.005)

A pesar de todo aún no hay salida.

Lo que está acaeciendo, pone en evidencia la situación que padece la izquierda. La crisis económica que está sacudiendo el mundo, causada y esto nadie lo pone en duda, por las políticas neoliberales que durante demasiado tiempo han gobernado, con mano firme, los mercados y las economías de los países desarrollados, en lugar de poner en jaque al sistema capitalista, o al menos al capitalismo más radical, está, de forma sorprendente, arrinconando aún más a la izquierda, a la que se le acusa de ser ineficaz para afrontar las consecuencias de la propia crisis. Al parecer, según se repite sin descanso, los males del capitalismo sólo se pueden afrontar desde el propio capitalismo, ya que no existen, se comenta, otras opciones que ofrezcan un mínimo de viabilidad. Los expertos afirman, y no les faltan tribunas para decir lo que piensan, que la única forma de salir de la actual situación, en donde la falta de liquidez es notoria, entre otras razones porque las entidades financieras han cerrado sus puertas al crédito, es que se incremente el consumo, el verdadero corazón del sistema, pero parece absurdo apostar por dicha reactivación, cuando se constata que el poder adquisitivo de importantes sectores de la ciudadanía, y con muchas dificultades, sólo puede afrontar los gastos estrictamente necesarios. A lo anterior se une, que esos mismo expertos, todos ellos con magníficas titulaciones en exclusivas universidades, manifiestan que para salir del atolladero, de ese círculo vicioso, es necesario que se apueste, en lugar de por el Estado, que según dicen ha demostrado a lo largo de los años su ineficacia, por los empresarios y por las empresas privadas, eliminando las trabas que estos y estas encuentran para crear, como al parecer es su deseo, nuevos puestos de trabajos y por consiguiente más liquidez y riqueza. Perfecto, el problema, la causa de todos los problemas, en lugar de cómo se creía, la tienen los más débiles, que son a los que en principio debe apoyar todo Estado social y regulador, y no los que en épocas de bonanza, llenaron sus cuentas corrientes y los que elaboraron estrategias empresariales y financieras sólo a corto plazo, que eran las que más les convenía a sus intereses. Si se observa con serenidad, otra vez parece que se hace realidad la famosa frase de Henri Lévy, la de que “el capitalismo es el eterno adolescente que constantemente mata al anciano que lleva dentro”, o lo que es lo mismo, que el propio capitalismo, aprovecha todas las crisis que él mismo provoca para perpetuarse, perfeccionándose, en el centro del sistema. Si antes, hace sólo unos años, había que empequeñecer al Estado, para convertirlo, como dijo alguien, “en una gran comisaría de policía”, con objeto de que sus atribuciones sólo se concernieran al mantenimiento del orden y el imperio de la ley, ahora, después de todo lo que ha pasado, y que con toda seguridad seguirá pasando durante algunos años más, ahí está la crisis griega y el riesgo de contagio, se dice que el auténtico papel del Estado, el único con sentido, es convertirlo en Estado-bombero, para que en momentos difíciles, tales como los que estamos atravesando, salga sin dudarlo en defensa de la espina dorsal de la economía, que evidentemente no son los trabajadores, sino las empresas y el sistema financiero.
Lo curioso del tema, lo que cada día me sorprende más, es que apenas se alzan voces contra tal desatino, y las que se escuchan son tan marginales, que quedan descalificadas por su propia marginalidad. La presión es terrible, en el campo mediático, por ejemplo, sólo se alza una voz, que con pequeños matices, no es otra que la del discurso único, la de ese discurso unitario, que en el fondo sólo dice, una vez descodificado, “que se quiera o no, sólo existe un camino”, ya que los demás, son sólo senderos, que en el mejor de los casos, no llegan a ninguna parte. Poco a poco, porque la lluvia cuando no cesa siempre acaba calando, la ciudadanía va creyéndose esos mensajes, resultando curioso, y doloroso, observar como se tira piedras contra su propio tejado, dedicándose a repetir mecánicamente, todas las ideas que desde los alminares de los medios de comunicación con talla única le confeccionan. Ante tal situación poco puede hacer la izquierda, sobre todo, cuando la izquierda mayoritaria, es decir la socialdemócrata, hace tiempo que cayó, o mejor dicho se abalanzó a los brazos de ese discurso elaborado por el capitalismo más radical, lo que la ha conducido al descrédito, pensándose de ella “que es más de lo mismo”, y que sólo está interesada en la lucha por un poder político, que en la mayoría de las ocasiones poco interesa a sus votantes, porque desde él, sólo se puede gestionar lo existente, la calderilla que se le deja a la clase política.
Pero para cerrar más el círculo, es decir para que todo resulte más asfixiante, ni la propia izquierda digamos que más radical, la que se denomina alternativa, tiene claro el “qué hacer”, a pesar, y esto hay que reconocérselo, de que sus análisis de la situación resultan diáfanos y esclarecedores. Sí, esa izquierda sabe el lugar en el que nos encontramos, y las causas que nos han conducido hasta él, pero duda, o cae en demasiados lugares comunes, a la hora de preparar y presentar sus propuestas de futuro. Me ha sorprendido que uno de sus teóricos, el recientemente fallecido Vidal-Beneyto, alguien a quien sin duda recordaremos y echaremos en falta, después de un magnífico planteamiento, en un artículo que tenía pendiente de leer desde hacía bastante tiempo, acabe diciendo, que el futuro pasa por los movimientos sociales, imagino que por la vertebración de dichos movimientos, y en volver a las bases, dejando la desprestigiada política de altura para los profesionales de la misma, y recordando en una magnífica frase, que a pesar de ser cierta no es más que un brindis al sol, que “lo importante no es votar, sino saber para qué hay que votar”.
Ha llegado ya el momentos de dejar de buscar las causas, sobre todo porque ya se conocen, y buscar alternativas viables y creíbles que no pasen por el enrocamiento en posiciones marginales y hasta cierto punto narcisistas, por lo que los teóricos de la izquierda, que los hay, deben hacer todo lo posible por encontrar nuevos planteamientos teóricos que consigan aportar esperanza a la ciudadanía, y los demás, a saber decir no, cuando no haya más remedio que decir no, en lugar, como se suele hacer, de callar y bajar la cabeza ante todo lo que se nos impone.

Martes, 11 de mayo de 2010