viernes, 21 de marzo de 2014

Sobre el independentismo catalán, y 3

21.- Sobre el problema independentista catalán, y 3

            Está claro que si una inmensa mayoría de los catalanes desean la independencia, no puede haber nadie, que a medio plazo, consiga hacer frenar ese anhelo, por lo que, ante  una situación de tal naturaleza, lo único sensato que se podría hacer, es facilitar, con la mejor voluntad posible el proceso de transición, pero como creo que en este caso, debido a la dilatada historia común y a los enrevesados intereses creados a lo largo de los años, una parte significativa, ideológica y culturalmente heterogénea, no va a estar por la labor, es esencial comenzar a conocer los datos con los que se cuentan, por lo que es imprescindible la realización de un referéndum. Sí, no hace falta una consulta popular para constatar si los catalanes pueden votar para decidir su futuro político, si junto a España o fuera de España, pues resultaría absurdo, ya que todo pueblo tiene no sólo el derecho, sino también la obligación de decidir sobre lo que le apetezca, y mucho más sobre su futuro, por lo que en realidad hay que plantearse la convocatoria de un referéndum, que cuente con todas las garantías posibles, para saber el número de catalanes que en estos momentos se decantan por seguir perteneciendo al Estado español sin dejar de ser catalanes, y cuántos otros, prefieren dejar de ser españoles para ser solos ciudadanos de un estado catalán independiente. Esta es la cuestión, la única cuestión que en estos momentos me interesa, pues dependiendo de los apoyos reales con los que cuente una u otra opción, habría que implementar estrategias diferentes. No siendo lo mismo, evidentemente, que se produjera un “sí” mayoritario a la independencia que un “no”, pero lo que en realidad complicaría la situación, como posiblemente vaya a ocurrir, es que no se produzca ni un “si” mayoritario ni un “no”, sino todo lo contario, que es el escenario que nadie desea al ser el más complicado para todos, el que exigirá un mayor sobreesfuerzo político que no estoy seguro que esté al alcance de nuestros avezados representantes, poco dados, y poco dotados, para gestionar conflictos que vayan más allá de situaciones  en que lo blanco no se presente blanco y que lo negro no sea del todo negro. Sí, cada día estoy más convencido, a pesar de que según dicen todo ha cambiado muy deprisa en los últimos años, que el tan manoseado referéndum, que unos exigen y otros niegan, aportará un empate técnico que imposibilitará tanto la independencia como el mantenimiento del actual status quo, y también posiblemente la opción federal, a la que tanto se aferran ahora los socialistas, por la sencilla razón, de que el federalismo no traería nada, o casi nada nuevo, pues la estructura actual del sistema, el denominado Estado de las Autonomías, por muy criticado que siempre haya estado, es mucho más federal que la mayoría de los regímenes federales existentes.
            Lo que parece evidente, es que vengan como vengan tiradas las cartas, hay que buscar entre todos, al menos entre los actores que se sientan responsables, una solución estable que a largo plazo, al menos solvente el conflicto identitario actual, y no una salida coyuntural que dure sólo el tiempo suficiente hasta que el estado de opinión de la ciudadanía vuelva a cambiar. Si bien nada puede ser definitivo, y menos en estas épocas tan cambiantes, lo que parece evidente es que hay que trabajar para conseguir un sólido consenso, que si bien no haga feliz a nadie, tampoco logre que nadie lo rechace de forma radical, o dicho de otra forma, en el que nadie se sienta excesivamente confortable en él, pero al mismo tiempo, y esto es importante, nadie incómodo.
            Dicho lo anterior, y dejando a un lado lo que este país nunca podrá volver a ser, o no podrá continuar siendo, la única alternativa viable se presenta, la única, y resulta curioso que es la única posibilidad que nadie se ha atrevido a barajar, el es modelo confederal, que supone un paso adelante desde el federalismo, opción que digan lo que digan sus defensores ha quedado completamente desfasada, y que se queda a un paso de la independencia, lo que supondría que los que abogan por la Soberanía Nacional de Cataluña tendrían, de hecho, lo que desde hace tiempo desean, al tiempo que aquellos que aspiran a mantener los lazos con España podrían seguir manteniéndolos. Esto no significaría, porque carecería de sentido, que el actual Estado de las Autonomías se convierta de la noche a la mañana en un Estado Confederal, no, pero sí que mediante una estudiada y medida reforma constitucional, Cataluña, y posiblemente el País Vasco, que son las comunidades que más incómodas se encuentran dentro del actual sistema, al demandar más competencias de las que éste les puede aportar, puedan convertirse en Estados federados a España, estados soberanos, con gobiernos propios, con todas las competencias a su cargo, pero con una relación bilateral fluida y repleta de complicidades, y de compromisos con el Estado español, que junto a ellos, de tú a tú, conformarán un nuevo marco que necesariamente hay que construir en beneficio de todos.
            Soy consciente, obviamente, que esta propuesta es más fácil de exponer que de  implementar, que las dificultades que supondría un acople de tales características y calibre superaría en múltiples ocasiones el saber hacer de nuestros políticos, acostumbrados desde hace tiempo a “faenas de bajura”, pero una apuesta de tal envergadura, si en realidad se desea acabar con la eterna polémica de la estructura territorial de nuestro Estado, es la única posible y de largo alcance. El modelo a seguir para los que piensen que lo expuesto es sólo un ejercicio gratuito de algebra política, es la propia estructura de la Unión Europea.

20.09.13

viernes, 7 de marzo de 2014

Sobre el independentismo catalán, 2

Desde el mirador 5

20.-  Sobre el problema independentista catalán, 2

            La situación cada día es más  confusa, pese a que todos los actores han puestos sobre la mesa sus planteamientos, planteamientos que difícilmente podrán hacer posible un diálogo constructivo que vaya más allá de salir en una foto, diálogo por el que todos abogan de cara a la galería, lo que se agrava, siempre hay quien cuenta con más leña para avivar el fuego, con  las declaraciones que ayer realizó el Comisario europeo para la Competencia, el español Joaquín almunia, quien afirmó que no hay que engañarse, que si una parte de un país perteneciente a la Unión europea decide desgajarse de él, quedaría automáticamente fuera de la Unión, teniendo que solicitar su ingreso, lo que supondría años de espera, años que tendría que pasar fuera del paraguas de la Unión, es decir, poco menos que a la intemperie. Lo que está claro, al menos es lo que pienso, que lo importante no es que las partes se  sienten cara a cara en una mesa de diálogo, en la que cada uno de los interlocutores impermeablemente digan lo que piensan, ya que lo que resulta esencial en estos momentos es que entre en escena la política, que es mucho más, mucho más que dedicarse a escupir el discurso que se posea al otro y ante los medios de comunicación que allí se den cita. Es positivo que cada cual sepa lo que quiere, y que exponga sus planteamientos de la forma más adecuada, pero una negociación política tiene que ir más allá, pues de lo que se trata, y esta es la función de la política, es de intentar encontrar una salida satisfactoria a los conflictos sobre los que se trabaje, una solución que pasará necesariamente, no tanto en tener que ceder, nadie tiene que hacerlo, pero sí en buscar y en intentar encontrar nuevos escenarios en donde las diferentes perspectivas en disputa puedan tener cabida. En la actual coyuntura, todos saben de forma diáfana por lo que tienen que apostar, todos, pero hasta el momento nadie parece poseer la altura política necesaria para aportar esos escenarios alternativos que tengan la virtud no sólo de desactivar el  problema, sino poner sobre la mesa objetivos, nuevos proyectos creíbles, que consigan ilusionar a una ciudadanía que cada vez se encuentra más desilusionada tanto con su presenta como ante el futuro que le espera.
            Todo país para que funcione, para que funcione adecuadamente, necesita poseer un proyecto común que vertebre y enerve a su ciudadanía, circunstancia de la que hace tiempo carece España, cuyo proyecto de país, en el caso de que exista más allá de las banderas, de los espectáculos deportivos y de las proclamas políticas, se encuentra tan debilitado que favorece la dispersión, lo que ha potenciado, por ejemplo, el auge del independentismo catalán. Los nacionalistas catalanes, con inteligencia, han sabido aprovecharse de la anémia que desde hace tiempo padece lo español, articulando gracias a la idea de la nación catalana, de la nación catalana independiente, una esperanza que ha prendido con fuerzas en el tejido social catalán, que observando que poco se puede esperar de España, a quien para colmo suelen echar la culpa de todos sus males, se sienten con fuerzas para emprender por separado su futuro.
            No hace falta decir aquí que no soy nacionalista, que ninguna de sombra de campanario consigue erizarme la piel, por lo que observo con asombro tanto a esos nacionalistas que ahora con tanto ímpetu defienden la bandera y la letra de la Constitución, como aquellos otros que se dedican a pasear, a levantar y a presentar la señera, o la ikurriña, como su único fundamente político, de suerte, que en el fondo me da igual, absolutamente igual que Cataluña siga perteneciendo a España, se proclame independiente o se adhiera a Lituania, siempre y cuando, por supuesto, que las decisiones que se lleven a cabo se realicen democráticamente. Tampoco comprendo ese interés que tienen algunos de presentar la Constitución como algo inamovible, como un pétreo e irremplazable dique contra “el caos”, cuando una constitución no puede ser más que un instrumento que favorezca la convivencia, un instrumento político que como tal, y con objeto de estar siempre adaptado a la realidad, se manifieste siempre abierto a las modificaciones que esa realidad le aconseje, para que no pase a convertirse en un impedimento para la misma convivencia a la que dice querer favorecer.
            Por ello, el denominado “patriotismo constitucional” es un concepto absurdo, como también lo sería creer en unos alicates o en un destornillador, que también son instrumentos, ya que en lo que hay que creer es en las ideas que se posean, en las ideas que trabajosamente cada cual ha logrado elaborar, para que puestas en la arena del debate político, puedan confrontarse con otras con objeto de poder consensuar marcos de convivencia viables. La política es el gran antídoto contra el autismo por el que trabajosamente nuestras sociedades se deslizan, ya que nos obliga a escuchar y abrirnos a los otros, haciéndonos comprender que sólo somos uno más y por supuesto, a aceptar que ni nosotros ni nuestras ideas conformamos el ombligo del mundo.
            No sé realmente, si como dicen las encuestas, una mayoría raspada de catalanes estarían dispuestos a  votar por la segregación de Cataluña de España, ciertamente no lo sé, pero lo que sí parece claro, es que importantes sectores de esa comunidad, que aunque no mayoritarios, no están de acuerdo con tal opinión, radicando precisamente aquí el problema, ya que la pregunta sería, ¿qué pasaría si en un hipotético referéndum, el sesenta o el sesenta y cinco por ciento de la población catalana optara por la independencia y el resto no? ¿Qué pasaría con ese treinta y cinco o cuarenta por ciento restantes?  La cuestión hay que reconocer que es bastante compleja, pues de la noche a la mañana alguien que no lo desea no puede dejar de pertenecer a un país, a una identidad cultural determinada, sobre todo si se comprueba que vivimos en el siglo XXI. Por ello, la aparición en escena de la política, de la política con mayúsculas, es esencial.


18.09.13

miércoles, 26 de febrero de 2014

Sobre el independentismo catalán, 1

19.-Sobre el problema independentista catalán, 1

            La celebración la semana pasada del Día Nacional de Cataluña, de la Diada, ha logrado subrayar, una vez más, posiblemente el mayor problema estructural al que se enfrenta España, en esta ocasión no ya la vertebración territorial del Estado, sino el mantenimiento del mismo, ya que amplios sectores de la sociedad catalana, y esto es un hecho real, aspira, sin ningún tipo de disimulo, a la independencia. Hasta hace relativamente poco tiempo el tema era otro, el de acomodar, de la mejor forma posible, Cataluña a España, pero los errores de bulto de unos y los aciertos de otros, han conseguido modificar el escenario político, que amenaza, debido al enroque suicida de las partes, con imposibilitar una salida aceptable, gracias  a la cual, la actual situación pueda reconducirse sin que nadie se sienta derrotado al haber tenido que dejar en el camino sus postulados.
            La situación actual es compleja, pues si importantes son los sectores catalanistas que aspiran a la independencia, aún mayor es el número de catalanes, que desde la legitimidad democrática, exigen un referéndum sobre el derecho a decidir, o lo que es lo mismo, que se le deje a la ciudadanía catalana poder determinar si desea seguir perteneciendo, o no, a lo que aún hoy se denomina España.
            Hace algún tiempo, cuando el Partido Popular consiguió, gracias a una amplia mayoría, hacerse con el gobierno de la nación, escribí en estas mismas páginas, que el problema a medio plazo más importante al que tendría que enfrentarse, más incluso que la crisis económica que por entonces comenzaba a asomarse por todos los resquicios, era el denominado “problema catalán”, escribiendo también, que debido a la extracción ideológica de este Partido, no era ni de lejos el más capacitado para enfrentarse a tal espinoso tema, lo que ahora, después de leer la respuesta que ha dado a lo acontecido el pasado Once de Septiembre, en la que ofrece diálogo, cierto, pero siempre y cuando todo se atenga a la legalidad constitucional, no tengo más remedio que reconocer, y no me alegro de ello, que tenía razón en lo que dije, que el Partido Popular genéticamente no está capacitado para afrontar un tema de tal calibre.
            El día siguiente a la “Diada”, en una tertulia política televisiva, escuché dos planteamientos que realmente me preocuparon, pues creo que correspondían, en un sentido y en otro, a la opinión política que se mantiene sobre lo que está aconteciendo en Cataluña fuera de Cataluña, o lo que es lo mismo, a los puntos de partida que la clase política, y el mundo político español, sostiene ante lo que se les viene encima.  Por un lado, me llamó la atención, que un destacado periodista de uno de los medios que más han apoyado al Partido Popular dijera que la solución es fácil, hacer respetar la legislación vigente, al no existir ninguna alternativa política fuera de los mandatos que ofrece la Constitución, Constitución que por otra parte fue respaldada, en su día,  mayoritariamente por el pueblo catalán. Evidentemente, y basándose en lo anterior, para él, realizar un referéndum para que se pueda saber si los catalanes pueden decidir su independencia resultaría, además de absurdo, ilegal, ya que tal posibilidad no viene contemplada en nuestra sacrosanta Carta Magna. En principio, la actitud de este afamado periodista, cuya altura política quedó demostrada, que para colmo, y esto es lo grave, coincide punto por punto con la que mantiene el Partido Popular, me resultó de una agresividad, por no decir de una falta de sensibilidad política alarmante, pues si algún día se imponen sus planteamientos,  posibilitará ese choque de trenes que por todos los medios hay que evitar. Por el otro lado, en la misma tertulia, un dirigente medio del partido Socialista, que al parecer cuenta con algún predicamento entre los socialistas madrileños, Comunidad por la que es parlamentario regional, afirmó muy serio, después de hablar del cariño que siente por Cataluña y los catalanes, que él era un republicano francés, es decir un jacobino, por lo que sólo lucharía por la igualdad de los derechos, independientemente al lugar donde se asienten, de todos los ciudadanos del Estado español, no siendo de recibo por tanto, según él, que los que vivan en una Comunidad determinada, cuenten con más derechos y con más recursos que los que tengan la desgracia de vivir en otra. El Estado para este economista y diputado regional madrileño, tiene que velar, y de forma militante, para que no se produzcan asimetrías sociales, y no sólo económicas sino tampoco políticas, por lo que no ve con buenos ojos posibilitar un referéndum que a lo que aspira, es a singularizar a una Comunidad que dice sentirse maltratada fiscal, cultural y políticamente sin motivos para ello, consulta que lo que pretende es acentuar el concepto de nación, de la nación catalana, por encima del de ciudadanía, algo que a estas alturas le resulta ahistórico. No cabe duda, que a pesar de que ambos planteamientos surgen de las antípodas ideológicas, coinciden en lo mismo, en negar la posibilidad de que los catalanes puedan decidir si desean, o no, seguir perteneciendo a España, lo que deja en suspenso la posibilidad del diálogo por el que ambos abogan, lo que unido a la intransigencia nacionalista, que cada vez pide más apoyo del exterior, presentando a Cataluña como un pueblo oprimido y poco menos que colonizado y explotado por el Estado español, sitúa la cuestión en un plano poco menos que irresoluble.


16.09.13

lunes, 13 de enero de 2014

Sobre la elección de Susana Díaz, y 2

18.- Sobre la elección de Susana Díaz, y 2

            Pese a todo, como dije anteriormente, en principio no creo que Susana Díaz sea la  persona más adecuada para liderar el proceso de transformación que el Partido Socialista necesita, pero también comprendo que este Partido, carece de en estos momentos de figuras de prestigio con el suficiente peso para afrontar esta nueva etapa que obligatoriamente tiene que inaugurar, prueba de ello es la elección de la propia Susana Díaz, pero sobre todo las escasas y débiles alternativas que se han presentado para hacerle frente, lo que también habla a las claras del escaso debate de ideas, y este hecho sí resulta preocupante, que existen en su seno. Precisamente este es el motivo, y espero estar equivocado, por el que no creo que Susana Díaz sea la opción que en estos momentos tan difíciles para la sociedad española necesita la formación socialista, pues esa candidata no aporta nada nuevo, ni ideas nuevas, ni un nuevo programa o proyecto adaptado a los tiempos que vivimos para logra ilusionar tanto a su militancia como a la ciudadanía que dice estar dispuesta a representar. Da la sensación, que todos los movimientos que se están produciendo en Andalucía, en el seno del Partido Socialista andaluz, y que se exigen desde todos los ángulos que también se  lleven a cabo en ese mismo Partido a nivel estatal, están más  encaminados a seguir manteniendo el poder en el primer caso, o en constituirse como una alternativa de poder creíble en el segundo, que en renovar el perdido discurso socialdemócrata de la formación, lo que demuestra que si de algo adolece  ese Partido, es de personas que se dediquen a reflexionar, con objeto de abrir un debate profundo sobre las líneas ideológicas a seguir, lo que de ser cierto demostraría, que es una formación volcada íntegramente en la gobernación, o en la conquista del poder para poder gobernar, hecho que en una organización política de izquierdas resulta preocupante.
            No cabe duda que el proceso interno que se ha producido, que ha logrado abrirle las puertas a Susana Díaz para competir con cierta ventaja por la Presidencia de la Junta, hubiera podido desarrollarse de otra forma, pues puede dar la sensación de que todo sólo haya consistido en una escenografía, en una estrategias para ocultar lo evidente, que la candidata ha sido nombrada a dedo, después de haberse dado algunos rodeos de cara a la galería, por parte de la omnímoda dirección del partido, además de, que el Partido Socialista en estos momentos carece de un proyecto, de un nuevo discurso, para presentarse como alternativa de sí mismo.
            La profunda crisis que padecen los partidos políticos, sólo podrá superarse, cuando éstos le demuestren a la ciudadanía que son instrumentos útiles, y no sólo un peso muerto siempre pendientes de sus espureos intereses internos, que necesariamente tiene la obligación de soportar. Para ello, para lograr tal objetivo los partidos tienen una largo recorrido ante sí, pero un paso fundamental sería, que con cierto voluntarismo, trataran de abrirse a esa ciudadanía a la que constantemente le piden su apoyo, para dejar de ser esas corporaciones cerradas, gestionadas férreamente, y de forma vertical, por unos equipos directivos que a lo único que aspiran es a mantenerse en el poder de esas organizaciones. Abrirse a la sociedad significa, no abrir las puertas de sus cedes para que la ciudanía se afilie a ellos de forma masiva, sino tender puentes para atenuar las distancias que se han creado, con la intención de que las necesidades de la población sean atendidas, escuchadas y posteriormente articuladas políticamente, lo que sólo se podrá conseguir, si los partidos en lugar de dedicarse exclusivamente a la lucha política, esa que se lleva a cabo en la estratosfera política, se propusieran seriamente bajar a tierra con objeto de empaparse de esa cotidianidad que a tantos preocupa y anega, y de la que ellos tratan de escapar por todos los medios.
            Por lo anterior, en momentos tan difíciles, en los que la crisis económica tantos estragos está provocando, en el que tantos derechos que se creían consolidados en tan poco tiempo se han volatilizado, y en donde la credibilidad de la política hace aguas por todas partes, estoy convencido, que el Partido Socialista ha desperdiciado una gran oportunidad para acercarse a esa ciudadanía que tanto está padeciendo, al haberse enrocado en un proceso interno, desde mi punto de vista completamente amañado, que no ha tenido ninguna repercusión social real. Nadie sabe nada, si es que lo tiene, del programa sobre el que teóricamente se ha apoyado Susana Díaz, de las modificaciones que pudiera realizar a la práctica política que se está llevando a cabo, pues todo se ha limitado a un “movimiento de palacio”, en donde ni la ciudadanía ni los problemas de ésta en ningún momento han tenido cabida.
            Se podría decir, claro está, que lo que ha pasado es lo que tenía que ocurrir, que se trataban de problemas internos, organizativos del Partido Socialista, y que al igual que ocurre en cualquier empresa privada, tenían que resolverse de puertas para adentro. Pero un partido político no es una empresa privada, ya que son instituciones sociales que tienen que mirar, al menos para eso están constituidos, por los intereses de la sociedad, al sostenerse para colmo son dinero público.
            Es difícil comprender la cerrazón de los partidos políticos, pues lo que ha sucedido en el Partido Socialista hace poco también ha ocurrido en Izquierda Unida, al no querer aceptar con hechos y no sólo con palabras, que tienen la obligación de abrirse a la sociedad, unirse a ella y no limitarse sólo a intentar liderarla desde el exterior. Lo anterior sólo podría entenderse por el interés de las diferentes cúpulas de los partidos por mantener, contra vientos y mareas, un status quo del que sólo consiguen beneficiarse los profesionales de la política.

22.07.13


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Sobre la elección de Susana Díaz, 1

17.- Sobre la elección de Susana Díaz, 1



Hace unos días, la noticia que todos esperábamos como inevitable saltó a las cabeceras de todos los medios de comunicación, pues Susana Díaz, la persona señalada por el Presidente de la Junta, y por el aparato del Partido Socialista, no sólo había conseguido el número de avales necesarios, sino que sus competidores no lo habían podido obtener, lo que certificaba, que sin necesidad de realizar primarias, la actual Consejera de Presidencia será la candidata a las próximas elecciones, liderando a la formación socialista, para convertirse, si todo sale como esperan, en la primera Presidenta de la Junta de Andalucía. Desde un principio, la candidatura de Susana Díaz fue atacada desde todos los ángulos, sobre todo y como era de esperar desde la derecha mediática, que veía en ella a una representante del aparato del partido, acusándola incluso, como si este hecho fuera delictivo, de que toda su trayectoria profesional había transcurrido dentro del mismo, lo que significaba, según sus críticos, que al ser sólo una mera funcionaria del Partido, no estaba cualificada para gobernar una comunidad como la andaluza. También han salido a la palestra, entre otros datos biográficos, todos encaminados a desacreditarla, el hecho de que tardó doce años, doce, en terminar los estudios de derecho, algo que para algunos, sin preocuparse de las circunstancias, resulta incomprensible. Evidentemente quiero pensar, aunque personalmente no creo que sea la candidata más idónea, que la cúpula dirigente de los socialistas andaluces saben, o creen saber bien lo que hacen, y que han visto en esta joven socialista, que pese a su edad lleva muchos años en primera línea de la actividad política, a la persona más adecuada para coger el timón con objeto de renovar y aportar nuevos bríos a una formación política, que los muchos años consecutivos en el poder han conseguido erosionar parte de la credibilidad que antes poseía. No tengo dudas, por tanto, que la imagen caricaturesca y ofensiva, que de ella diariamente se dibuja en los medios, y que desgraciadamente de forma acrítica está calando en la ciudadanía, no corresponde ni mucho menos a la realidad, pues se diga lo que se diga, no cualquiera, por muy bien apoyado o apoyada que se encuentre, puede llegar al cargo que en estos momentos ocupa Susana Díaz, y al que con anterioridad ocupó, el de responsable de organización de un partido como el socialista, y mucho menos en Andalucía, su feudo tradicionalmente más importante. Lo anterior no quiere decir ni mucho menos, que el cambio del que tanto se habla en el Partido, y que muchos desean que abandere Susana Díaz, sea el cambio que la sociedad necesita y que ésta les exige a los socialistas, que sigue siendo la referencia política, a pesar de los pesares, de importantes sectores sociales.

Desde hace mucho tiempo, somos bastantes los que opinamos que el Partido Socialista, formación fundamental en el entramado político existente, necesita una profunda renovación, renovación que aunque no llegue a suponer una catarsis, éstas en política casi siempre resultan peligrosas, debería sin duda ser radical. En este partido existe una generación, ya completamente amortizada, que está ejerciendo de “tapón”, impidiendo que nuevos militantes, con ideas que se adecuen mejor a los tiempos que vivimos, tomen con decisión las riendas de esa formación, que consigan aportar una imagen nueva, una imagen que en lugar de quedarse sólo en ello, sólo en una nueva imagen electoral, traiga de la mano nuevas formas de entender y de comprender la política, con la intención de que ésta vuelva a convertirse en ese instrumento de transformación y de buena gestión que nunca debió dejar de ser. El Presidente Griñán, posiblemente agobiado por la situación por la que atraviesa su formación política, de la que constantemente surgen casos de corrupción y de nepotismo, ha dado un paso hacia delante, con toda seguridad empujado por las circunstancias, pero que estoy convencido, ya que todos “los delfines” acaban revolviéndose contra los que en su momento lo acariciaron, va a suponer la apertura de una nueva etapa, al menos dentro del Partido Socialista andaluz. Una nueva etapa que puede, según todo parece indicar, que sea, al menos en un principio, sólo un gesto cosmético, en la que se moverán sin duda algunas piezas, pero que la pesada estructura del Partido, hará posible que éstas no sean esenciales, con objeto de que nada cambie en lo fundamental.

De un tiempo a esta parte, se tiene consciencia generalizada de que los partidos políticos son una parte importante de los problemas por los que atraviesa el país, por lo que la credibilidad de los mismos, a pesar de que siguen ocupando y controlando casi todas las esferas del poder, se encuentra bajo mínimo, lo que de forma independiente a las críticas que se les debe realizar, sin escatimar pólvora en ello, debe preocupar, y mucho, a los que aún seguimos interesados por eso que antes se llamaba “lo social”. Por ello, todo movimiento reformista que se produzca en los mismos, por mínimo que puedan parecer, deben ser analizados y tenidos en cuenta, al tiempo que es necesario interpretar las diferentes voces, en favor y en contra, que esos movimientos van provocando, pues uno de los graves problemas que padecemos en la actualidad, es que demasiados agentes se ven “obligados” a dar su opinión desde sus publicitadas tribunas, sin que quienes las escuchan o las lean, posean los fundamentos ni el tiempo necesario para analizarlas y contextualizarlas, lo que provoca que opiniones sesgadas y a todas luces interesadas, sean asumidas por la ciudadanía como verdades objetivas. Por ello es necesario, con los datos con los que se cuentan, intentar abrir un hueco por mínimo que sea, para intentar comprender, desde la posición que se ocupe, lo que realmente está ocurriendo, aunque sólo sea para que opiniones ajenas, casi siempre interesadas y en muchas ocasiones mercenarias, no sean las que gobiernen nuestras opiniones.



20.07.13

jueves, 21 de noviembre de 2013

Anotaciones sobre el cierre de la Television Pública griega, y 2

16.- Anotaciones sobre el cierre de la Televisión Pública griega, y 2
 
A pesar de que pueda parecer un contrasentido, no tengo ningún inconveniente en afirmar, después de decir que no pasaría absolutamente nada si desaparecieran del mapa audiovisual, o si se cerraran tal y como ha ocurrido en Grecia las diferentes televisiones públicas, que socialmente resultan necesario su existencia, pero eso sí, con un formato y con unos contenidos radicalmente diferentes de los que hoy en día poseen. Unas televisiones públicas que aspiren a algo más que a entretener, desde la banalidad, a una audiencia que se conforma, de forma acrítica y sin pedir nunca demasiado, con la programación con la que se encuentran, con una programación intercambiable, porque es similar, con la que ofrecen las restantes televisiones generalistas privadas. Sí, estoy convencido que es necesario la existencia de una Televisión Pública, que en lugar de dedicarse a competir con las privadas tenga una función diferente, la del servicio público, la de sin caer en el aburrimiento, aborde aquellos otros temas, que en principio, carecerían de la audiencia necesaria para que se interesen por ellos las otras emisoras, que evidentemente tienen siempre que estar pendientes de sus cuentas de resultados, y por tanto, del número de espectadores que cada día sintonicen su programación. Parece evidente que la lucha por la audiencia, despiadada siempre, ha dejado demasiados huecos sin cubrir, lo que convierte a la pluralidad real existente, esa de la que tanto se enorgullecen nuestros políticos, en una pluralidad disfuncional, en la que, a pesar del amplio abanico de posibilidades que teóricamente se ofrece, al final sólo se puede elegir lo mismo, aunque el pelaje de la apariencia trate de ocultar la realidad.
Pero no se trata sólo de ocupar los amplios y cada día más escandalosos huecos que van dejando sin atender los diferentes medios de comunicación, al no interesarse por ellos debido a su escasa rentabilidad, sino llevar a cabo una pedagogía que intente inocular una serie de valores sociales, o comunitarios, al tiempo que compensar los desequilibrios, por no decir los estragos, que las implacables dinámicas del mercado están provocando. El Estado tiene la obligación, a la par que proteger a la iniciativa privada, de tratar de evitar, mediante diferentes acciones, que esa iniciativa privada, siempre pendiente de sus legítimos intereses, provoque acusadas asimetrías que puedan afectar al correcto funcionamiento de “la nave social”. La Televisión Pública, dado su innegable poder, puede convertirse en el instrumento adecuado para que desde el Estado, se puedan introducir los correctivos necesarios, para que por ejemplo, todo aquello que no sea en principio rentable económicamente, o que pueda resultar poco rentable, siga teniendo un protagonismo, o para potenciar mediante una programación adecuada, valores y contenidos esenciales para la propia salud democrática, como la actitud crítica, que poco a poco va quedando difuminada, domesticada y menguada debido a la criminal, sí, a la criminal estandarización cultural que desde hace tiempo venimos padeciendo.
Aunque sólo sea por lo anterior, la necesidad de una Televisión Pública solvente, independiente e intervencionista resulta evidente, pues el protagonismo desmesurado que muestran determinados actores públicos, que no se cansan de demostrar su inmenso poder, sobre todo aquellos vinculados a los intereses espureos del capital, están configurando un nuevo tipo de sociedad en la que se están imponiendo una serie de valores, gracias a los cuales, amplios sectores de la misma, están quedando apartados de los centros de poder, convirtiéndose en meros oyentes o en simples espectadores de lo que ocurre a su alrededor. La apolitización y la “monoculturalización” extrema que se está implantando, debido al discurso hegemónico que afirma que sólo existe una forma de entender lo social, y que es el grave problema al que nuestras sociedades avanzadas se enfrentan, sólo puede ser contestado desde la diversidad real, desde los arraigados y trabajados fundamentos sobre los que tienen que apoyarse las diferentes opciones existentes, que tienen que ser favorecidas desde un poder público que controle con objetividad las normas del juego democrático, que en muchas ocasiones, para evitar que queden neutralizadas, debe pasar por favorecer a aquellas opciones minoritarias que cuentan con escaso margen de maniobra.
En este escenario, con objeto de evitar el predominio absoluto de opciones ideológicas concretas, o lo que es lo mismo de determinadas opciones culturales que aspiren a controlar de forma omnímoda todo el entramado social, tiene un papel esencial “lo público”, que, por ejemplo, desde los medios de comunicación que controle, en un momento histórico en el que la comunicación es esencial, se dedique a “distribuir el juego”, con la intención de intentar evitar que se atrofie definitivamente el cuerpo social que soporta y hace creíble al propio sistema democrático.
Dicho lo cual sólo me queda por decir, que las televisiones públicas actuales, tal y como están concebidas, carecen de sentido ya que están controladas, al ser entendidas como vectores estratégicos por los poderes dominantes, pero también, que la existencia de dichos medios públicos si están controlados democráticamente, son esenciales, si a lo que aspiran es a mantener y a sostener unas sociedades libres, plurales y por supuesto democráticas.

23.06.13




viernes, 18 de octubre de 2013

Anotaciones sobre el cierre de la televisión publica griega, 1

15.- Anotaciones sobre el cierre de la Televisión Pública griega, 1

Hace unas semanas, saltó a las primeras páginas de los medios de comunicación, que el gobierno griego, en su inducida estrategia por recortar el gasto público, de la noche a la mañana había decretado el cierre de la televisión estatal griega, decisión que había dejado a tres mil trabajadores en la calle. Evidentemente la noticia tuvo una gran repercusión, pues cierto corporativismo, lógico por otra parte, se apoderó de la clase periodística, escuchándose lo de siempre, “que una voz se había apagado”, o que “la medida había supuesto, en unos momentos en que la información, de que la información verás resulta imprescindible, un duro ataque a contra la libertad de prensa”. No sé el tipo de televisión que hacía esa cadena pública, aunque observando la que se hace en España no tengo más remedio que temerme lo peor, por lo que en principio, no me preocupa tanto el cierre de esa emisora como el número de trabajadores que han quedado desempleados, pero al hilo de lo ocurrido, creo necesario que se abra un debate sobre la necesidad o no, de que siga existiendo medios de comunicación públicos, y de la función, en el caso de que se apueste por su existencia, que dichos medios deben de tener.
De forma independiente al posicionamiento político que se mantenga, parece que existe una coincidencia generalizada sobre la necesidad de volver a la austeridad, después de un periodo de tiempo, en el que gracias a la bonanza económica de la que se ha disfrutado, el despilfarro ha sido, como se ha podido verificar, una de las constantes sobre las que se ha sostenido tanto la Administración Pública como las prácticas políticas que se han desarrollado. Un despilfarro, que ahora que los tiempos han cambiado, pone en jaque, casi en jaque mate, al propio sistema político que nos define, por la sencilla razón de que ya no se pueden seguir pagando las abultadas facturas que exige su mantenimiento, lo que obliga, lo que está obligando a que se lleve a cabo unas series de políticas de adelgazamiento, que están poniendo en cuarentena muchas de las funciones, y de los cometidos, que hasta la fecha han venido realizando nuestras administraciones, de suerte, y se es consciente de ello, que de esa reestructuración dependerá la viabilidad futura del Estado del bienestar, al menos tal y como se ha venido entendiendo hasta ahora. Se tiene claro, muy claro, cuales tienen que ser los pilares sobre los que tiene que sostenerse, que no son otros que la educación, la sanidad y los sistemas sociales de cohesión, por lo que en aras de su fortalecimiento, es comprensible que funciones que hasta ahora se asociaban al mismo tengan que ser privatizadas, o lo que es lo mismo, que tengan que pasar a manos de la propia sociedad, pues sus elevados costes, están dificultando la financiación pública de otros servicios, estos sí esenciales, que la propia sociedad tiene la obligación de salvaguardar e incluso potenciar en beneficio de todos y muy especialmente de los sectores menos favorecidos.
Resulta evidente, que entre esas prioridades esenciales no se encuentra el mantenimiento de una televisión pública, cuyo objetivo primordial sea el de ejercer de portavoz del gobierno de turno, al tiempo que el de publicitar sus políticas, además de competir de forma desleal, al ser mantenida por los presupuestos públicos, gracias al mantenimiento de una programación banal, contra las restantes televisiones privadas existentes.
Debido a su influencia, a su poder, es difícil que en un país como España, la Televisión Pública quede al margen de la lucha partidaria, lo que la convierte en el gran botín a conseguir, prueba de ello, es que cualquier administración que se precie, y me niego a creer que sólo de forma gratuita y filantrópica, cuenta con su propia televisión, ya sea central, autonómica o local, que en lugar de estar ideadas para prestar un servicio público o comunitario, como sería deseable, son ante todo, instrumentos en manos de los partidos políticos que la controlan, instrumentos para colmo pagados por el erario público, que aparte de ofrecer una información siempre sesgada y en múltiples ocasiones claramente manipulada, no consiguen aportar nada nuevo, o interesante, a la oferta televisiva existente. No, la Televisión Pública, tal como se presenta no tiene sentido que siga siendo soportada por el dinero de los contribuyentes, sobre todo, cuando existen otras necesidades más apremiantes que atender, no valiendo el argumento, tan socorrido a veces, de que al cerrarlas quedarían en la calle gran número de trabajadores, pues cada día, y nadie parece preocuparse por ellos, ingresan en las filas del desempleo muchos ciudadanos que no han tenido la suerte de pertenecer a ningún ente público, al tiempo que quedan sin cobertura social, por diversos motivos, otros tantos.
Sí, es esncial que se sea riguroso con los recortes, y no creo que las televisiones públicas, tal como hoy en día están concebidas, al igual que ocurre con otros organismos públicos, tengan que salvarse de los tijeretazos que tanto se están prodigando en estos difíciles tiempos que nos han tocado vivir, sobre todo cuando no pasaría absolutamente nada, y esto lo sabemos todos, si dejaran de emitir, ya que en la parrilla televisiva existen alternativas suficientes para que su ausencia no llegue a notarse, cosa que con facilidad se puede demostrar, comparando la programación que ofrece la Televisión Pública, con las que llevan a cabo las privadas. Pero lo anterior, aunque pueda resultar contradictorio, no quiere decir, que la existencia de una televisión púbica no sea necesaria, ya que socialmente su existencia sería incluso hasta recomendable.

21.06.13