
ACERCAMIENTOS
(av.08)
Más sobre la crisis
La importante crisis que sacude a los países desarrollados, evidentemente supone, se diga lo que se diga, un ataque frontal al estilo de vida occidental, y más concretamente contra el denominado Estado del bienestar. Parece que el capital, apoyándose en las contradicciones que desde hace tiempo viene padeciendo ese mundo, ha optado por darle el golpe definitivo, y parece también, que en esta ocasión no encontrará resistencias. Las causas de la crisis hay que encontrarlas en la explosión de la enorme burbuja financiera que el propio primer mundo ha ido creando con los años, todo potenciado por la globalización incontrolada que padecemos y por la voracidad de unos mercados de capitales insaciables que en todo momento han vivido de espalda a la propia sociedad. Pero el auténtico núcleo duro que lo ha provocado todo, la madre de todas las causas, es que Occidente ha estado viviendo durante demasiados años muy por encima de sus posibilidades, lo que le ha obligado a endeudarse hasta unos niveles incomprensibles, hasta que ha llegado el momento en que esa deuda le ha explotado entre las manos. El problema, y aquí tienen la culpa los diferentes gobiernos, que en muchas ocasiones y con razón hablan de que la crisis es global y que por eso no se le puede achacar nada, es que no han sabido, teniendo como tienen especialistas en la materia, preverla, y lo que es mucho más grave, intentar sortearla o gestionarla de una manera adecuada, con objeto de que lesionara lo menos posible los intereses de sus ciudadanos. ¿Pero qué podían hacer? Evidentemente poco, pues el sistema se basa en el consumo, en un consumo en muchas ocasiones compulsivo, de suerte, que si se para éste, todo se viene abajo. Pero a un gobierno siempre hay que pedirle más, mucho más, sobre todo si teóricamente es de izquierdas, que seguir los deseos de los mercados y de las necesidades primarias de la ciudadanía, ya que a un gobierno también hay que exigirle planificación y pedagogía. Planificación para prever el futuro, dependiendo de las circunstancias existentes y de las variables que vayan convergiendo, y para desarrollar las directrices que haya que aplicar, y no como ha sucedido, no sólo en España, para dar conformidad a unas dinámicas que cualquier observador podía calificar como negativas, por muy avaladas que se encuentren por todos los organismos financieros internacionales, al presentarse como las únicas posibles. Pero también un gobierno, sobre todo si se autodefine como de izquierdas, tiene la obligación de intentar educar a la ciudadanía, para intentar al menos hacerle comprender, por ejemplo, “que todo el monte no es orégano”, y que existen otras formas de vida que contraponer a la caracterizada por ese consumismo compulsivo que ha llegado a anegarlo todo. Y en estos dos aspectos es donde han fallado nuestros gobiernos, que se han dejado llevar de forma acrítica por los vientos dominantes, sin pensar que esos vientos, como así ha sido, podían cambiar de forma repentina. Esos gobiernos, pero también la banca y los organismo internacionales, que cuando vieron llegar el tsunami de la crisis, en lugar de enfrentarse a él, al creer que se trataba sólo de un mero espejismo, se dedicaron a mirar hacia otro lado y a decir que de ellos no era la culpa. Pero repito, ¿Qué se podía hacer realmente? Pues posiblemente todo lo contrario de lo que se ha hecho, ya que al no existir en teoría alternativas a lo existente, y al observarse que la ciudadanía no se revelaba contra lo que estaba aconteciendo, las actuaciones no han sido otras que las dictadas por los grandes gurú financieros, que siguen teniendo el calificativo de infalibles, a pesar de que se han equivocado en todo, y que por ello, son en parte responsables de lo que está acaeciendo.
Los efectos de la crisis están siendo diferentes dependiendo del país, en España por ejemplo, en donde el endeudamiento público es mucho menor del que soportan los países de su entorno más inmediato, posiblemente porque ha seguido al pié de la letra los mandatos impuestos por la Unión Europea, el problema se concentra en el endeudamiento privado, en familias y en empresas, lo que ha provocado una importante caída del consumo y por consiguiente un considerable aumento del desempleo. Desde los sacrosantos oráculos internacionales, se proclama que para solventar y superar la crisis es imprescindible disminuir el gasto público, lo que en realidad significa que lo que hay que hacer es desmantelar el gasto social, o lo que es lo mismo, el Estado del bienestar. No se puede olvidar nunca, ni tan siquiera en estos momentos críticos, que esa ha sido la gran consigna del liberalismo más radical, lo que al menos debería de llamar la atención, pues la ideología que ha provocado la crisis, es la única que se siente legitimada para aportar recetas contra la misma.
Con toda seguridad, tal y como están las cosas, no cabe duda que los estados tienen que reducir sus gastos, sobre todo aquellos que sean innecesarios y que no afecten directamente a las necesidades de la ciudadanía, pero también, y esto casi nunca se subraya, entre otras cosas porque se dice que no es popular y que ahuyentaría las inversiones, que obligatoriamente tienen también que aumentar sus ingresos, lo que sólo se puede producir incrementando las tasas y los impuestos, los impuestos de los que más tienen.
Lo que parece claro es que Occidente, tendrá que modificar su singular forma de vida, pues los países llamados emergentes lo han convertido, hoy por hoy, en una región mucho menos competitiva, en lo económico, de lo que él mismo se cree, lo que significa, que tal y como están las cosas, ya no va a poder seguir pagando la abultada factura que su estilo de vida le acarrea. La cuestión, por tanto, es saber lo que hay que hacer a partir de ahora, si abandonar o echar por la borda todas las estructuras sociales que lo diferenciaban para abrazar el liberalismo del “sálvese quien pueda”, que al parecer es la única alternativa posible, o por el contrario, intentar aprovechar la crisis para poder reinventarse.
Jueves, 18 de agosto de 2011
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