viernes, 4 de noviembre de 2011

Sobre el caso Murdoch


Acercamientos

(acb.010)

Sobre el caso Murdoch y el periodismo actual

Hace unos días hablando con un amigo sobre el inminente desembarco, ya que sólo la aparición en escena de algo inesperado podría evitarlo, de la derecha en el poder político de nuestro país, pues hay que subrayar que el otro siempre ha permanecido en sus manos, le comenté que el problema radicaba, que una vez conseguido ese objetivo, difícilmente se le podría desalojar de él, no ya por las virtudes que pudiera tener su forma de hacer política, sino por el entusiasta apoyo que iba a recibir de los medios de comunicación, que en su casi totalidad, en todo momento, hiciera lo que hiciera, aplaudirían y se vanagloriarían de su gestión. Le decía lo anterior a mi amigo, porque desde hace tiempo padezco una gran preocupación por el enorme poder que poseen en la actualidad dichos medios, y que posiblemente al darse cuenta del mismo, han dado un importante paso significativo hasta convertirse en lo que no pueden ser, en jueces y parte de la actividad política, de suerte, que se podría decir sin errar demasiado el tiro, que en buena medida ellos son, los medios, los que controlan en estos momentos la actividad, o las agendas de los gobiernos del denominado mundo civilizado. Sí, ellos son los que teledirigen desde la distancia la política que se va realizando, dictando las tareas que deben seguir los gobernantes, al tiempo que sólo son controlados por los poderes ocultos que se esconden detrás de sus consejos de administración.

De forma curiosa, varios días después de esa charla, saltó la palestra el tema Murdoch, dejando en evidencia la realidad de buena parte de los medios del que hasta no hace mucho tiempo se denominaba el mundo libre, que al menos en teoría, siempre se ha sustentado en la existencia de unos medios libres e independiente del poder, se encuentre éste en manos de quién se encuentre. Al parecer los medios más importantes del magnate de la comunicación Rupert Murdoch, no dudaban en contratar a detectives privados para elaborar sus noticias, sirviéndose de de escuchas telefónicas y otros despreciables métodos, al tiempo que gracias a lo anterior, conseguían tener amedrentada a la clase política británica, que temerosa de que pudieran aparecer escándalos en los que se viera implicada, hacían la vista gorda a esas prácticas, que al parecer eran de dominio público. Los tabloides propiedad de ese magnate, que se venden como rosquillas gracias a sus impactantes noticias, no dudaban en sacar a la luz toda la mierda que hiciera falta con objeto de vender más y más periódicos, al tiempo que mantenían su apoyo explícito a los proyectos políticos más derechistas tanto en Gran Bretaña como en los Estados Unidos. El gran éxito de esos medios se encuentra en la capacidad que poseen para banalizarlo todo, en bajar vergonzosamente el nivel de sus análisis para mostrar una realidad en la que todo son escándalos, al tiempo que señalan sólo hacia lo más anecdótico de la vida social y política, sin tener ninguna intención de adentrarse en lo que se esconde detrás de esa realidad que se encargaban de mostrar.

Hace algún tiempo, un conocido, conocedor a fondo de los medios de comunicación norteamericanos, me comentó ante mi extrañeza por el poder de la FOX (también propiedad del australiano), que estaba realizándole la campaña electoral al Partido Republicano, y más concretamente a su ala más derechista, al denominado Tea Party, que su poder, en contraposición a lo que le ocurría a la CNN, se basaba en que era una cadena televisiva atractiva, en la que sus usuarios lo pasaban bien, lo que la convertía, pese a su carácter marcadamente politizado, en la cadena preferida del ciudadano medio de ese país. Creo que esa es la cuestión, la cuestión que ha convertido a los medios de comunicación más poderosos en instrumentos de banalización social, en donde los discursos doctrinarios, se cuelan sin llamar demasiado la atención en las cabezas de una ciudadanía idiotizada que se conforma con cuatro consignas excesivamente diáfanas, tan diáfanas que deberían, por ello, por precaución, mantenerse en cuarentena.

La función de un medio de comunicación, al menos en teoría, es la de contar lo que ocurre, y dependiendo de su tendencia ideológica, porque la objetividad afortunadamente no existe, opinar sobre dichos acontecimientos, de suerte que los medios más veraces y serios, son aquellos que presentan a diferentes colaboradores, que apoyándose en el prestigio de sus respectivas firmas, ofrecen diferentes opiniones de lo que sucede. Esto último, que aportaba credibilidad, pues en muchas ocasiones el que firmaba opinaba de forma diferente a lo que afirmaban las editoriales de su propio medio, es algo que parece que ha desaparecido por completo. Hoy en día, cada periódico, cada emisora de radio o de televisión, se empeña en mantener un discurso cerrado, en donde cada uno de sus colaboradores trata de alinearse de forma férrea al discurso marcado por la agenda temática del medio en el que trabaja, lo que me resulta preocupante por el hecho de representar un atentado a la pluralidad existente. Los medios serios, que aún los hay, intentan maquillar tal hecho, pero los que no lo son, se vanaglorian de esa coherencia ideológica que dicen poseer.

La gran diferencia entre un medio serio y otro amarillo, no es otra, que la metodología que utilizan para mantenerse en el candelero, o en el candelabro como en su día dijo alguien, pues en un mercado tan exigente y competitivo como el actual, no parece fácil mantener una cuota de mercado aceptable, por lo que algunos, y no pocos, optan por el sensacionalismo. El sensacionalismo no es más que la opción de ofrecer al público, cueste lo que cueste, lo que este desea recibir, hecho que en una sociedad como en la que vivimos, en donde el nivel cultural cada día se encuentra más deteriorado, consigue hacer estragos.

Muchos medios parece que han olvidado que entre sus obligaciones se encuentra una determinada función pedagógica, deslizándose por el contrario por senderos que sólo conducen al envilecimiento y a la aculturización de la sociedad, lo que a su vez provoca la conformación de un tejido social cada vez menos crítico y pendiente sólo de cuestiones marginales y casi anecdóticas, lo que obliga a importantes sectores de la población a despreocuparse de lo verdaderamente importante, de lo que suele tener, sólo en el mejor de los casos, una visión bastante esquemática y simplificada. Lo anterior también está provocando una despolitización radical y una preocupante descalificación de la política, hecho que curiosamente coincide con el objetivo del liberalismo radical, que sólo quiere que la política se entienda como un instrumento para gestionar lo existente.

El caso Murdoch es interesante por el hecho, de que el poderoso magnate, siempre temido y envidiado, que ha potenciado una determinada forma de entender el periodismo, se encuentra, se encuentra ante un grave problema precisamente gracias a la prensa de calidad. De todas formas, aunque le cueste varios millones de euros y el cierre de algunas de sus cabeceras más importantes, con toda seguridad Rupert Murdoch y su grupo, saldrá airoso de la actual situación por la que atraviesa, pues su concepto de lo que debe ser el periodismo es la que la que encuentra mayor acogida en la actualidad.

25.07.11

jueves, 13 de octubre de 2011

Sobre los BRIC


ACERCAMIENTOS

(av.10)


Sobre los BRIC


Al parecer, el grupo denominado de los BRIC, formado por Brasil, Rusia, India y China, es decir los abanderados de esos países que llevan el calificativo de emergentes, están tan preocupados por la situación económica que atraviesa Occidente, es decir de lo que hasta hace poco se denominaba “El primer mundo”, que están estudiando muy seriamente la posibilidad de prestarles su ayuda financiera para que puedan salir de la difícil situación en la que se encuentran. Sí, al parecer se encuentran muy preocupados de que las economías de esos países, a los que siempre habían envidiado, se hundan definitivamente o que caigan en una larga recesión, lo que con toda seguridad perjudicaría a sus propias economías, pues nunca hay que olvidar, que esos países que en estos momentos se encuentran con la soga al cuello, son sus grandes compradores, tanto de productos manufacturados como de sus materias primas. Por este motivo y no por otro, es por lo que se sienten en la obligación de invertir parte de sus excedentes económicos en países que carecen incluso del efectivo suficiente para pagar la nómina de sus funcionarios, como les está ocurriendo a algunos países que hasta la fecha eran considerados como modélicos.

El mundo al revés dirán algunos, los nuevos ricos ayudando a los ricos de siempre, a los de toda la vida, lo que sería una forma de decir la verdad, aunque tampoco sería la verdad, pues como siempre, todo resulta más complicado de lo que en realidad parece. El problema, creo que radica en lo que se entienda por el concepto de riqueza, por quién se considere que es más rico, ¿el que vive de forma miserable teniendo una fortuna en el banco, o debajo del colchón, o por el contrario, aquél otro que vive confortablemente, a pesar de carecer de un remanente sólido con el que poder afrontar momentos de dificultad? Sí, porque lo esencial es tener claro qué es lo importante, si tener un PIB anual elevado, a veces de dos dígitos, o mantener una cohesión social aceptable aunque ello implique una sensible merma del crecimiento. Hasta hace poco ambas variables se conducían de forma paralela, pues a un PIB elevado le correspondían unos altos niveles de cohesión social, pero de un tiempo a esta parte, para desgracia de todos, poco o muy poco tiene que ver una cosa con otra. Y este diferencial, donde realmente se nota es en esos países que se vanaglorian de ser calificados de emergentes, que como suelen hacer los nuevos ricos, van enseñando sus cadenas y sus relojes de oro, al tiempo que tratan de esconder, como mejor pueden, sus vergüenzas.

Lo que parece claro, es que si se rasca un poco en la estructura social y en los instrumentos de protección social existentes en esos países que conforman el BRIC, un observador imparcial puede comprender con facilidad, que lo único que tienen es un excedente económico importante, que en lugar de invertir en sus propias sociedades, que es lo que deberían de hacer, en el bienestar de las mismas, estudian utilizarlo para rescatar de la insolvencia a sus mejores clientes. O dicho de otro modo, el poderío de estos países se sustenta, a diferencia de los países del antiguo Primer mundo, en el escaso nivel de gasto social que tienen que afrontar, lo que les proporciona grandes beneficios que suelen invertir aquí o allá, dependiendo de sus intereses en cada momento. El problema de las sociedades desarrolladas, esas mismas que en estos momentos se encuentran atrapadas por la crisis, no se debe a que no generen ingresos, sino al hecho de que poseen unos gastos estructurales, casi todos sociales, que en muchas ocasiones superan con creces a esos ingresos, hecho que las obliga a endeudarse por encima de sus posibilidades. El crecimiento de los países emergentes se basa en la escasa legitimidad que sus gobiernos poseen pese al gran número de elogios que reciben, en la escasa, por no decir nula preocupación que manifiestan por el bienestar del conjunto de sus ciudadanos, de unas sociedades que para colmo, en la mayoría de los casos se articulan sobre diferencias sociales criminales. Todo lo anterior se complementa con algo que siempre se debe denunciar y criticar, como es la competencia desleal que realizan, al desatender los gastos que demandan sus sociedades, a los estados que cumplen con sus obligaciones.


Jueves, 22 de septiembre de 2011


martes, 4 de octubre de 2011

Contra la única alternativa posible


ACERCAMIENTOS

(av.09)

Contra la única alternativa posible

De un tiempo a esta parte, desde todos los ángulos, se nos dice que lo que se esconde detrás de la gran crisis que asola a todo el mundo desarrollado, esa que puede cambiar, según comenta Felipe González, las relaciones de poder existentes y nuestra forma de vida, es el hecho de que Occidente ha vivido muy por encima de sus posibilidades reales. También se nos dice, que para mantener ese estilo de vida, todos, las empresas, las familias y hasta el mismísimo Estado se han tenido que endeudar hasta las cejas, lo que ha provocado el grave problema de liquidez existente. Por ello, para el ex presidente del gobierno, lograr una estabilidad presupuestaria es “la condición necesaria para garantizar, a medio y a largo plazo, un crecimiento económico sostenido”, aunque reconoce, “que es un disparate el pretendido déficit cero”, lo que observa como una propuesta sectaria. Lo mismo suelen decir, ante el primer micrófono que se encuentran los actuales líderes socialistas, que han pactado con la oposición, introducir en la constitución un imperativo que prohíba superar un determinado déficit presupuestario, aunque ello vaya a suponer una urgente modificación de la hasta ahora sacrosanta carta magna española. Me parecen coherente, en principio tales comentarios, pues nadie en sus cabales puede creer que es mejor vivir con deudas que al abrigo de una economía saneada. El problema, es qué se puede hacer a estas alturas para sanear la economía, qué se puede hacer ahora para equilibrar la actual situación, que es algo de lo que se habla poco, aunque parece que para ello sólo existe un camino, el de la reducción del gasto, lo que significaría indudablemente una merma de los servicios prestados por el Estado. Y aquí viene el problema, porque incluso los socialistas sólo ven viable esta opción, no planteándose ni tan siquiera la posibilidad de aumentar los ingresos, lo que supondría en principio un incremento de los impuestos. No. Al parecer existe un extraño consenso que dice que los impuestos no deben aumentar, ya que de hecho, lo que se tiene que hacer es todo lo contrario, por lo que la única solución que queda es la de gastar menos, lo que abriría las puertas, a medio plazo, se quiera o no, al desmantelamiento de buena parte del Estado del bienestar. Lo anterior no significa otra cosa, que para pagar todo lo que se ha gastado sólo existe una opción, que Occidente modifique su estilo de vida, sin que nadie aspire, ni tan siquiera, a buscar alternativas diferentes a las propuestas. No cabe duda que la actual situación es insostenible, y que hay que buscar las soluciones necesarias para neutralizarla, pero siempre teniendo en cuenta que el problema no es mañana, sino hoy. Creo que la única solución para superar la actual coyuntura, tiene que pasar necesariamente por un gran pacto social, que haga posible una reducción del gasto, sobre todo del superfluo, de aquel del que se puede prescindir, pero siempre acompañado por un importante aumento de los ingresos, que debe provenir tanto del control exhaustivo del fraude fiscal, como de un aumento de la presión tributaria sobre los que más tienen.

Domingo, 4 de septiembre de 2011

Más sobre la crisis


ACERCAMIENTOS

(av.08)

Más sobre la crisis

La importante crisis que sacude a los países desarrollados, evidentemente supone, se diga lo que se diga, un ataque frontal al estilo de vida occidental, y más concretamente contra el denominado Estado del bienestar. Parece que el capital, apoyándose en las contradicciones que desde hace tiempo viene padeciendo ese mundo, ha optado por darle el golpe definitivo, y parece también, que en esta ocasión no encontrará resistencias. Las causas de la crisis hay que encontrarlas en la explosión de la enorme burbuja financiera que el propio primer mundo ha ido creando con los años, todo potenciado por la globalización incontrolada que padecemos y por la voracidad de unos mercados de capitales insaciables que en todo momento han vivido de espalda a la propia sociedad. Pero el auténtico núcleo duro que lo ha provocado todo, la madre de todas las causas, es que Occidente ha estado viviendo durante demasiados años muy por encima de sus posibilidades, lo que le ha obligado a endeudarse hasta unos niveles incomprensibles, hasta que ha llegado el momento en que esa deuda le ha explotado entre las manos. El problema, y aquí tienen la culpa los diferentes gobiernos, que en muchas ocasiones y con razón hablan de que la crisis es global y que por eso no se le puede achacar nada, es que no han sabido, teniendo como tienen especialistas en la materia, preverla, y lo que es mucho más grave, intentar sortearla o gestionarla de una manera adecuada, con objeto de que lesionara lo menos posible los intereses de sus ciudadanos. ¿Pero qué podían hacer? Evidentemente poco, pues el sistema se basa en el consumo, en un consumo en muchas ocasiones compulsivo, de suerte, que si se para éste, todo se viene abajo. Pero a un gobierno siempre hay que pedirle más, mucho más, sobre todo si teóricamente es de izquierdas, que seguir los deseos de los mercados y de las necesidades primarias de la ciudadanía, ya que a un gobierno también hay que exigirle planificación y pedagogía. Planificación para prever el futuro, dependiendo de las circunstancias existentes y de las variables que vayan convergiendo, y para desarrollar las directrices que haya que aplicar, y no como ha sucedido, no sólo en España, para dar conformidad a unas dinámicas que cualquier observador podía calificar como negativas, por muy avaladas que se encuentren por todos los organismos financieros internacionales, al presentarse como las únicas posibles. Pero también un gobierno, sobre todo si se autodefine como de izquierdas, tiene la obligación de intentar educar a la ciudadanía, para intentar al menos hacerle comprender, por ejemplo, “que todo el monte no es orégano”, y que existen otras formas de vida que contraponer a la caracterizada por ese consumismo compulsivo que ha llegado a anegarlo todo. Y en estos dos aspectos es donde han fallado nuestros gobiernos, que se han dejado llevar de forma acrítica por los vientos dominantes, sin pensar que esos vientos, como así ha sido, podían cambiar de forma repentina. Esos gobiernos, pero también la banca y los organismo internacionales, que cuando vieron llegar el tsunami de la crisis, en lugar de enfrentarse a él, al creer que se trataba sólo de un mero espejismo, se dedicaron a mirar hacia otro lado y a decir que de ellos no era la culpa. Pero repito, ¿Qué se podía hacer realmente? Pues posiblemente todo lo contrario de lo que se ha hecho, ya que al no existir en teoría alternativas a lo existente, y al observarse que la ciudadanía no se revelaba contra lo que estaba aconteciendo, las actuaciones no han sido otras que las dictadas por los grandes gurú financieros, que siguen teniendo el calificativo de infalibles, a pesar de que se han equivocado en todo, y que por ello, son en parte responsables de lo que está acaeciendo.

Los efectos de la crisis están siendo diferentes dependiendo del país, en España por ejemplo, en donde el endeudamiento público es mucho menor del que soportan los países de su entorno más inmediato, posiblemente porque ha seguido al pié de la letra los mandatos impuestos por la Unión Europea, el problema se concentra en el endeudamiento privado, en familias y en empresas, lo que ha provocado una importante caída del consumo y por consiguiente un considerable aumento del desempleo. Desde los sacrosantos oráculos internacionales, se proclama que para solventar y superar la crisis es imprescindible disminuir el gasto público, lo que en realidad significa que lo que hay que hacer es desmantelar el gasto social, o lo que es lo mismo, el Estado del bienestar. No se puede olvidar nunca, ni tan siquiera en estos momentos críticos, que esa ha sido la gran consigna del liberalismo más radical, lo que al menos debería de llamar la atención, pues la ideología que ha provocado la crisis, es la única que se siente legitimada para aportar recetas contra la misma.

Con toda seguridad, tal y como están las cosas, no cabe duda que los estados tienen que reducir sus gastos, sobre todo aquellos que sean innecesarios y que no afecten directamente a las necesidades de la ciudadanía, pero también, y esto casi nunca se subraya, entre otras cosas porque se dice que no es popular y que ahuyentaría las inversiones, que obligatoriamente tienen también que aumentar sus ingresos, lo que sólo se puede producir incrementando las tasas y los impuestos, los impuestos de los que más tienen.

Lo que parece claro es que Occidente, tendrá que modificar su singular forma de vida, pues los países llamados emergentes lo han convertido, hoy por hoy, en una región mucho menos competitiva, en lo económico, de lo que él mismo se cree, lo que significa, que tal y como están las cosas, ya no va a poder seguir pagando la abultada factura que su estilo de vida le acarrea. La cuestión, por tanto, es saber lo que hay que hacer a partir de ahora, si abandonar o echar por la borda todas las estructuras sociales que lo diferenciaban para abrazar el liberalismo del “sálvese quien pueda”, que al parecer es la única alternativa posible, o por el contrario, intentar aprovechar la crisis para poder reinventarse.

Jueves, 18 de agosto de 2011

viernes, 11 de marzo de 2011

Sobre la revuelta de Egipto (y II)


ACERCAMIENTOS
(acb.009)

Sobre la revuelta de Egipto (y II)

Se ha hablado, y mucho, de las causas que han provocado la revuelta, así como del estancamiento de un régimen, que ni siquiera era capaz de aportar perspectivas viables de futuro a su población, y al hecho de que ésta, gracias a los instrumentos que la propia globalización ponía en sus manos, en donde internet y las redes sociales han tenido un peso decisivo, tomó consciencia de la situación en la que vivía bajo ese régimen. Se ha comentado en un artículo sí, y en otro también, que la juventud, que es el sector social mayoritario en toda la región, no podía aguantar por más tiempo la situación, y que ha sido ella, la que se ha lanzado a la calle exigiendo soluciones a sus problemas, pero se ha hablado poco, de lo limitada que eran sus aspiraciones, lo que en otro contexto histórico diferente hubiera llamado mucho más la atención. Creo que este hecho se debe a que la cultura que emana de la globalización, evidentemente nada revolucionaria, es la que ha alentado la revuelta, exigiendo un cambio en la forma de gobernar en lugar de una transformación radical del sistema, lo que queda demostrado con la solución, que al parecer ha contentado a todos, que se ha aportado al problema.
Sí, la revuelta se neutraliza en el momento en que el ejército mueve ficha, no afortunadamente contra los manifestantes, sino contra el que hasta ese momento había sido su máximo representante, el presidente de la república, y haciéndose cargo la cúpula militar del poder después de prometer elecciones libres para dentro de unos meses, en un proceso que ella mima supervisará, según sus declaraciones, para velar por la limpieza de dicha transición a la democracia. Ante tal hecho, los manifestantes vuelven a sus casas con la sensación, de haber obligado a que la historia diera un paso hacia delante, al tiempo que las cancillerías de todo el mundo, sobre todo la israelí y la estadounidense, después de algunos días de zozobra, pudieron descansar tranquilas con una sonrisa en el rostro, con el convencimiento, que la famosa receta de Lampedusa, siempre es la mejor solución ante cualquier conflicto que se presente.
Sí, el ejército que siempre ha sido la columna vertebral del régimen, como dije al principio, se ha dado un golpe de estado a sí mismo con el beneplácito de las potencias que siempre lo han financiado, pero no al estilo del portugués, en la famosa e inolvidable revolución de los claveles, en donde las nuevas generaciones de militares se alzaron, cansados de las condiciones en las que tenían que llevar a cabo su labor, contra sus instalados y reaccionarios altos mandos, sino con un estilo sibilino, haciendo desaparecer a su máximo dirigente hasta ese momento, con objeto de que la alargada sombra y el desprestigio de éste, no acabara contaminándolos a ellos también. De todas formas, la toma del poder de la cúpula militar no es más que lo mismo, lo que se puede constatar en el hecho, que Tantaui, el responsable del ejército, alguien que siempre ha sido tildado como reaccionario, por la fidelidad a quien ha depuesto era calificado como “el perrito de Mubarak”. Por ello, creo que si alguien ha actuado de forma inteligente en este proceso, evaluando todas las variables y escuchando todos los consejos, sin mancharse las manos hasta el último momento, sobre todo porque la situación siempre estuvo controlada, ha sido el ejército, que indudablemente pase lo que pase se mantendrá en el poder, con toda seguridad siguiendo el modelo turco, o lo que es lo mismo, como el valedor de un sistema que se sustenta en él y sobre los intereses que representa.
Lo que parece claro es que a medio plazo nada cambiará en Egipto, al menos nada esencial, pues se instaurará un sistema democrático, gestionado con toda seguridad por personalidades recicladas del antiguo régimen y vigilado atentamente, para que nada se salga de cauce por los militares. Pero también con seguridad, el desencanto se apoderará de los que con tanta alegría aplaudieron la marcha de Mubarak, cuando comprueben lo poco que ha cambiado su realidad. Este hecho, al que se une la inexistencia de una oposición articulada y un posible estancamiento de la economía egipcia, que necesita unos índices de crecimiento elevados para sacar de la pobreza a su población, puede que le abra las puertas a un sector moderado de “Los hermanos musulmanes”, que a imagen y semejanza de sus correligionarios turcos, podrían hacerse en un periodo relativamente breve de tiempo con el poder, aduciendo que ellos son los únicos que pueden aportar las soluciones que necesita la población, lo que tampoco debería alarmar a nadie.
El problema no es que Egipto deje de ser ese país artificialmente estable que asegure los siempre frágiles equilibrios de aquella estratégica zona, no, ya que lo que realmente debería preocupar, sobre todo en Occidente, es que el país del Nilo, siga siendo un lugar insostenible, en donde el régimen que allí se instaure, sea incapaz de mantener y de ofrecer oportunidades reales de futuro a sus ciudadanos, lo que tarde o temprano lo convertirá en un polvorín, si no se solventan las contradicciones en las que se encuentra sumido. Pero para que todo cambie, para que todo cambie a mejor, hacen falta reformas radicales, que nunca se podrán articular, si el camino elegido es el que alumbran en estos momentos los militares y que con tanto ardor aplaude la comunidad internacional.

Martes, 18 de febrero 2011

martes, 1 de marzo de 2011

Sobre la revuelta de Egipto (1)



Acercamientos

(acb.008)

Sobre la revuelta de Egipto (I)


Desde un principio la denominada “revolución egipcia”, por su singularidad me llamó poderosamente la atención, al existir varios elementos que no llegaban a cuadrarme, pero su resolución, que todos observan y festejan como un grandioso éxito, algunos incluso han llegado decir que se trata de un hito histórico a la altura del desmoronamiento del bloque soviético, me ha llenado de dudas, al tiempo que me ha hecho comprender, que en realidad, poco más se podía esperar. Evidentemente no esperaba que se produjera la revolución del proletariado, la auténtica, pero tampoco que se quedara en un golpe del estado del ejército contra sí mismo, con objeto de que todo se mantuviera tal y como estaba, con una única intención de que nada cambiara en la estructura del poder real de aquel país.
Cuando comenzaron a llegar noticias de lo que estaba acaeciendo en Egipto, hubo dos cuestiones que desde un principio me sorprendieron, el escaso número de manifestantes que protestaban en la denominada “Plaza de la liberación”, y la magnífica opinión, que al parecer, dichos manifestantes tenían de ejército, a lo que se unía, lo que desde mi punto de vista ha sido un elemento esencial para que todo acabara como ha acabado, el impresionante despliegue que los medios de comunicación han llevado a cabo, para informar de todo lo que ocurría, o de todo lo que pudiera ocurrir en aquel lugar. Intentaré ir por partes. Egipto cuenta con ochenta millones de habitantes, mientras que su populosa capital acoge a la mitad de dicha población, lo que quiere decir, que las concentraciones en la famosa plaza cairota, a todas luces eran minoritarias, ya que en muy pocas ocasiones, por lo que se ha observado gracias a las cámaras de las diferentes televisiones, llegaron a ser ciertamente multitudinarias, de suerte, que antes de la caída de Mubarak, se dijera lo que se dijera, nunca se pudo contabilizar, a pesar de los deseos de los diferentes reporteros que hasta allí habían llegado desde todas las partes del mundo, la mítica cantidad de un millón de manifestantes (en una ciudad, repito, de cuarenta millones de habitantes). El régimen egipcio, que en todo momento, y esto hay que repetirlo hasta la saciedad, ha estado apoyado por Occidente, ha sido siempre un régimen represivo, un régimen militar, que además de apañar las elecciones de opereta que de vez en cuando organizaba, se dedicaba a reprimir con mano de hierro, a todos aquellos, que por una causa o por otra, se atrevían a criticarlo. Por ello no llegaba a comprender que los manifestantes, al igual que el grueso de la población egipcia que había preferido quedarse en sus casas, respetaran tanto a su ejército, del que al parecer se sentían orgullosos, que para colmo, además de no haber ganado nunca una guerra, era el sostén del régimen contra el que se manifestaban. Ese ejército del que algunos siguen elogiando su papel en el conflicto, hubiera podido desmantelar en poco tiempo lo que estaba ocurriendo, como sin duda hubieran deseado sus altos mandos, pero pronto comprendieron que existía un pequeño problema, el espectacular despliegue que los medios de comunicación, sobre todo occidentales, habían desplegado en la zona, que hubieran desprestigiado al régimen, y de forma absoluta, si hubiera intervenido violentamente contra los que allí se daban cita, sobre todo de cara a la opinión pública de los países que lo sostienen económicamente. Es decir, los manifestantes que se aglutinaban en la ya famosa plaza, que nunca fueron tanto como se nos ha querido hacer entender, estaban salvaguardados, no ya por los vehículos blindados que estaban apostados frente a ellos, sino por el elevado número de reporteros, que con cámaras al hombro, cubrían la información para un mundo siempre sediento de noticias impactantes.
Otro tema que tampoco llegaba a asimilar, eran las reivindicaciones de los manifestantes, que se limitaban a poco más que a exigir la necesidad de que saliera del poder el octogenario presidente Hosni Mubarak, y al desmantelamiento del aparato represivo del régimen, lo que también me pareció desde un principio un objetivo bastante pobre, sobre todo si se tiene en cuenta, o se comprende, que la realidad social egipcia, resulta, al menos para la para la mayoría de su población, a todas luces insoportable. ¿A qué se debía tal hecho? Alguien me comentó que todo estaba motivado por la muerte de las ideologías, algo que evidentemente tarde o temprano lamentaríamos, y que ha dejado a la población, y no sólo por supuesto a la egipcia, sin estructuras teóricas y sin objetivos concretos que alcanzar, aunque creo, que el hecho no es que hayan muerto todas las ideologías, sino que una ideología determinada, el liberalismo radical, también llamado neoliberalismo, se ha encargado de enterrar, a todas las que en un momento determinado pudieran hacerle sombra, por lo que en estos momentos, sus postulados, sus códigos éticos, son los que sin duda alguna, gobiernan sin encontrar oposición alguna, el mundo globalizado en que vivimos. Los postulados básicos de esa ideología dominante, al menos los que publicita, son los de una sociedad abierta en la que cada cual pueda tener acceso, mediante su esfuerzo a un mundo mejor, para lo que es fundamental eliminar cualquier tipo de restricciones, y en donde la libertad, la libertad individual, es su consigna y su bandera a seguir. En principio no hay nada que objetar a tales postulados, que siempre tendrán que ser observado como básicos en cualquier sociedad democrática, pero el problema radica, en que esa ideología sólo se queda en eso, en hablar de libertad, sin profundizar en el hecho de que la libertad es una consecuencia, la consecuencia de una serie de factores y no algo que cae un día del cielo y desde lo que hay necesariamente que partir, como se suele afirmar en casi todos los mentideros. Para ellos, por ejemplo, en el momento en que caiga el régimen autoritario de Egipto, es decir cuando la libertad encuentre acomodo por primera vez en aquellas tierras, la realidad de la ciudadanía de aquel país cambiará por completo. Con toda seguridad, cuando el régimen se desmorone definitivamente se producirán importantes cambios, pero pocas transformaciones se llevaran a cabo que afecten a una mejora en la calidad de vida de los egipcios, y ello se deberá, entre otras cuestiones, a que la estructura económica del país seguirá siendo la misma. Sí, se podrá acceder a mucha más información, a participar en elecciones libres en las que se podrá votar a candidaturas que antes estaban prohibidas, e incluso el poder se encontrará en el mejor de los casos más fiscalizado, pero en el fondo nada cambiará, ya que la presión de la ideología dominante, con todos sus valores, tal como ocurre en los países occidentales, impondrá inevitablemente sus pautas.

Martes, 15 de febrero de 2011